blogeditor · 5 de abril de 2022
En un inicio no supe qué pasó; me cuestioné si alguien más había sentido lo que yo sentía, si le habría pasado a alguien, o si me lo estaba inventando. Creía que nadie lo entendería; cuando yo misma trataba de explicarlo, no sabía cómo comunicarlo. De pronto me encontré con que no sabía qué es lo que había pasado. ¿Qué pasó?
Hoy, leyendo notas, me topé con un artículo de la BBC -“No fue sanador ni catártico”: Carmen Maria Machado sobre cómo fue escribir sobre la novia que la maltrató”-. El artículo habla sobre la presentación del libro “En la casa de los sueños” (In the Dream House, 2019), en donde la autora narra sus memorias de la relación de violencia que vivió con su expareja, una mujer.
Ella, como mujer a la que le gustan otras mujeres, habla sobre algo que llama “violencia de archivo” o “silencio de archivo” cuando le preguntan: ¿Y qué papel tiene la comunidad queer en que falten esos relatos, más allá de algún testimonio judicial? ¿Cuál es esa “ansiedad de la minoría” de la que hablas y con la que lo explicas? Lo expone de la siguiente manera:
Me parece que la gente quiere mostrar una imagen de bondad uniforme y que es una presión que proviene de la homofobia, el racismo y el sexismo. Esa presión hace que, si estás luchando por tus derechos o por el reconocimiento, generes un frente universal. Y eso, creo, contribuye definitivamente a la “violencia del archivo”.
En 2021 sufrí acoso laboral por parte de un hombre gay, a quien no denuncié e incluso protegí. Desde que comenzó nuestra relación laboral me convencí de que era una fortuna trabajar con alguien que, como yo, pertenecía a la comunidad LGBTIQ+; eso, al mismo tiempo hizo que minimizara sus omisiones laborales -es decir, el hecho de que no trabajara–. Él constantemente justificaba sus pocas o nulas ganas de trabajar con que recientemente había pasado por un proceso muy fuerte, ya que había terminado una relación en la que había planes de matrimonio, al tiempo que en su trabajo anterior había pasado por violencias cruzadas por su orientación sexual.
El espacio laboral se prestaba también para la permisividad de las omisiones del que era mi jefe directo; no había rendición de cuentas, objetivos claros e, incluso, nadie nos había especificado el trabajo que teníamos asignado.
Además, la temática que veíamos entonces tenía que ver con acoso sexual y laboral que sufrían las mujeres. Yo, sumado a ser defensora de derechos humanos, tengo un compromiso que va más allá de lo profesional con la lucha para la erradicación de la violencia contra nosotras.
Lo anterior también abonó a que ignorara el acoso que yo estaba sufriendo y, en un sentido político, creía que el proyecto y la causa de la encomienda laboral podía ponerse en peligro a sabiendas que quien estaba al frente era un tipo pasivo-agresivo.
Entonces para mí no era claro, pero hoy me doy cuenta de que la violencia que ejerció contra mí dañó incluso mi desempeño, mi capacidad de escribir, de crear, de entender; todo, poco a poco lo fue minando.
Después de leer las palabras de Machado he estado reflexionando sobre eso que me pasó. Es común en los discursos que buscan desmontar una realidad negada acentuar el daño que ocasiona la violencia y su gravedad, sobre todo para que quienes no padecen esas situaciones puedan llegar a entenderlas, pero también puede pasar no reconocer que aunque seas parte de un grupo discriminado tú también ejerzas las violencias contra las que luchas.
Replicando binomios
A la pregunta que antes transcribí, la autora de “En la casa de los sueños” también dice:
Es que parece que no basta con que seamos seres humanos para merecer derechos. También debemos ser personas ejemplares. Es cínico. Hay que entender lo queer no como un estado de virtuosismo sino como una condición del ser humano que puede venir acompañado de bondad, maldad o cualquier otro rasgo.
En muchas ocasiones mi acosador se posicionó frente a mí como alguien con superioridad moral por las violencias que lo habían cruzado; a su vez, yo me sentía con la obligación de entenderlo y respetarlo por pertenecer a un grupo del que yo también formo parte. Aún así, aunque yo trataba de silenciar mis pensamientos, siempre sentí que se estaba aprovechando de mí.
En mi caso, si bien no denuncié de manera formal el acoso que viví, sí lo platiqué a personas de mayor rango al de mi acosador; esto lo hice después de haber sido orillada a renunciar por tanta violencia y, pese a la ética de las personas a quienes se los comuniqué, nadie hizo nada.
Dentro de algunos círculos sociales existe una clara narrativa de dos mundos: el mundo hetero y el mundo gay; este binomio además es de villanos y el arcoiris gay, donde todas las personas que pertenecemos a la comunidad LGBTIQ+ somos vistxs como bondadosxs.
Frente a esta narrativa, pareciera que algunas personas del mundo hetero han decidido salir a protegernos, a velar por el arcoiris. Creo que las personas a quienes les platiqué, y que contaban con todas las herramientas para hacer algo, no lo hicieron porque él es gay.
No sé si ellos sabían que yo tampoco soy una mujer heterosexual, que tengo una pareja mujer con quien quiero formar una familia, pero lo que sí sé es que eso no es importante cuando se trata de hacer justicia.
Las personas que formamos parte de la comunidad LGBTIQ+ debemos ser tratadas como seres humanos. La identidad de género o preferencia sexual no puede ser un manto de impunidad para nadie. Romantizar a las “minorías” no le suma a la igualdad, por el contrario, hace que algunas personas sintamos que debemos callarnos, que de no callarnos estaríamos dañando a la comunidad y a nuestras luchas.
Hoy sé que un hombre, sin importar su preferencia sexual, me acosó laboralmente, me violentó psicológica y emocionalmente, y que, finalmente él se recuperó a costa mía, de mi autoestima, mi desarrollo profesional y mi salud mental.
* Karen Alejandra del Valle Amezcua (@KarenDelValleA) es defensora de derechos humanos, especialista en género y políticas públicas, feminista y activista por los derechos de todas las mujeres.