bridgetjo · 11 de enero de 2012
Tengo cáncer, decía el mensaje en la Blackberry.
Lo releí seis veces. Muda. Faltaban exactamente 10 días para nuestra boda.
Yo ya estaba en La Ciudad de los Palacios afinando los últimos -e histéricos- detalles. Él seguía en el Paraíso Tropical esperando su primer día de vacaciones para viajar y decir “Acepto”.
Pero antes de que todo eso sucediera, escribió la fatídica frase que me hizo desatar tremendos lagrimones por las mejillas. Lloré como no recuerdo haber llorado antes. Un río, hasta dirían los de Maná.
Nos tomó de sorpresa. A él, a mí y a la familia que nos miraban desde el silencio. No tenía ni una lejana idea de qué, cómo ni por qué pasa. Sólo sabía que nos había tocado a nosotros.
Todo se me hizo pelotas en la cabeza y mi maldito pasaporte seguía detenido en la embajada.
Pasaron 17 horas desde que recibí el mensaje y me puse a escribir. Tenía el paquete completo: ojos hinchados, la mirada cansada y el aliento consumido. En esas 17 horas me enojé, me reí, me desesperé y volví a llorar abrazada de La Abuela que dice “por algo pasan las cosas”.
Yo, como siempre, le creo y ahora me toca descubrir esa razón.
Algo bueno, seguro, estaría por llegar.