Un voto a ciegas

blogeditor · 10 de mayo de 2021

Un voto a ciegas

Imagina que un día te ofrecen quitar de encima todas las complicaciones de ejercer tu derecho a votar (las largas filas, las horas de espera, el cansancio físico), a cambio simplemente de renunciar a ver y entender cómo se procesa tu voto. O sea que votar se volvería muy fácil y que la única condición para eso sería confiar ciegamente en que quien va a contar los votos va a contarlos bien y en que el resultado va a corresponderse con la decisión de las personas. Un voto cómodo y accesible, pero sin evidencia material; un ejercicio democrático simple, pero sin posibilidad de verificarse una vez entregados los resultados. ¿Aceptarías ese intercambio? ¿Cederías la transparencia por la comodidad? ¿Sacrificarías el escrutinio público por el confort de la inmediatez?

Seguramente la respuesta depende del grado de confianza en el sujeto que cuenta los votos, ¿no? Si imaginamos un ente ideal (una especie de árbitro-dios) infalible, con una eficacia absoluta, incorruptible, razonablemente muchas personas nos inclinaríamos a decir que sí y, probablemente porque sabemos no existe un ente así, algunas tendríamos la intuición de responder que no ante la realidad de nuestro sistema democrático. Pero déjame insistir un poco más: ¿y si en lugar de una persona fuera una máquina que pudiera reunir esas condiciones (ser infalible, eficaz, incorruptible)? Si el intercambio-sacrificio consistiera en confiar ciegamente en una computadora que garantiza certeza absoluta, ¿qué importaría no poder ver qué es lo que pasa ahí dentro, no es cierto?

El voto por Internet impulsado (principalmente) por el Instituto Nacional Electoral nos trae hoy esa promesa para las y los ciudadanos mexicanos que residen y votan en el extranjero. El problema es que esta promesa es tan falaz como la del dios-árbitro porque las tecnologías de voto por Internet no sólo pueden ser manipuladas, fallar y ser ineficientes, sino que además implican el riesgo de que en caso de ser manipuladas, su funcionamiento “en las sombras” fuera de la vista de las personas nos haga imposible detectar que han sido corrompidas.

El voto por Internet implica un voto a ciegas porque a diferencia de las elecciones presenciales, en las que la boleta electoral sirve como evidencia material para la verificación de los resultados electorales (para los conteos, pero también en caso de recuentos por alegaciones de fraude, por ejemplo), las elecciones “virtuales” se desarrollan en una “caja negra” carente de evidencias materiales a las que podamos recurrir en caso de exigir la verificación de los resultados: los votos por Internet son sólo datos, información procesada por un programa de computación que nadie puede ver y que depende de que el sistema funcione correctamente y no sea comprometido (o hackeado).

No exagero, el voto por Internet es inverificable porque la naturaleza del derecho a votar y de la tecnología exigen renunciar a las medidas que permitirían verificar los resultados. Como el voto debe ser secreto, las tecnologías de voto por Internet “separan” la identidad del votante del sentido de su voto (esto está bien porque garantiza la secrecía), pero al hacerlo (los votos van a una urna virtual ya separados de la identidad y no pueden ser vinculados nuevamente) ponen en juego la integridad del sufragio ya que pueden ser manipulados sin que nadie se de cuenta. Es decir que si el sistema es hackeado desde fuera o corrompido desde dentro, los votos pueden cambiarse y, como no son vinculables a los votantes de ninguna forma, es imposible verificar la correlación entre ellos.1

Incluso con el estado de la tecnología actual, el problema de este voto “a ciegas” nos lleva a una situación parecida al ejemplo inicial, donde la salida parecía necesitar de una computadora-diosa que no fuera hackeable desde afuera o manipulable desde adentro. Por esta razón (por la inexistencia de esa tecnología), desde las comunidades especializadas en las ciencias de la computación y la tecnología hasta los principales organismos de seguridad han recomendado con un amplio consenso no usar el voto por Internet; desde el MIT (Massachusetts Institute of Technology) hasta el Departamento de Estado y el FBI en los Estados Unidos de América (con énfasis especial en las últimas elecciones presidenciales).2 Nuevamente, sin exagerar, los últimos 20 años dan cuenta de innumerables experiencias internacionales donde se demostró que todos estos sistemas comparten insalvablemente esos problemas y representan un riesgo para las elecciones.3

Pero si esto es así, ¿por qué el INE nos dice categóricamente lo contrario? ¿Por qué existe un discurso que promete certeza absoluta y un sistema seguro?4 Creo que este discurso se sostiene en una relativa ignorancia de las limitaciones de las tecnologías y las experiencias internacionales al respecto, por un lado, y por una creencia exacerbada en el poder que las tecnologías tienen para resolver problemas humanos (tecnoptimismo, podríamos decir). Y tal vez el problema más grande de este discurso es que confunde la dimensión de la desconfianza en las instituciones con el de las implicaciones de las tecnologías: la advertencia sobre los riesgos del voto por Internet no responde a la pregunta de si confiamos o no en el INE, sino a la de si estamos dispuestos (si nos parece o no democrático) a sacrificar la verificabilidad y la transparencia de las elecciones por el uso de una tecnología que no nos da otra alternativa.

Como cereza del pastel, para estas elecciones tenemos que conformarnos no sólo con el hermetismo propio de la tecnología sino con otra capa de oscuridad elegida por la autoridad electoral, porque el INE decidió reservar por cinco años la información necesaria para sujetar el sistema al escrutinio público (al reservar la publicación de los informes de los hallazgos de seguridad y funcionamiento realizados por los dos entes auditores por razones de seguridad nacional). La medida atenta claramente contra los principios constitucionales de transparencia y de máxima publicidad, contra el derecho de acceso a la información y nos obliga a preguntar si el camino correcto para mejorar la democracia es uno que sólo puede recorrerse a ciegas.

@VladimirChorny1

 

 

 

1 En las elecciones presenciales este problema se resuelve a través de la tecnología del material electoral (boletas, tinta, urnas, etc.) y de la cadena de confianza que nos garantiza que una vez emitido nuestro voto, es protegido, contado y verificado en múltiples niveles (incluido el recuento).

2 Sobre el primero aquí y aquí, sobre los segundos aquí y aquí.

3 Desde R3D: Red en Defensa de los Derechos Digitales, realizamos una investigación profunda en la que demostramos los riesgos del voto por Internet a la luz de las principales experiencias internacionales, que puede consultarse aquí.

4 Al respecto ver aquí, aquí y aquí.