blogeditor · 5 de abril de 2013
Agradezco mucho al equipo de Animal Político la invitación a participar en este espacio. Vivo en Los Angeles desde hace casi un año y medio. Con eso como pretexto inescapable escribiré aquí de las experiencias de un periodista mexicano en Estados Unidos. Me alegra, por lo demás, que mis amigos en Animal Político hayan aceptado mi propuesta original: no hablar sólo de política, ni de migración, ni de los muchos otros asuntos de la famosa “agenda bilateral”. Trataré de acercarle a los lectores todo lo que ocurre en este contradictorio, exasperante, fascinante país. Sobra tela de dónde cortar.
Comienzo con la política pública que, para mí, ilustra de manera más clara el lado más oscuro de Estados Unidos: la legislación de compra y tenencia de armas. El lector seguramente sabe que la constitución estadounidense garantiza en su segunda enmienda el derecho a la tenencia de armas para, en términos muy amplios, la defensa personal. La segunda enmienda, por supuesto, no lo pone en esos términos.
De acuerdo con la segunda enmienda, los estadounidenses pueden portar armas para formar una “milicia bien regulada”. Los constituyentes, obviamente, vivían en un mundo muy pero muy distinto al actual. Estados Unidos apenas emergía del dominio inglés y vivía amenazado por otros grandes poderes, como Francia y España, sin contar con las tribus indígenas, que mantenían una justificadísima beligerancia. En ese contexto, es comprensible que los constituyentes incluyeran la enmienda que aún ahora sirve a los fanáticos para justificar la tenencia de armas.
Para entender el calibre de la obsesión de los estadounidenses con sus armas y el poder político de quienes defienden ese derecho, hay que remitirse también a un grupo particularmente influyente en la vida pública de este país: la NRA (Asociación Nacional del Rifle) un grupo de cabildeo de influencia casi infinita en Washington. La combinación de estos factores hace de Estados Unidos un país armado hasta los dientes y, mucho peor todavía, renuente hasta el límite a modificar sus leyes y hábitos.
Cuando Adam Lanza entró a la primaria Sandy Hook hace cuatro meses y, en sólo cinco minutos, acribilló a 20 niños y seis adultos, escribí en Twitter que si un acto tan repugnante no era capaz de cambiar la dinámica del debate de la regulación de venta y tenencia de armas en Estados Unidos, nada lo conseguiría. Es muy difícil imaginar un episodio más infernal que lo que le ocurrió a los niños de Newtown. Si ese baño de sangre no conmueve, nada conmueve.
A Barack Obama, el episodio lo sacudió. Ha dicho que ese ha sido el momento más difícil de su presidencia. No lo dudo. Obama tardó poco tiempo en proponer una serie de reformas elementales y sensatas, entre ellas retomar la prohibición de venta de armas de asalto y cartuchos de alta capacidad, además de instituir una revisión exhaustiva del historial de los potenciales compradores de armas en todo el país. Nada de lo que propuso Obama resulta descabellado o infringe en sentido alguno el “espíritu” de la segunda enmienda. Aún así, y de manera previsible, la NRA prometió luchar con uñas y dientes para tirar toda la propuesta de Obama, desde el primero y hasta el último inciso.
Debo admitir que me ha sorprendido el calibre de poder que tiene esa macabra organización. Apoyándose en una agresiva campaña concentrada en los senadores y representantes claves en una potencial votación, el grupo se ha encargado de intimidar a medio mundo. Y ha tenido éxito. A pesar de que las encuestas favorecen varias de las medidas propuestas por Obama, el apoyo en el Capitolio se ha esfumado. Primero cayó derrotada la iniciativa para retomar la prohibición de armas de asalto y cartuchos de alta capacidad. Ahora, parece que también fracasará la medida – del más absoluto sentido común – que obligaría a los vendedores a revisar el historial (entre otras cosas, psiquiátrico) de los potenciales compradores. La medida es tan obvia y sensata que 85% de los estadounidenses la apoyan, de acuerdo con un sondeo reciente. Pero a la NRA no le importa en absoluto. Lo que pretende es demostrar su enorme fuerza, tirando toda la iniciativa de Obama, dándole una “lección” al presidente. Es, en el fondo, una demostración de quién manda en realidad cuando se trata de este crucial asunto. Y, a juzgar por el aparente destino de la iniciativa de Obama, el mandamás aquí no es el presidente del país sino un grupo de orates cuya respuesta a la matanza de una veintena de niños fue sugerir que los maestros de primaria debían tener acceso también a un arma. En manos de esos genios de la civilización estamos los que vivimos acá, desde donde estaré reportando con frecuencia para este Animal Político.