Una mañana en el trópico

blogeditor · 10 de septiembre de 2011

Una mañana en el trópico

En serio que te lo juro.  Ese lugar es un cuartito en el cielo.  Visítame temprano.

Fui de nuevo a buscarla para sacarme de la imaginación eso de saborearle aquello.  Recorrí un sendero húmedo hasta el muelle donde no tardó en salir la panga rumbo a Pelicanos, unas piedras y palmeras arqueadas de tantos ciclones que las golpeaban, noches de tormenta y sudor y lluvia, donde su respiración tendida en la cama era lenta y ajena al clima, con los ojos abiertos.

No caí en cuenta que llegábamos a su palmar tupido, solo hasta que el lanchero gritó ¡Agárrense!, y la inercia hizo que brincara al agua con el pantalón a las rodillas. Al fondo de la playa había una loma, una escalera de piedra que subía entre la maleza, la promesa de ella más allá de los helechos goteantes que abrías con los antebrazos, el subir paso a paso en espiral hasta la cima, a la izquierda una pequeña construcción de cemento, blanca y de cortinas extendidas, bajo las cuales era posible encontrar su espalda, y por supuesto su culo duro.

¡Te dije te gustaría el lugar!

No solamente sentí su olor, su piel húmeda, un olor acido que erizaba y calentaba; la agarré desde atrás sintiéndole jugo a sus carnes y me le arrejunté al crujiente, una mujer compacta no muy alta que me llegaba al cuello, traía unas sandalias desde las cuales se le asomaban deditos pintados de uñas carmín, que rebobinaban moviéndose como si tocaran el piano.

“Si… un cuarto de cielo…”   repitió jalándome, suave, quieta, de las manos, con una sonrisa recordando en voz alta nuestro primer encuentro.

Su cuarto era pequeño, apenas iluminado, y en el piso de barro se amontonó la poca ropa que nos estorbaba.  Sabíamos de una columna vertebral marcada / huesuda, y de un espejo nítido que ya nos había reflejado; sabíamos de nuestros líquidos, de nuestros ritmos, de lenguas puntiagudas bajando de raíz la espalda, de cuatro piernas que se entrelazan; sabíamos de todo y de más;  y la mañana entera nos sumimos al ritmo conocido de ese vaivén de olas que afuera se escuchaba.

¿Entonces, ahora sí, dime, qué quieres saber?  Hablaba frente a mí, allí sentada en la cama, encandilándome con los pezones negros que decoraban sus tetas gordas.

Pero, si es del robo, tampoco puedo hablar mucho, porque tú sabes, las paredes hablan, así como se dice.

Fíjate que el otro día me dio curiosidad de lo que hablaban y apenitas abrí la cortina me encontré al señor Alcalde, pero créeme que no le digas a nadie porque ya ves que él es de cuidado, y pues allí estaba hablando de ese camino que le dio a un amigo, la construcción digo, y que el predial digo, mientras mi chica, una de esas morenas, una flaca bien empacadita, con unas pompitas bien puestas y unas nalguitas paradas, desde arriba lo masajeaba, como si fuera un perico de los que clavan las uñas al hombro.

Vaya chica intrépida, es lo que yo pensé, No deja de sorprenderme. Es un molinillo automático que tritura chocolate negro, es un diamante en bruto para cualquier macho, los he escuchado, Dicen que su chochita aprieta como un corazón de mano, estaba allí levantadita empinadita al cielo, algo había aprendido en ese curso de holístico al que la mandé no sé de qué chingaos más, la verdad pura mamada eso de los holísticos y eso, porque cuando llega el momento de agarrar el palo afiánzalo y ráspalo con los dientes, el puto del alcalde parecía la morsa floja que escurre leche, el empinado arcón de navidad lleno de dulces,

¿Me creerás que tenía la cosa así, casi como de pico de guajolote?

Hasta de eso se viene a enterar uno, te lo digo, de las gentes y de todo.

Esa chica es una joya de verdad, deberías probarla, llega temprano siempre, la veo tendiendo y agitando las cortinas, desde temprano golpeando la brisa, y a veces baja allá a la arena blanca, algo sueña y sufre de alguna parte, se queda quieta en la playa lenta y luego a trabajar regresa…

Oye…, se detenía viéndome de pronto: ¿Tú tienes alguien que le ponga una putiza a un hijo de puta?

Ahora compartíamos almohada. La brisa era cautelosa, de ventanas abiertas, y sus palabras parecían un caudal de esos del trópico, que nunca se detienen, y que rodean rocas o brotan por arriba de los troncos.

Si… ese hijo de puta me robo un dinero, él fue el único que sabía allí estaba, ese enamorado de la vecina que yo ya había visto…, Sobre esta misma cama yo contaba mi dinero, y lo vi pasar a mis espaldas desde la ventana, estaba regando el patio más allá del palmar, hasta pensé… “Qué raro que ande este por aquí”, pero no le di importancia hasta que desapareció el billete, y juro, juro así, decía, haciendo una cruz con sus pequeñas manos también de carmín rojo, juro así que el hijo de puta me vio contándolo, era el único que lo sabía, voy a tener que volver a juntarlo traigo mucho coraje, le quiero poner su putiza, ¡ya veré cuanto tardo en ganarlo!, pero en fin…, te digo, así pasa cuando sucede…, la verdad con esa chica que manoseo al alcalde la que tuvo ojo fui yo, en serio, te lo digo, y volvía a hacer la cruz con los labios,  Le vi las piernas de volada y los hombros y la cintura flaca y los ojos miel, y luego-luego pensé: “Ésta atrae billetes”;  así que la saqué de dar lastima en la playa vendiendo fruta con los pies calientes, acompañada de ese mocoso rubio de no más de ocho que le hizo un turista gringo, un muchachito blanquito alto con cuerpo de costeño, le dije Vente a trabajar conmigo aquí a la sala de masajes, Deja de vender esos platones de fruta que pareces ruletera y son pocos los centavos que te ganas, y aquí llega resplandeciente y lista para lo que se ofrezca a las nueve de la mañana, deberías probarla, ella hasta calienta agua para el té que compartimos, No tengo dinero para los útiles del chico, me dice a veces, y me cuenta de ese gringo cobarde al que nunca volvió a ver, creo que hasta le llamó creo que a Chicago o algo así, pero cambio la línea, yo creo, hasta que me di cuenta que era yo sola, repetía, deberías verla… está linda con sus ojos miel, deberías verla, la pequeña parece hasta indefensa recargada en ese barandal, con el mar al fondo, parece frágil esa chica, parece sufre en alguna parte, deberías probarla.

¿Oye, pero ahora dime, que quieres saber?

Tú sabes que todo lo que oyen esas escuinclas me lo trae el viento.

Lo que tú te imagines yo lo sé.

Todo.

Y se reía, y me preguntaba, y volvía a preguntar, y mostraba sobrada sus axilas rasposas y negruzcas levantadas al aire, como invitación membretada para que fuera a indagarlas.

Pero antes, en serio… –exclamaba empujándome en un entrecerrar de ala: ¿tú tienes alguien que le ponga una putiza a un hijo de puta?

 

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