blogeditor · 14 de abril de 2020
El 6 de abril pasado, el presidente López Obrador dio un informe sobre el avance de su administración en el que mencionó que estaba en marcha un “programa emergente para el bienestar y el empleo” dirigido a la atención de la pandemia del COVID-19, así como a sus efectos económicos. Señaló que se habían dispuesto 40 mil millones de pesos adicionales para el sector salud, y que se contratarían 45 mil médicos y enfermeras más. También destacó que se profundizarían y adelantarían los programas sociales que ha venido ejecutando desde el inicio de su gobierno, como el de adultos mayores, el de becas a diferentes niveles escolares, el de aprendices, el de sembradores de árboles y de pescadores ribereños, entre otros.
El presidente afirmó que con los programas sociales y de desarrollo del gobierno federal “se llegaría a 22 millones de beneficiarios”, con lo cual ratificaba la prioridad que otorga a la población que vive en condiciones de pobreza.
Para financiar lo adicional a sus programas ordinarios, López Obrador mencionó una fuente nueva y otras ya existentes:
Destacó, asimismo, que en breve daría a conocer el programa de inversión pública, privada y social del sector energético, por un monto superior a los 339 mil millones de pesos.
En suma, el presidente habló de que su fórmula para remontar la “crisis transitoria” sería: mayor inversión pública, empleo pleno y honestidad y austeridad republicana.
Finalmente, remató señalando que “Ya rompimos el molde que se usaba para aplicar las llamadas medidas contracíclicas que sólo profundizaban más la desigualdad y propiciaban la corrupción en beneficio de unos cuantos.”
Este mensaje del presidente tiene varios problemas:
Espero que los próximos acontecimientos hagan cambiar las visiones antes enumeradas, pero el país no puede esperar a que eso ocurra. Por ello, se plantea aquí la posibilidad de que sean los gobiernos de las entidades federativas quienes asuman el liderazgo social que se requiere, convocando a empresarios, sindicatos, organizaciones de la sociedad civil, a que participen en la deliberación, acción y vigilancia de sendos planes estatales para la emergencia de salud y económica.
Tales planes deberían dimensionar con claridad el problema de cada entidad y proponer las acciones de corto y mediano plazos necesarias, cuantificando los recursos que en cada caso se requieran.
Los gobiernos estatales deberían diseñar un instrumento de financiamiento -un bono de largo plazo- en colaboración con el Banco de México y las instituciones financieras del país que pueda ser colocado y adquirido por estas mismas instituciones en condiciones que permitan un año de gracia en el capital e intereses, y un fideicomiso de garantía y pago que capte los recursos de un nuevo impuesto estatal al consumo del 4% a partir de 2021.
Si la recaudación total del IVA federal es de poco más de 900 mil millones de pesos al año, el 4% estatal equivaldría a un 25% de ese monto; esto es, alrededor de 230 mil millones de pesos anuales (casi un punto porcentual del PIB).
También podría convocarse a los principales municipios urbanos para que hagan un esfuerzo paralelo de mayor recaudación vía el aumento en el impuesto predial, que hoy es casi insignificante, pero podría actualizarse gradualmente, y dar lugar a fideicomisos municipales de garantía y pago con los recursos provenientes de esos aumentos, que se destinen como contrapartida de proyectos conjuntos con sus gobiernos estatales.
A corto plazo, tendrían que reunirse los secretarios de planeación y finanzas de los estados, así como los secretarios de salud y de desarrollo económico. Los primeros para discutir los términos del instrumento de financiamiento y los otros para deliberar y acordar planes básicos de atención a la salud y de recuperación económica y defensa del empleo.
Los gobernadores mismos deberían dar el “kick off” a una iniciativa de este tipo en el seno de una reunión plenaria de la CONAGO, conservando, eso sí, Susana Distancia.
* Octavio Arellano Rabiela (@oarellano141027) es consultor y promotor de proyectos de infraestructura y desarrollo regional. Asociado fundador de Construir las Regiones, A.C. y de la Academia Mexicana de Profesionistas en Evaluación Socioeconómica de Proyectos, AMPRES. Participó como asesor externo en la formulación de la estrategia económica del Plan Puebla-Panamá, en su vertiente mexicana que incluía a nueve entidades federativas del Sur-Sureste. También fue parte del grupo de trabajo que formuló la estrategia de desarrollo integral del Sur-Sureste, aún vigente, en el seno de la Comisión para el Desarrollo Integral de la Región Sur-Sureste, CDIRSSE, de la CONAGO. Vivió diez años en la ciudad de Campeche, durante los cuales recorrió la región peninsular como consultor y promotor de proyectos.