blogeditor · 5 de enero de 2015
Hace unos días, dos personas que se conocen desde hace muchos años se sentaron frente a frente. Él la miró a ella con sus ojos redondos y celestes como el cielo, hizo una pausa larga, respiró profundamente y le dijo: -Hay algo que tienes que saber. Yo no creo en la amistad entre el hombre y la mujer. Nunca te vi como a una amiga.
Ella le contestó que tampoco creía. Y que tampoco había sentido que él era su amigo. Ella supo que tarde o temprano ese momento llegaría. Había tratado de evitarlo, algunas veces con menos fuerza. Pero no había ensayado las palabras que iba a usar. Si lo hubiera hecho, tampoco le hubiesen salido en ese momento.
Las palabras suelen propiciar malas pasadas cuando se trata de los sentimientos. Hablaron poco tiempo, pero la conversación fue intensa. Todas lo habían sido.
Él le dijo que se sentía profundamente solo, que no encontraba con quien compartir sus sueños. Que se pasaba la vida buscando gente que los tuviera y no la encontraba.
Y que últimamente le preocupaba ver que los suyos día a día se le iban desdibujando. También le dijo que creía en ella. Que la veía grande.
Que no creía que él tuviera algo que a ella pudiera interesarle. Que le gustaba su mirada sobre las cosas de este mundo, una forma distinta a la de las personas que conocía. Ella le dijo que también creía en él.
Le pidió que cuidara ese poderoso talento que poseía como un tesoro invaluable. Que veía en él un volcán a punto de hacer erupción, esperando el momento para estallar. Que solo tenía que despegar los pies del piso unos centímetros más y emprender el vuelo.
Él le dijo que no estaba contento con la vida que había elegido. Y busca en los demás, lo que solo se encuentra en su interior.
Ella le dijo: -Todos buscamos en los otros aquello que no tenemos. Para algunos es el camino más sencillo y veloz. Pero también puede ser el más engañoso.
Después de que él y ella se animaron a la sinceridad y se escupieron todo lo que tenían guardado, volvieron a mirarse, como dos extraños.
Ahora ella se siente aliviada, pero extrañamente triste. Como si hubiera perdido algo que en realidad nunca tuvo. Y lo extraña.
Cuando la marea está brava, solo hay que fluir…
Un año más de historias queridos amigos, realizando todo aquello que logre generar un cambio positivo en la humanidad, les deseo que este año no dejen de amar, pero sobre todo, de sonreír.
Hasta la próxima. Para comenzar el año, uno de mis cortos favoritos.