Una pequeña reflexión (bio)ética del turismo postpandemia

blogeditor · 15 de junio de 2022

Una pequeña reflexión (bio)ética del turismo postpandemia

En 2019, el año en el que todavía los flujos turísticos globales iban a la alza, la Organización Mundial del Turismo (OMT) de la ONU reportó que se movilizaron 1,400 millones de turistas internacionales alrededor del mundo, y la tasa de crecimiento proyectada para los años venideros era de entre 3 y 4%. Hoy sabemos que esos números no llegaron. Al final de 2021, las llegadas de turistas internacionales se redujeron en 72% en comparación con las cifras prepandémicas, con un descenso de mil millones de turistas.

De acuerdo con Zoritsa Urosevic, director ejecutivo de la OMT, este sector fue el más golpeado por la pandemia de COVID-19, ya que se perdieron 120 millones de empleos directos. Cada país tuvo diferentes planes de acción frente a la situación. En China, por ejemplo, se cerró el turismo internacional pero se le apostó al turismo doméstico para mitigar los impactos económicos; México decidió no cerrar fronteras y recibir a la mayor cantidad de turistas posibles, sin restricciones, y las llegadas internacionales sólo se redujeron en 10%. Sin embargo, en otros territorios las afectaciones fueron mayúsculas, como en algunos países insulares pequeños que dependen del turismo, como Fiji o Barbados, en donde el sector contribuye con entre el 50 y 70% del PIB. Allí se tuvieron que cerrar completamente las fronteras para no comprometer la salud de la población.

La organización asevera que para 2024 el turismo internacional habrá regresado a sus niveles prepandémicos. En términos económicos y políticos, esto se escucha como una muy buena noticia: no solamente las economías de varios estados nuevamente se robustecerán, sino que continuará el proyecto globalizador de hacer las fronteras cada vez más porosas para quienes tengan el dinero para cruzarlas.

Si el impacto por la COVID-19 hacia el turismo mejora, como se espera, rápidamente será reemplazado por un nuevo virus: la pasión por los viajes. Los millennials, según una encuesta, prefieren viajar a tener relaciones sexuales. Sin embargo, el valor de los viajes, como el del sexo, depende de cómo se realizan. Y el turismo ha sido muy agresivo en muchos sentidos. Los cruceros, por ejemplo, generan cerca de 50,000 litros de aguas residuales al día por embarcación, gran parte de las cuales terminan en el mar. Además, las emisiones de gases de efecto invernadero relacionadas con el transporte turístico constituyeron el 5% de las emisiones antropogénicas mundiales.

Las tendencias de los viajes turísticos que dañan tremendamente al planeta fueron capturadas, conmovedoramente, en la lista del New York Times de 52 lugares para visitar en 2020. Uno de ellos, Grand Isle en Luisiana, enfrenta una de las tasas más altas en el mundo de vulnerabilidad social y ecosistémica por el aumento relativo del nivel del mar. Curiosamente, este espacio es promocionado como un destino de turismo postapocalíptico, que debería ser visitado con urgencia antes de que desaparezca. El escritor del artículo preguntó a sus lectores si visitarían la isla porque parece inquietantemente más hermosa cuando se sabe que está desapareciendo. La pregunta genera una fuerte contradicción, porque este espacio del Golfo de México está en riesgo de desaparecer por el cambio climático, pero visitarlo supone acelerar su desaparición. Asimismo, Groenlandia se promociona como un destino que hay que visitar a partir de 2023 porque tiene programada, para ese año, la apertura de dos nuevos aeropuertos internacionales, y porque todavía se puede hacer antes de que se derrita la capa de hielo sobre dicha isla.

Es cierto que el turismo sostenible es un fenómeno creciente, al menos en el discurso académico y económico, pero su contribución a la mejora ambiental del planeta es falaz e inexistente. A pesar de que uno de sus fines es hacer viajes que sean amigables con el medio ambiente y que sensibilicen a los viajeros, lo cierto es que hay discrepancias entre los discursos institucionales, lo que dicen los turistas y lo que ellos mismos hacen. En 2021, el 99% de los viajeros de élite aseveraron que los viajes sostenibles eran importantes para ellos; no obstante, los vuelos en aviones privados han aumentado como resultado de las nuevas experiencias en los aeropuertos por las regulaciones de viaje por la pandemia.

Como sea, el turismo que se avecina tras la recuperación postpandemia no será como el turismo idealizado por la modernidad. Es un tipo de turismo de simulación, o post-turismo, que implica fuertes apropiaciones culturales y deseos por acumular sellos en los pasasportes y likes en redes sociales en vez de experiencias reales. De hecho, el turismo reproducirá más vorazmente la hipercultura en la que el mundo se ha reducido a bienes en un supermercado de experiencias, todas fácilmente consumibles y desechables. En ese contexto, el turismo corre el riesgo tanto de ampliar la mente como de estrecharla. Al menos eso sugieren tanto el antropólogo israelí Erik Cohen como el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han: ambos argumentan que ya no hay ninguna diferencia real entre indígenas y extranjeros, o entre lo cercano y lo lejano.

Los viajes solían desarraigarnos valiosamente de nuestros propios territorios y confrontarnos con “lo otro”; de hecho, los primeros turistas eran similares a los peregrinos, porque buscaban el shock mental expansivo de lo nuevo y lo desconocido. En la globalización, un proceso que busca desdibujar lo más eficientemente las fronteras entre el aquí y el allá, los turistas actuales son muy diferentes de los viajeros del pasado. De hecho, bajo la agenda de “la globalización del aquí y la deslocalización del allá”, realmente ya no se viaja al “allá” en términos turísticos. Los (post)turistas hiperculturales de hoy pueden mapear sus vacaciones a través de visitas a Starbucks en lugares ostensiblemente exóticos. Hoy, el turismo es atractivo porque respalda el deseo de que, cuando vamos al extranjero, las cosas no se vuelvan demasiado extrañas, arriesgadas o extranjeras. Cada vez más, viajamos no para descentrar nuestras visiones del mundo o desafiar nuestras sensibilidades, sino para relajarnos, reproducir nuestra cotidianidad en lugares diferentes y poblar nuestros Instagrams.

A medida que el miedo a la COVID-19 se desvanece, es más probable que las millas aéreas se vuelvan a acumular exponencialmente. El impulso de buscar nuevos horizontes es comprensible después de tanto tiempo encerrados, pero mientras los y las turistas se forman en los aeropuertos esperando abordar los vuelos que les lleven a sus nuevos destinos (donde se puedan tomar las mejores fotos para sus redes sociales, por supuesto), valdría la pena preguntarse: ¿de verdad seremos recompensados en estas nuevas formas de viaje con lo que presumiblemente se busca en el turismo o que, al menos, tiene en mente cada viajero: revitalización, conocimiento y salir de la cotidianidad?

La naturaleza, que también se ha estado recuperando del impacto de la huella de carbono de la humanidad durante dos años, está a punto de ser despojada de nuevo. El filósofo francés Blaise Pascal escribió que todos los problemas de la humanidad se derivan de la incapacidad del hombre (sic) de quedarse quieto en su habitación. Al parecer, tenía razón.

* Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con especialidad en Geografía del Turismo y Geografía de los Animales, y cuenta con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “Espacio social”, con la línea de descampesinización y turismo. También es co-coordinador del Seminario Permanente sobre Estudios Críticos del Turismo y profesor de “Geografía y Ética” en la Facultad de Filosofía y Letras, así como de “Ética, territorio y medio ambiente” del posgrado en Geografía.

 

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