blogeditor · 2 de noviembre de 2022
Los derechos de los animales no-humanos han sido objeto de discusiones y juicios con consecuencias cada vez más beneficiosas para ellos. En agosto de 2022 se dictó la primera sentencia penal por maltrato animal en México a un sujeto que asesinó a dos perros. De igual forma, en Chile, el orangután Sandai recibió un recurso de amparo para ser trasladado a un santuario donde sus necesidades fueran cubiertas de forma más adecuada. Las luchas legales a favor de los intereses de los animales no-humanos, exclusivamente, se vuelven más y más comunes.
La filósofa Catia Faria menciona que todos los animales tenemos tres intereses primarios: no morir, no sufrir y disfrutar de nuestras vidas. Las batallas legales a favor de los animales se han hecho a la escala de sus cuerpos; es decir, en pos de que ciertos individuos o especies se vean libres de consumo, cacería —en el caso de algunos animales silvestres—, explotación para el espectáculo y otras formas de opresión. Estos argumentos son fundamentales, mas conviene pensar en el siguiente nivel: el territorio.
En el interés de disfrutar de sus vidas puede intuirse un aspecto fundamental del comportamiento animal: la territorialidad. Este comportamiento incluye actitudes de defensa, acceso a recursos e incluso socialización. Por ejemplo, los castores construyen madrigueras para refugiarse, mantener alimento y proteger a sus crías; los chimpancés dominan grandes áreas en grupos que van más allá de lazos consanguíneos y las protegen de otros grupos de primates; los pumas requieren de al menos 90 km2 de espacio por individuo para atender sus necesidades; las gallinas y gallos necesitan de áreas abiertas, con sitios para rascar y trepar y estímulos que les ayuden a evitar estereotipias. Así que la defensa de los derechos animales necesariamente debe prever las necesidades asociadas con la vinculación espacial.
Ha existido una tendencia hacia lo urbano en la ocupación del espacio por parte de los humanos. Las ciudades cada vez son más grandes, cada vez se extienden más las áreas de cultivo de alimentos —sobre todo forrajes para animales sometidos a ganadería—, los mares y cielos se llenan de rutas de transportes, etcétera. El progreso del dominio humano en el planeta se ha hecho a costa de la reducción de espacios aptos para los demás animales.
La consecuencia ecológica de esta tendencia está marcada en el Antropoceno, como punto en la Historia geológica del planeta, con el umbral de la sexta gran extinción tanto para animales como para vegetales; la pérdida de espacios disponibles es una de las causas principales de las extinciones y, por lo tanto, una fuente antropogénica de sufrimiento para los no-humanos. Por lo que cabe preguntar ¿cómo se puede empezar a resolver esta injusticia?
Las áreas naturales protegidas son el principal instrumento de ordenamiento ecológico de México. Existe evidencia de medidas de este tipo desde la época de Nezahualcóyotl e incluso durante el periodo de la Reforma, realizadas con el objetivo de generar un aprovechamiento racional de los recursos maderables. Hoy en día las llamamos de “desarrollo sustentable”. Es decir, muchos humanos han sido conscientes de la finitud de los recursos desde antes de que existiera la Ecología como ciencia; mas esta consciencia obedecía a un interés de explotación continua para la producción económica en un intervalo de tiempo largo.
Puede decirse que, durante mucho tiempo, la preocupación por los animales como individuos con intereses era inexistente para la relación entre el Estado y el medio ambiente. El interés era meramente utilitario; reconocer la cantidad de bosques disponibles para usarlos como recursos maderables, turísticos y paisajísticos. Estas prioridades fueron evolucionando conforme México se abrió a negociaciones internacionales. Hoy en día, las Áreas Naturales Protegidas (ANP) están vinculadas con programas internacionales como MAB UNESCO, bonos de carbono (que sirven como una medida de negociación económica entre naciones), los objetivos 2030 de la ONU y la lucha contra el cambio climático. Los objetivos de las ANP, que varían entre una y otra de acuerdo con la legislación vigente, son:
Estos objetivos son benéficos desde un ecocentrismo con el medio ambiente, pero reproducen la idea de que somos los humanos quienes llevamos la verdad respecto a lo que resulta benéfico para el ambiente. Desde ese ecocentrismo se han cometido asesinatos en masa de animales (zoocidio) por considerarlos plagas o “especies invasoras”.
Uno de ellos fue el exterminio de caballos y burros ferales en Australia, luego de que fueran abandonados y sustituidos por tractores en el trabajo. Sin embargo, esos caballos y burros habían resultado benéficos para las cadenas tróficas del lugar, pues excavaban hoyos para sacar agua de la que se beneficiaban también los animales y plantas locales. Las investigaciones paleontológicas posteriores señalaron que los extintos wombats gigantes excavaban hoyos como estos, y los caballos reanudaron la actividad. Esto significa que el indicativo de “plaga” queda en entredicho dentro de los mismos términos del ecologismo.
Conviene hacer una crítica al ecologismo porque un gran número de animales han sido asesinados a partir de su aplicación; también porque existe una propuesta alternativa que puede cumplir con el objetivo de conservación de especies, pero al mismo tiempo está comprometida con el bienestar de los animales. Esta es la conservación compasiva. En los principios de esta conservación se menciona que los individuos importan. De acuerdo con esto, cada animal importa porque tiene intereses propios y un valor intrínseco que es tan importante como su pertenencia a cualquier especie, por lo cual los individuos deben ser tratados con compasión.
Mi propuesta va en una dirección distinta a la compasión; va más apegada a la justicia territorial. Dado que es de interés para los animales no-humanos disfrutar de sus vidas, necesitan espacios aptos para ello. Esto lleva a considerar la diversidad de necesidades territoriales de los animales, las cuales van a reproducirse en el comportamiento territorial de cada individuo. En el mencionado contexto del Antropoceno y la sexta gran extinción, con la destrucción de hábitats como una de sus causas, dotar de protección legal a espacios a favor de los intereses territoriales de los individuos animales se vuelve una medida de justicia restitutiva. Las ANP son un insumo jurídico-territorial que serviría para atender este cometido; sólo que necesitan modificaciones, así como el fortalecimiento de las instituciones que procuran hasta ahora el medio ambiente sano.
Todos los mexicanos tienen derecho, según la Constitución (Artículo 4), al acceso a un medio ambiente sano; la propuesta es extender este derecho a los animales no-humanos en su calidad de pacientes morales, es decir, individuos con derechos, pero sin obligaciones. El camino sería que este derecho expandido se convirtiera en un deber, para que las instituciones ambientales velen por esa justicia restitutiva de los territorios animales.
Para que esto sea posible sigue siendo necesaria la reproducción de una cultura empática hacia los animales no-humanos, sin distinguir por la especie. Cuando se reconoce que los animales no-humanos tienen derecho a vivir y a no ser explotados, es necesario comprender que hay una extensión fundamental a un derecho al espacio propio, al medio ambiente sano, y al territorio.
* José Alejandro Garza Méndez es licenciado en Geografía por el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara. En 2022 ganó el premio nacional a la mejor tesis de licenciatura que otorga la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Es especialista en Geografía de los Animales y en Ética Animal. Actualmente es estudiante de la Maestría en Geografía en la UNAM.
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