blogeditor · 26 de octubre de 2015
Son retazos del oxímoron mexicano: revolución institucionalizada, democracia vertical, fraude patriótico, progresismo neoliberal, opaca transparencia. El ‘documental’ pretendidamente ‘definitivo’, hecho por encargo por compañeros de viaje gubernamentales sobre la masacre y desaparición de Iguala, se inserta en la lógica del priismo restaurado.
Las seudo ‘memorias’ del Movimiento Estudiantil de 1968, ’escritas’ por El Móndrigo y publicadas después de los eventos que derivaron en la masacre de Tlatelolco, son un ominoso antecedente: ensayos redituables y relativamente exitosos para los propósitos del gobierno y su época; con reverberaciones en distintos ámbitos, que siguen modulando conciencias –así sean marginales- en estos días hipermediatizados y que confirman la existencia de sectores sociales aún susceptibles de responder favorablemente a distorsiones propagandísticas severas.
[contextly_sidebar id=”lWNihO9GFVgn2VGBCzJYp3rlRGiXnhWP”]Tiempos inmemoriales consignan diversas tentativas de inserción forzosa en la cultura popular, desde una matriz autoritaria; ocurren y se replican en distintos momentos de nuestra historia. ¿Su objetivo concreto? Extirpar la verdad mediante una tergiversación de los mecanismos que preservan la memoria, revictimizando a las y los damnificados de guerras sin sentido y asaltos a la dignidad individual y colectiva.
El recurso no es nuevo. Tiene antecedentes mucho más distinguidos en distintas latitudes y que este año cumplieron un siglo en la persona del norteamericano David Wark Griffith (precursor del cine moderno) y en específico de El Nacimiento de una Nación.

Para Woodrow Wilson, el filme-panfleto era como ‘ver escrita la Historia con relámpagos’. Su entusiasta apoyo y la gran popularidad que gozó la película fueron factores que contribuyeron a ahondar las diferencias raciales en los Estados Unidos durante décadas.
Birth of a Nation, proyecto de 1915 dirigido por DW Griffith, es una obra acabada de la cinematografía entonces en ciernes -pero inexorablemente racista- con un presidente de ideas progresistas pero prejuicios profesionales en la persona de Woodrow Wilson, invasor de México y propalador de la Liga de Naciones al término de la Primera Guerra Mundial. Inspirada en la novela The Clansman (‘Romance Histórico de la Guerra Civil’ Norteamericana, de 1905) que reivindicaba al Ku Klux Klan desde sus orígenes preconizando la ‘salvación’ del Sur Confederado que fue vencido por las fuerzas de la Unión Americana en el conflicto que duró de 1861 al 65. Vehículo respetable que sentó las bases del Apartheid norteamericano, en su fase bienpensante, que duró hasta la década de los sesenta (o viéndolo major, hasta nuestra época).
Por fortuna y como entonces, aquí emergen esfuerzos serios (con posibilidades de sepultar la Verdad Histórica de pacotilla) que enmiendan las patrañas mitologizantes ‘épicas’ del estilo posmoderno de los DW Griffith autóctonos y el consenso racista que se fortaleció a raíz del éxito sin precedentes que representó su película.
Una contraversión que exaltaba los aportes decisivos y la historia de la comunidad afroamericana -traída por la fuerza a la Unión Americana en circunstancias horripilantes y tiempos de esclavitud- se llamó Birth of a Race, película de 1918 dirigida por Emmett J. Scott que es hoy apenas un pie de página, un proyecto edulcorado que no corresponde a la visión original de su creador y que nunca opacó el clásico de género de Griffith, y que sigue estudiándose –y exhibiéndose, en salas de arte, ciclos de cine y videos o plataformas de dominio público- hasta nuestros días.
Nacimiento de una Raza, extracto. Sólo existe una copia de este trabajo (que en nada sirvió para reivindicar a la causa afroamericana, tan dañada por Birth of a Nation), y que puede hallarse en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en Washington.

La respuesta más acabada, Within our Gates de 1920, no pudo tampoco volverse un referente indiscutible de la cinematografía mundial como la obra de Griffith, pero colocó al director de la misma en la primera línea de defensa de los valores de su comunidad.
Oscar Micheaux (1884-1951) fue uno de los primeros auteurs de la tradición cinematográfica en los Estados Unidos: nieto de esclavos, novelista, empleado ferrocarrilero, Homesteader de una estancia en Dakota del Sur y productor, guionista y director de decenas de filmes; el primero, de raigambre afroamericana.
Jorge Fernández Menéndez y su ‘documental’ (siempre entrecomillado: nueva manifestación auxiliar de la esencia del Peñanietismo y sus satélites) ameritan una respuesta contundente. El documental Mirar Morir de Coitza Grecko y el Colectivo Ojos de Perro es un paso decisivo en la dirección correcta; también –y en el plano editorial– lo son La Travesía de las Tortugas del Colectivo Marchando con Letras y numerosos libros de autores reconocidos, en circulación o que vendrán apareciendo en fechas próximas.

No asumo, para nada, que el efecto pernicioso de La Noche de Iguala vaya a ser equivalente al que produjo Birth of a Nation hace cien años. Lo que procede, para éste y otros casos, es seguir afilando los instrumentos de la crítica y paliar sus posibles impactos negativos: enfrentar al Jagganath de Televisa, Televisión Azteca y demás mutantes que actúan en los hechos -y ante la complicidad gubernamental- como Estados paralelos.
Frente a la falaz épica justificatoria del racismo institucionalizado estadounidense, surgió una narrativa: la de Oscar Micheaux. Una cuyo valor, hoy día, no empaña el legado fundacional de las técnicas de David Wark Griffith, pero sí empequeñece su figura, ante la perniciosa dimensión peso específico de su irresponsabilidad.

Al final, triunfa la Contrafuerza, el indeclinable compromiso social con la verdad sin adjetivos. Lo mismo, en clave muy menor, va a ocurrir con la intentona gubernamental y privada por desacreditar a los familiares de los 43 Normalistas de Ayotzinapa. Nos corresponde a nosotr@s, como Oscar Micheaux contra el trabuco falaz de DW Griffith, esa tarea.
Mirar Morir: trailer
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Por cierto, y a la luz del crecientemente involucramiento del Secretario de Defensa, un militar, en asuntos que no son necesariamente de su competencia: ¿habrá llegado el momento de plantearse con seriedad que exista en México (tal como sucede en otros países latinoamericanos, con buenos resultados), un titular civil de esa cartera?