blogeditor · 12 de julio de 2022
Por más que la violencia crece y crece, no hay respuesta social nacional que haga frente a una clase política empecinada en las mismas fórmulas: mantener vínculos con grupos criminales, militarizar la seguridad, abandonar la vía civil, negativa a perder el control político de la justicia y simular acciones mediante el populismo punitivo.
Durante el gobierno de Vicente Fox se realizaron movilizaciones sociales importantes exigiendo el fin de la violencia. Destacan la marcha zapatista y la “marcha de blanco” en las que cientos de miles de personas se manifestaban por cambios importantes. La ciudadanía parecía recobrar el ADN de la indignación y la lucha por derechos y libertades básicas. Más adelante, las violencias explotaron aún más.
El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) irrumpió como el primer movimiento ciudadano nacional que puso al centro a las víctimas. Varios colectivos de víctimas ya se encontraban organizados en el país, pero el MPJD aglutino varios esfuerzos en una agenda política nacional recorriendo el territorio nacional y los Estados Unidos, sentó a dialogar a la clase política y a los poderes del Estado.
Con el caso de Ayotzinapa, la atención social se centró en este caso que dio nuevo impulso a las demandas sociales. Desafortunadamente, estas movilizaciones se centraron en la tragedia ocurrida en Iguala y se perdió el foco de la dimensión nacional.
La llegada de Morena al poder hizo pensar a muchos sectores que habría cambios a pesar de que las señales de que nada cambiaría comenzaron antes de que López Obrador tomara el poder con el anuncio de la Guardia Nacional militarizada. El bono de confianza, sin sustento más allá de los discursos, depositado en el actual gobierno hizo, y sigue haciendo, que la articulación sea compleja.
En este entorno es que el movimiento feminista y sus protestas tomaron un gran impulso social que fue interrumpido por la pandemia y después retomado. Actualmente el movimiento feminista es uno de los que podría generar una articulación amplia. Otro que lo podría hacer y que comenzó a sugerir la necesidad de una articulación amplia es el EZLN que en diversos comunicados anunció el inicio de este proceso buscando una agenda de verdad, justicia y paz. Después esto parece haber quedado cancelado o pospuesto.
Más recientemente fueron los jesuitas y algunos liderazgos dentro de la jerarquía católica mexicana, pero su llamado ha carecido del trabajo de articulación para amalgamar una masa crítica social importante.
Algunos siguen esperanzados escuchando el canto de las sirenas y otros atemorizados por el embate presidencial o tratando de mantener un falso equilibrio. La desconfianza ha permeado. Incluso entre los colectivos de víctimas hay diferencias entre mantener o no una interlocución que solo ha logrado simular.
Toda la clase política ha quedado rebasada ante la realidad. En muchos casos son cómplices de la descomposición y del horror. En su totalidad son corresponsables de la impunidad y militarización. Pensar que la solución vendrá de quiénes pueden ser candidatos a la presidencia es de una ingenuidad brutal.
No hay alternativa más allá de una movilización social importante que exija cambios de rumbo. Evidentemente mientras más amplia la articulación se tendrá que tejer una agenda de mínimos como aquella propuesta por el zapatismo y el MPJD: verdad, justicia y paz. Yo agregaría el rescate de una democracia que está en serio riesgo.
Articular no es sencillo, pero es el único camino. Esto no es de derechas ni de izquierdas. La agenda es el respeto por la dignidad humana y la viabilidad democrática de México. Una articulación amplia es incluyente mientras los ejes mínimos se respeten. Requiere de la participación de colectivos de víctimas, organizaciones indígenas, iglesias, academia, especialistas, medios de comunicación y un largo etcétera. Sin esta articulación, el horror solo se profundizará.