blogeditor · 28 de julio de 2021
El hecho de que el racismo mexicano sea estructural no solamente implica que no hay culpables directos, también significa que no hay soluciones sencillas, mucho menos individuales. En la primera entrega de esta serie anticipé que reformar estructuras sociales requiere acciones tanto personales como políticas. En este artículo describo las responsabilidades políticas que conlleva ser blanco-mestizo en México, es decir, beneficiario de una injusta estructura social.
Es verdad que ser un mexicano de tez blanca no implica privilegios netos en automático, pero sí implica responsabilidades. Estas responsabilidades, sin embargo, están limitadas por las capacidades del individuo. Es ilógico pedirle a una persona transformar, por sí misma, toda la realidad social. Un mexicano de tez blanca no tiene la capacidad de evitar todas las injusticias que, a diario, se cometen en contra de mexicanos de tez morena. Pero que un agente no sea capaz de realizar todo el trabajo, no significa que no pueda contribuir al mismo. Reconociendo estas condiciones, la filosofía moral propone “colectivizar”.
Dado que la tarea es más de lo que se puede exigir de un individuo, “colectivizar” consiste en contribuir a la creación de un agente colectivo capaz de llevar a cabo la transformación. “Colectivizar” también puede ser transferir las responsabilidades que uno no puede desahogar a un colectivo que sí pueda hacerlo. Es decir, los beneficiarios de la injusticia estructural tienen la responsabilidad no de transformar todo el sistema con sus propios esfuerzos y recursos, sino de crear (o transferir a un colectivo ya existente) un agente colectivo que sí tenga la capacidad de transformar el sistema (Collins, 2013). Es esta “parte del costo”, lo que se espera del beneficiario. De esta manera, sin incurrir en costos desproporcionados, el beneficiario puede “hacer su parte”.
¿Cómo se ve esto en la vida real? Para evitar ser whitexican, un blanco-mestizo mexicano debe contribuir en la creación de un colectivo capaz de revertir las injusticias del racismo estructural. Ahora bien, cuando se habla de “agente colectivo”, es fácil pensar en el Estado. El Estado Mexicano tiene capacidad de incidir en la estructura social, y hay maneras viables de presionar al Estado para que actúe: cabildear por políticas públicas, protestar para demandar acciones específicas, o votar por candidatos que contemplen este tema en sus plataformas políticas. No obstante, sería sabio reconocer que, actualmente, en nuestro país el “racismo” no es prioridad. Esto es así no solo porque tragedias como la inseguridad, la pobreza, la violencia y la corrupción se roban los titulares, sino porque el movimiento antirracista mexicano apenas empieza a captar la atención de la opinión pública.
A estas alturas, es difícil encontrar un partido político o candidato que haga campaña alrededor del tema, y esto quizá se deba a que aún no es políticamente redituable hacerlo. Para llegar a ese punto hay otras estrategias para colectivizar a un nivel intermedio. Los beneficios de la injusticia estructural están usualmente focalizados en niveles más bajos que lo gubernamental. La discriminación tiene lugar en escuelas, universidades, grupos sociales y centros de trabajos; la solución puede también empezar ahí, y no necesariamente en políticas públicas.
Existen muchas organizaciones de activistas y académicos que trabajan para expandir la literalidad racial en México. Estos grupos y colectivos organizan seminarios, conferencias y talleres para explicar qué es el racismo estructural y cómo éste afecta la vida de las personas en México. Blanco-mestizos mexicanos harían bien en “colectivizar” y unirse a esfuerzos de este tipo; podrían usar su privilegio para crear espacios y plataformas para que personas racializadas compartan sus experiencias y alcancen otras audiencias. Organizaciones como COPERA, México Negro y Mano Amiga de la Costa Chica tienen programas interesantes y generan excelentes recursos antirracistas. El alcance de estas organizaciones sigue siendo local y limitado, así que involucrarse, como voluntario o patrocinador, sería una buena manera de colectivizar; pero no es la única.
El racismo mexicano está incorporado en normas sociales y actitudes cotidianas. Así que hay razón para pensar que escuelas, clubes deportivos, iglesias y centros comunitarios son lugares donde el antirracismo puede difundirse y ganar impulso. Hay blanco-mestizos trabajando en universidades y asociaciones civiles, por qué no promover proyectos de investigación que ayuden a diseminar conciencia racial. Hay blanco-mestizos produciendo y dirigiendo series, películas y producciones teatrales, por qué no garantizar que los elencos representen la diversidad cultural de nuestro país. Hay blanco-mestizos trabajando en departamentos de recursos humanos, por qué no eliminar el uso de fotografías en los curriculum para evitar la discriminación. La responsabilidad es grande, pero compartida. La tarea es titánica, pero no imposible.
Hay mucho que decir acerca de lo que el blanco-mestizo mexicano puede hacer en su vida personal para transformar la estructura, y de eso tratará la tercera entrega de esta serie. Mientras tanto, es importante notar que en todo lugar donde hay un blanco-mestizo beneficiándose de injusticia estructural, hay oportunidad para colectivizar.
* René Rejón (@RRejonP) es Politólogo por la UNAM y filósofo por accidente. Cuando tiene oportunidad da clases, y cuando tiene necesidad trabaja para organizaciones de la sociedad civil. Su tesis doctoral investiga las responsabilidades morales de los beneficiarios de la injusticia estructural en sociedades post-coloniales.