blogeditor · 20 de agosto de 2021
Leí el texto más reciente de Jacobo Dayán, La NADA ante la barbarie, como un puñetazo de realidad. Me sentí aludido y evidenciado. Pero sobre todo: avergonzado.
Ya recuperado, con más aire en el cerebro y sin que el texto tuviera dedicatoria personal, atrevo una respuesta a la provocación, el reclamo o el grito de auxilio de Jacobo en este mismo portal, donde la Malamadre y Daniel generosamente nos conceden un espacio.
Dice Jacobo (y cito en extenso): “Por su parte los grandes medios, en su inmensísima mayoría, prefieren sumarse al caso del momento, al escándalo del día, a la estridencia de la presidencia, al análisis sofisticado de la simulación o de la NADA. Resulta más fácil hablar de cualquier otro problema antes que del horror y de la inacción de la clase política en estos temas. Se acercan con el caso a caso, pero prefieren abandonar los fenómenos. Casi ninguno abraza una agenda de mediano y largo plazo con compromiso serio y una pedagogía permanente que es parte de su obligación en contextos como el mexicano. Una pedagogía de todos los días, con espacios permanentes hablando y contextualizando el horror. Prefieren hacer malabares relativizando. Aportan poco o NADA a la urgencia”.
Pues bien, Dayán reclama primero a los políticos su inacción (su NADA) a la construcción de justicia y paz en este país, pero luego enfila contra los “grandes medios” o, para yo generalizar, “los medios”. Ahí cabemos dueños, directivos y periodistas; es decir, los que tomamos decisiones todos los días sobre qué contar y cómo contar respecto de la barbarie que vive este país desde 2007 y de la que ningún gobierno se ha responsabilizado en serio.
Jacobo reclama, pero quiere más y con razón: exige a los medios no solo un abordaje más sofisticado de la barbarie sino una pedagogía sobre la justicia y la paz. Un enseñar, un formar, una educación. Algo que aspire a ser mucho que informar. Algo que trascienda la primera obligación del periodismo que es llevar un registro preciso y riguroso de la realidad, de aquello “que pasa”.
En ese sentido, en México pasan muchas cosas todos los días, pero lo que de verdad pasa y debería importarnos por sobre todas las cosas, es que todos los días asesinan a 98 personas en este país, una cada 15 minutos; y pasa también que prácticamente nadie es detenido, investigado o sentenciado por esos asesinatos. Ahí está el dolor: México es el país donde los ciudadanos se matan entre sí, sin que haya un estado capaz de protegerlos e impartir justicia para evitarlo. De seguir así, esto no va a parar nunca.
Y los medios somos corresponsables pues no hemos sido capaces de sensibilizar sobre esa violencia, de conectar con la gente para que se indigne lo suficiente como para salir a la calle y protestar, para que busque y exija caminos de solución a sus gobernantes.
Porque, cuesta decirlo, nuestra nota roja ya no es nota; más allá del sensacionalismo pasajero en redes sociales (siempre y cuando incluya video) o del lucro de muchos medios y periodistas con la exhibición más burda de esa violencia. Repetimos como el perico, muerto tras muerto, sin articular un lenguaje que sirva para comprender la barbarie.
Vuelvo al principio: me sentí aludido porque desde hace 9 años dirijo un medio desde Sinaloa, un estado marcado por el estigma del narco y lastimado profundamente por miles de asesinatos y desaparecidos durante los últimos 40 años.
Y déjeme decirlo sin ninguna falsa modestia: en Noroeste llevamos más de una década intentando contar “diferente” nuestras violencias. Todos los días buscamos dar voz a las víctimas, hacemos un esfuerzo enorme por no dejar de señalar toda violencia de la que nos enteramos y podemos cubrir con rigor. También, desde el 2010 y sobre la base de nuestro Código de Ética, en Noroeste buscamos darle un marco ético-periodístico a nuestra cobertura y publicación de la violencia para que el narco nos nos impusiera su discurso, para no lucrar con el dolor de las víctimas y para fijar una postura narrativa que no solo fuera “el espejo de la realidad”. Nuestra misión fundacional es formar ciudadanos y lo intentamos a diario.
Pero 45 años después de la Operación Cóndor en Sinaloa, de una cobertura diaria y exigente de la violencia, de la investigación y el señalamiento de la corrupción y la narcopolítica estatal, y del sostenimiento de nuestra postura ética frente a las amenazas de la clase política y el crimen organizado que han llegado hasta los balazos, así como de rechazar la constante demanda de las audiencias por el sensacionalismo y el clickbait, el sentimiento es que nomás ese contar “diferente” no ha alcanzado para mucho. Además, nos hemos equivocado muchas veces y algunos errores nos han puesto en situación de riesgo.
Tres generaciones de periodistas han visto desde nuestra redacción cómo gobernador tras gobernador la violencia sigue allí, cada vez más viva y compleja. Pero sobre todo impune. Y no es distinto con las últimas presidencias: desde que Calderón decidió lanzar la guerra contra el narco lo único que hemos visto es que la violencia homicida se esparce como gangrena por todo el territorio nacional al tiempo que la militarización avanza sin ningún resultado que demuestre su eficacia. Vaya contradicción, con López Obrador, el primer presidente que se asume de izquierda en el país, los militares son más poderosos que nunca.
En suma, creo que los medios tenemos que apretar en tres vías: dotarnos de protocolos y marcos éticos e institucionales para la toma diaria de decisiones editoriales; buscar maneras más creativas de contar y sensibilizar sobre la violencia, y buscar, con más datos y fuentes no oficiales, dar contexto y sentido sobre un fenómeno que nos rebasa todos los días por su variedad y diversificación. Habrá que hacer más documental, como ha hecho el sinaloense Chema Espinosa con “Te nombré en el Silencio” sobre Las Rastreadoras del Fuerte, y más vinculación con sociedad civil y academia para capacitarnos y entender mejor antes de publicar o atrever una opinión.
Pero creo que más que hacer más, habrá que sacrificar y hacer mucho menos de lo que es práctica común en el gremio: subir notas sin verificar, atender a rumores, lucrar con el video más reciente de un asesinato, violar derechos de víctimas y victimarios, usar “narcolenguaje”, servir de voceros a criminales, romantizar capos porque ya están viejos o publicitar a sus parejas porque están muy guapas.
No será fácil en un contexto de refundación digital y dependencia de una publicidad oficial decreciente, donde hay que perseguir clicks a costa de videos de gatitos y ataques mañaneros del presidente.