blogeditor · 25 de diciembre de 2015
“Cuando una cultura recicla imágenes y repite cuentos, es señal de que ha perdido su rumbo”.
Daniel Bell, La vanguardia fosilizada (1987)
La vanguardia anquilosada
Con la aparición hace 12 años de la primera clasificación mundial de universidades, el Academic Ranking of World Universities (ARWU) conocido como ranking de Shanghái, despertó tal interés entre las más importantes universidades -que reconocían la metodología utilizada- e incluso provocando un debate en Francia que derivó en una reforma a la legislación de la educación superior, que un año después apareció el primer ranking de las consultoras inglesas THE-QS World University Rankings,
Es de lamentar que a lo largo de este tiempo, las nada favorables calificaciones a la UNAM (sin mencionar los lugares aún más lejanos adjudicados a las demás instituciones de educación superior públicas y privadas de México) en los dos y ahora tres rankings internacionales, no hayan merecido la instalación de una mesa de discusión, de un foro de debate de los principales órganos del Estado donde se formulan los ejes de la política educativa nacional, el Poder Legislativo, la Secretaría de Educación Pública, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) y para el caso de la UNAM, en el propio Consejo Universitario en el que están presentes todos los sectores de la comunidad universitaria.
Cuando a la UNAM le fue asignada la mejor posición en uno de los rankings (THE-QS 2006-07), saltaron a la fama los rankings en los medios informativos mexicanas, difusión en buena medida promovida desde la oficina de la rectoría; recuérdese el escenario en 2007 cuando el lugar 74 en ese ranking fue acompañado del reconocimiento del Campus Central de CU como patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO en medio de juegos pirotécnicos in situ.
No obstante, fieles a nuestra tradición bipolar, cuando las calificaciones ya no fueron tan optimistas, se inició una estrategia a la inversa, poniendo en duda los métodos utilizados por los rankings. En el mejor de los casos guardando silencio institucional desde la misma UNAM, en el peor utilizando la comunicación social y la inserción pagada para propagar que la institución sigue siendo “una de las mejores universidades de América Latina”, o que se confirma que la UNAM sigue siendo “la mejor universidad del país”.
Es tan deplorable la conducción de los principales medios de comunicación en este tema, que hasta el día de hoy no tienen claro cuántos rankings existen, se confunde uno con otros, se omiten aquellos que no son convenientes e incluso se anuncia en primera plana que la UNAM se encuentra entre los primeros 50 lugares en el mundo, sin detallar que se trata de un listado que analiza exclusivamente la calidad de la página web de las universidades.
Y ya que hablamos de Latinoamérica, veamos cómo le va a la UNAM con respecto a las principales universidades de Iberoamérica en los últimos 6 años en que existen tres rankings internacionales:
En el ranking mundial de Shanghái –que no hace una clasificación especial por zona geográfica- en 2010 ubicó a la Universidad de Sao Paulo en la mejor posición de todas las universidades de Iberoamérica en el bloque de 101-150 y a la Universidad de Buenos Aires en el mismo bloque que a la UNAM (151-200); en 2011, 2012 y 2013 se repiten dichas posiciones.
Para 2014 y 2015, aunque repiten en sus posiciones la Universidad de Sao Paulo y la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de Barcelona asciende al bloque de 151-200 y la UNAM desciende al bloque de 201-300.
[contextly_sidebar id=”jHqwCmo4CmarnmDGlqdpoAGq8WuaaXrW”]Para el ranking mundial de THE no aparece ninguna universidad iberoamericana en su primera clasificación en solitario en 2010; para la clasificación siguiente (2011-12) -que la amplía hasta 400 universidades- ubica a la Universidad de Sao Paulo como la única institución iberoamericana en los primeros 200 lugares individuales (178), la Universidad Estatal de Campinas también de Brasil en el bloque 276-300 y a la Universidad Católica de Chile en el bloque de 350-400. La UNAM quedó fuera en estas dos clasificaciones.
En 2012-13, las universidades brasileñas mejoran sus posiciones. Universidad de Sao Paulo en el lugar 158, la Universidad Estatal de Campinas en el bloque 251-275 y la UNAM aparece en el bloque de 351-400 junto a la Universidad de los Andes de Colombia.
Para el siguiente 2013-14, la UNAM desaparece de la clasificación de 400, manteniéndose la Universidad de Sao Paulo (226-250), Universidad de los Andes de Colombia (251-275) y la Universidad Estatal de Campinas (301-350).
En 2014-15, se mantienen la Universidad de Sao Paulo (201-225), la Universidad de los Andes de Colombia, la Universidad Técnica de Federico Santa María Chile (251-275) y la Universidad Estatal de Campinas (301-350); sigue sin aparecer la UNAM en un total de 400.
Finalmente, para el ranking de 2015-16, una vez ampliada la clasificación hasta 800, continúa la Universidad de Sao Paulo (251-300), la Universidad de Palermo Argentina y la Universidad Estatal de Campinas en el bloque (351-400); la Universidad Técnica de Federico Santa María Chile y la UNAM en el bloque de (401-500).
Para el ranking QS, que sí hace una clasificación por zona geográfica y disponible desde el año 2013, para América Latina también aparece en primer lugar la Universidad de Sao Paulo, en segundo la Universidad Católica de Chile, tercero la Universidad Estatal de Campinas, cuarta la Universidad de los Andes, quinta la Universidad de Chile y en sexto la UNAM.
En 2014, pasa la Universidad Católica de Chile al primer lugar, en segundo la Universidad de Sao Paulo, tercero la Universidad Estatal de Campinas, cuarto la Universidad Federal de Rio de Janeiro, quinto la Universidad de los Andes, sexto la Universidad de Chile, séptimo el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y en octavo, la UNAM.
En la última clasificación (2015), la Universidad de Sao Paulo en primero, la Universidad Estatal de Campinas en segundo, la Universidad Católica de Chile en tercero, la Universidad de Chile en cuarto, la Universidad Federal de Rio de Janeiro en quinto y en sexto la UNAM.
Como podrá observarse, en los tres rankings internacionales Shanghái, THE y QS, tratándose de las universidades latinoamericanas, es ya el denominador común encontrar a la Universidad de San Paulo en primer lugar.
No es verdad como afirman los promotores de la confusión que la UNAM “solo es superada” por esa universidad, sino que ahora ya se aprecia un creciente protagonismo de las otras dos universidades brasileñas (Campinas y Rio de Janeiro), como las de Chile y Argentina, todas ellas, por arriba de la UNAM (sin mencionar, que las universidades españolas van al alza) en los tres rankings mundiales.
Entre 2004 y 2009, cuando se publicaron conjuntamente los rankings THE-QS, la UNAM se mantuvo entre el primero y el segundo lugar.
La respuesta extraoficial para justificar las posiciones de la UNAM, o mejor dicho para restarle credibilidad a las metodologías que utilizan los rankings internacionales, han provenido de algunos que se dicen expertos en el estudio de la universidad dentro de la misma casa de estudios, tachando las clasificaciones mundiales de “vanidades”, otros de plano rechazándolas al señalar que son “imagen y semejanza” del modelo norteamericano de universidad, son “harvardrómetros” que según ellos no sirven para medir la calidad de las universidades mexicanas.
Este tipo de afirmaciones no tendrían mayor relevancia si vinieran de supuestos investigadores formados en el esquema oscurantista de las ciencias sociales en el México de las décadas de los setenta o sesenta; el problema asume dimensiones patológicas cuando el autor de las segundas afirmaciones es egresado de una de las mejores universidades del mundo, de la Universidad de Stanford-USA.
Imanol Ordorika, junto con Carlos Imaz (ambos, doctores en ciencias sociales y educación por Stanford) fue de los más visibles en el movimiento del CEU en los ochenta, cuando echaron abajo el hasta ahora único intento (Plan Carpizo) para introducir reformas en la UNAM, para exigir rendición de cuentas a los académicos e investigadores. Recordemos que Narro Robles era Secretario General de la institución.
La genial impostura de aquél para denostar los rankings mundiales, lo hace desde el cargo de Director General de Evaluación Institucional de la UNAM, luego de que Narro Robles lo nombró en 2008 unidad administrativa creada expresamente para el ex dirigente estudiantil; se entenderá que sobran palabras para explicar cómo pasó de ser su acérrimo enemigo a ser su vocero no oficial.
Lo hace además ocupando también el puesto de investigador de “tiempo completo” en el Instituto de Investigaciones Económicas, en el Seminario de Educación Superior, recibiendo dinero público del Programa de Primas al Desempeño del Personal Académico de Tiempo Completo (PRIDE) de la UNAM y por si faltara poco, del Sistema Nacional de Investigadores Nivel III del CONACYT.
Si para el amable lector esto puede significar una simple casualidad y rareza, le damos solo dos datos más para documentar el inmoral sistema de cuotas en que ha derivado la forma en que se designa al rector: Mireya Imaz, también activista del CEU, fue nombrada por Narro Robles en 2008 Coordinadora del Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.
Finalmente Rosaura Ruiz Gutiérrez, autopostulante para aspirar al cargo de la rectoría en el recién proceso de sucesión, “activista de tiempo completo” como ella se define, participó en los movimientos que se opusieron a las reformas universitarias (1986 y 1999-00), pero curiosamente a partir del año 2000 ha ocupado cargos con los dos rectores médicos (De la Fuente y Narro). En 2015 fue nombrada directora de la Facultad de Ciencias, puesto que sin la cercanía con los rectores hubiera sido imposible, sin contar el dinero público que sigue recibiendo de cargos académicos y como investigadora.
Qué mejor que esta última -ex pareja del político “el Pino”- definiendo a alguien que anhela al cargo de rector: “Tiene que ser un académico y político”, defienda por otra parte el sistema medieval de designación: “La universidad tuvo otras formas de elección… no funcionaron… sigue siendo pertinente”.
La manera de conducirse de los tres, del chantaje de espacios a cambio de lealtad, del oportunismo, del desempeño de varias funciones incompatibles entre sí, reflejan solo la punta del iceberg, de la agitación institucional que se vive permanentemente en la UNAM, tan dañina como la que amenaza desde afuera, pero con la diferencia que aquélla poco se ve.
Lo que sorprende de la situación que vive la UNAM y la educación superior en general es que, existiendo otros datos a plena luz del día que son el reflejo, la continuación de todo aquello que los rankings internacionales toman en cuenta a la hora de hacer sus evaluaciones, no se haya iniciado un debate serio sobre todo esto.
En el último informe de la OCDE sobre la prueba PISA, aplicada desde el año 2000 por muestreo (cada tres años) a alumnos entre 15 y 16 años de todos los países miembros para medir las habilidades en matemáticas, lectura y ciencias, México se ubicó en el último lugar de los resultados.
Paralelamente a esta prueba, el gobierno federal viene aplicando -a través de la SEP- desde 2006 la prueba ENLACE (ahora PLANEA) a los alumnos de 3° a 6° de primaria, al total de secundaria y nivel bachillerato, con la intención de establecer un diagnóstico del manejo de conocimientos básicos.
A la UNAM se le hizo la invitación en 2009 para que los alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria y del CCH se sumaran a este esfuerzo, sin embargo fue rechazada por la autoridad universitaria al argumentar la imposibilidad de “un modelo único de bachillerato”.
Si se tenía duda de la calidad ética y profesional de quienes dirigen la UNAM, basta citar al ex rector Narro Robles cuando descartó que la institución participara en la prueba ENLACE: “¿Es comparable un estudiante de una escuela privada que llega a su escuela en automóvil, que va bien desayunado, tiene en casa todos los implementos de cómputo, con un estudiante de una preparatoria rural?” Precisamente, es la misma justificación por la que hasta hace poco los normalistas afiliados a la CNTE se negaban a ser evaluados por la SEP.
De acuerdo a la UNESCO, en un listado de 108 países en 2013 en cuyos primeros lugares se ubican países con lectura de casi 50 libros per cápita al año, México se ubicó en el penúltimo lugar de lectura con un promedio de 2.9 libros al año por persona, superado por España con 10.3 libros, Chile con 5.4 libros, Argentina con 4.6 libros y Brasil con 4 libros.
De igual forma, en cuestión de patentes y marcas, en el último año México registró 222 patentes frente a las 362 de Brasil, 81 de Argentina y 64 de Chile (cabe señalar que México tiene una población tres veces mayor que Argentina y seis que Chile).
Se debe aclarar que las patentes son el mejor indicador que se utiliza para “medir la ciencia y la tecnología” en un país (sin comparar los primeros lugares de EU con 159 000 o de Japón con 56 000, o de países emergentes como China con 8 700, Israel con 3 600, India con 3 000 o España con 900). Las patentes son el eslabón entre la educación superior y la economía, entre las ciencias exactas y la industria.
Como bien dice el destacado científico mexicano Antonio Lazcano, no hay ciencia pura y ciencia aplicada, o se hace ciencia o no se hace ciencia, las patentes son el mejor medidor de aquella falsa disyuntiva.
Pregúntese el lector en su entorno diario, con sus necesidades de medicamentos, tv, smartphone, tablet, microondas, automóvil, focos led, etc., ¿cuáles de ellos tienen tecnología mexicana? No confundamos el hecho de que la posición geográfica del país –frontera con USA- le permite atraer inversión para ubicarse de este lado industrias maquiladoras para armar y exportar diversos productos de alta calidad (automóviles, refrigeradores, PC, etc.) para lo cual no se necesita trabajadores con una carrera universitaria, la capacitación y la mano de obra barata son lo que atrae la inversión, lo que no significa en absoluto transferencia de tecnología.
Los bienes de capital (software y hardware) de todos los productos mencionados son de tecnologías extranjeras.
Los altos volúmenes de transacciones derivado de esa posición estratégica de nuestro país y un potencial mercado de consumo de más de 120 millones de personas es lo que nos permite figurar entre las primeras 20 economías del mundo, incluyendo dentro de la OCDE.
No somos capaces de producir vacunas como ocurrió con la emergencia de la influenza en 2009, tenemos que recurrir a expertos extranjeros por la explosión en el edificio de PEMEX en 2013, o requerir peritos argentinos en 2014 por los acontecimientos en Guerrero. Tenemos que pagar a empresas internacionales –asociadas a mexicanas- para contar con programas cibernéticos que hagan posible el respaldo en la nube de todas las actividades empresariales y de gobierno. Esa es la diferencia entre técnica y tecnología.
Para el caso de las ciencias sociales, no tenemos economistas, politólogos, psiquiatras de prestigio internacional, salvo algunos juristas, antropólogos y astrónomos. No nos engañemos, ni el CIDE, ni el COLMEX (financiados también con dinero público), ni otros centros de posgrado tienen prestigio a nivel internacional, acaso a lo que sirven –para consumo interno- es para realizar encuestas.
Por supuesto que en México existen profesionales de ciencias exactas y ciencias sociales preparados, pero es más producto del esfuerzo personal que la labor de la institución para lograrlo; muchos de ellos ven truncados sus aspiraciones por la culpa de un sistema hermético y corrupto que opera en la UNAM y en general en todas las instituciones de educación superior públicas; lo mismo les ocurre a jóvenes estudiantes con un potencial brillante, ¿qué resultados sociales tiene el 25% del presupuesto de la UNAM dirigido a la investigación?
Los cuantiosos recursos que se destinan ahí para fomentar ambas ciencias, terminan distribuyéndose entre cuates y cuotas, como también en el CONACYT; recuerde al ingeniero mexicano que participó en importantes proyectos en la NASA, que antes de partir al país del norte, le fueron negados aquí apoyos a la innovación: “CONACYT apoya proyectos de compadres, de sobrinos; tienes que ser apadrinado por alguien para que te apoye… así pongas un motor en la superficie de Marte”.
Colofón
No se exagera cuando se afirma que vivimos en la época del conocimiento, como tampoco cuando se afirma que quien tiene el conocimiento tiene el poder.
Lo que cada vez más se observa en toda la educación superior en México, y en particular en la UNAM, es la desconexión entre lo que se enseña en las aulas y lo que se necesita en la sociedad.
El cabildeo y posición privilegiada que ocupa el rector de la UNAM, independientemente de quien se trate, dentro de las esferas más influyentes del poder político para lograr aumentar el presupuesto a la institución (de 2007 a la fecha en un 35.1%), contrasta con su activismo cero en lo que respecta a exigir igualdad de oportunidades para los profesionistas de la UNAM y en general de las universidades públicas, frente a la exclusión que se observa cada vez más en los niveles de dirección en los tres órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal), por motivos de filiación política, por motivos de grupo, por condición social antes que por razones de aptitud y eficacia.
Hoy que sí hay competencia por parte de universidades privadas, se debe evitar el absurdo de comparar en su totalidad la UNAM con algunas de ellas, simplemente porque ninguna universidad privada –incluso públicas- tiene las dimensiones de aquella; con su debida proporción, lo que debe proceder es comparar las mismas carreras que se imparten en una y otras.
Es a partir de entonces que se podrá empezar a dimensionar y calificar el tipo de educación pública que todos financiamos.
Insinuar que en la UNAM se ha priorizado la justicia social -ampliación de la matrícula- antes que cualquier otra cosa, es evadir el elemento central que justifica la existencia misma de toda universidad, la calidad.
Seguir repitiendo los disparates de que la UNAM es referente moral, de que es la conciencia crítica de la sociedad es permitir que las cosas sigan igual, de nada sirve seguir abriendo centros en toda la República y en el extranjero, si lo único que resulta de ellos, son experiencias personales, turismo universitario de cofradías, de grupos de presión que viven aislados de la sociedad.
Seguir diciendo que gracias a la UNAM somos un país moderno, es tanto como consentir que sin el PRI no hubiera sido posible PEMEX, CFE, IMSS, etc.
Solo basta haber estudiado a nivel bachillerato y/o a nivel licenciatura para darse cuenta de la forma impropia como se reparten los más importantes cargos directivos, los puestos de profesores, de investigadores, de “primas al desempeño”, de “estancias en el extranjero”, de publicaciones, de ser al mismo tiempo funcionarios de alguno de los tres órdenes de gobierno, etc. para decir, que la UNAM es demasiado mexicana.
Si en algo coincide la actual situación de la UNAM con el rector que se fue y el rector que llega es, envejecimiento.
Es a la sociedad, la que los universitarios le debemos el haber financiado nuestra educación superior. Es a partir de esa indispensable reflexión como se puede abordar este tema, sin obviar que la autonomía no significa soberanía, sino autogestión administrativa y libertad de cátedra.
Llegado el momento, corresponderá a las fuerzas políticas en el Congreso de la Unión, reformar la Ley Orgánica de la UNAM y a la opinión pública por su parte, presionar hacia ese gran cambio a través de una iniciativa de ley tramitada como iniciativa ciudadana.
* Héctor Fernández Pedroza tiene estudios doctorales y maestría en Derecho Constitucional por la Universidad de Sevilla, España, y es profesor de la UNAM ([email protected]).