blogeditor · 16 de noviembre de 2021
Todos los documentales están cifrados en saber resolver un problema de acceso. Sin acceso no hay filmación. Y sin filmación, no hay historia qué contar. En el caso de la policía, este problema se agudiza: porque hablar con la policía es, además, peligroso. El legendario periodista Lowell Bergman alguna vez me dijo que, luego de ser corresponsal de guerra, no hay cosa más riesgosa que hacer periodismo sobre la policía. Durante años he hablado con cientos de ellos. Pero muchas veces me ha sido imposible publicar lo que me narran, pues publicar es incompatible con protegerlos como fuentes periodísticas. “Una película de policías”, disponible en Netflix, resuelve este problema complicado de una manera valiente, innovadora y artísticamente bella.
Alonso Ruizpalacios y su equipo de producción colocan en pantalla a dos actores que memorizaron el diálogo original de sus fuentes periodísticas: una pareja de policías (que son pareja en la vida sentimental y laboral). Al sustituir con la imagen y la voz de actores a la imagen y voz de los policías fuente, Ruizpalacios inventa un mecanismo idóneo para recrear las historias que sus protagonistas le narran. Esto nos permite ver cómo ella atiende un parto (porque la ambulancia nunca llega). O cómo él sobrevive una depresión profunda (a causa de divorciarse). Y cómo se enamoran, como pareja, a tal punto que sus compañeros los conocen como “la patrulla del amor”. Y es a través de ese amor que descubrimos un mundo policial que nos acerca, nos sorprende y nos conmueve. Esa herramienta narrativa permite además entregarnos imágenes memorables: un policía desnudo, dirigiendo el tránsito. O retratos de la demencia. Vemos al actor ladrando como perro debajo de la mesa, e incluso la representación visual de su propio deseo de suicidio.
Pero luego este artefacto narrativo se desmantela y se utiliza para llevarnos aún más lejos. ¿Qué pasaría si los actores policías ingresaran a la academia de policía? ¿Qué nos revelaría esto? Para averiguarlo, a media película se elimina el telón que esconde el proceso de filmación. En pantalla vemos a los actores aprenderse el diálogo de los policías, de pronto estamos en el set donde se está rodando el documental mismo. Luego, la película da un vuelco y sumerge a sus actores en el proceso que cualquier persona tendría que seguir para volverse policía: ingresar a la academia.
La película cierra con una imagen contundente, que extiende en minutos lo que es un instante del curso de formación policial. En la academia, se pide a los futuros policías saltar desde una plataforma de siete metros a la alberca olímpica. La cinematografía describe el terror que sienten. Vemos la cara de nuestra actriz policía, desolada al subir lentamente la escalera hacia la orilla de la plataforma. Sentimos el miedo que ella siente. Sentimos el frío que ella siente. Sentimos la vulnerabilidad que ella siente. Y su salto al vacío queda capturado en una toma perfecta. Y esa vulnerabilidad es real, no una metáfora visual. La “patrulla del amor” se ve desmantelada por la peor de las razones: por hacer valer el reglamento de tránsito ante una persona políticamente poderosa.
Una película de policías es una gran película porque es una representación perfecta de las asimetrías de poder en la que están inmersos quienes tienen que hacer valer la ley en México.
La policía en México está ante una encrucijada imposible. Enfrentan obstáculos insuperables. No hay manera de que tengamos paz ciudadana si no tratamos a nuestros policías con justicia y amor. Ellos nos han contado sus historias. Le toca a usted escucharlas para entender su situación. Y le toca a usted presionar a nuestro gobierno para cambiar la realidad que ellos nos narran.
* Roberto Hernández (@presuntoc) es codirector de Presunto Culpable y Duda Razonable (próximamente en Netflix).