blogeditor · 9 de febrero de 2022
Actualmente hay una polémica entre quienes defienden las corridas de toros (y sus intereses en juego), apoyados por medios y gente afamada, y quienes las condenan con datos imprecisos a través de las redes sociales, principalmente organizaciones protectoras de animales. Yo me adhiero a esta última postura (advierto que no censuro la muerte de los toros, sino la forma como se realiza ésta y el uso del animal como objeto de diversión). La pregunta que guía este artículo es ¿cómo es el maltrato a un toro de lidia y por qué la gente se divierte con ello, si “maltratar” es tratar con crueldad, dureza y desconsideración a una persona o a un animal?
El maltrato a los toros durante una corrida se efectúa en tres “tercios” o etapas, que acontecen de la manera siguiente (ofrezco disculpas a quienes pudieran ofenderse por lo que describo a continuación):
Una vez que los toreros están en el redondel, suena el clarín para dar paso al toro. Cuando éste cruza por el túnel hacia el ruedo, el torilero le clava en los lomos un listón de colores denominado “divisa”, que identifica a la ganadería, pero se engancha en la piel del animal y lo hace sangrar y sentir dolor. Es de advertir que el toro sale a la arena nervioso, a veces entumido; en ocasiones, al intentar huir, se estrella en los burladeros y se astilla o se fractura los cuernos; otras veces salta al callejón, o durante la faena da maromas de vuelta entera, se acalambra, y después no se puede levantar, por lo que debe ser matado en ese instante.
Luego sale el matador en turno, y ejecuta algunas suertes con el capote. Su objetivo es engañar al bovino con la tela a través de vistosos requiebros estilizados para que la gente se emocione.
Posteriormente, el clarín anuncia el “primer tercio” (aclaro que la anterior fase de pinchar al toro con la divisa y capotearlo no lleva numeración), a cargo de los picadores, cuya tarea consiste en picar al toro en el lomo o morrillo una o más veces, tanto para corregir la ubicación de la puya como para aumentar la hemorragia, con el fin de deshidratarlo, mermar su condición física y facilitar la labor del torero. Antiguamente, los caballos salían al ruedo sin protección, así que era común presenciar una faena con varios jamelgos muertos con las entrañas de fuera. También hubo una época en que la que, cuando un toro no atacaba a los caballos, le echaban perros para inmovilizarlo, con reemplazo de los dañados, y después se acercaba el puntillero para herirlo en los costillares y luego rematarlo. En la actualidad, cuando un burel da señales de mansedumbre, la gente protesta para que lo cambien por uno de reserva.
El “segundo tercio” consiste en clavarle al animal en el lomo tres pares de banderillas, o sea, unos palitroques adornados con papel de China provistos de un arpón de acero de seis centímetros, para que se enganche en su piel y no se zafe; también se les llama “avivadores”, pues su objetivo es excitar al burel sin quitarle fuerza y enfurecerlo más. Al salir de la suerte, el toro muge, rebrinca y retuerce el cuello; además, la mala colocación de los palos, que durante la lidia cuelgan del cuello o de los costillares del bovino, lo obligan a cabecear para librarse del estorbo. Es de señalar que en los siglos XVIII y XIX, cuando un toro evadía esta suerte, le ponían unas banderillas denominadas “de fuego”, que al ser incrustadas en su lomo detonaban un petardo que llevaban adherido, con el fin de provocar una reacción agresiva.
Finalmente, se pasa al “tercer tercio”, que es propiamente la faena, la parte principal de la lidia o trasteo. En esta fase, el matador cambia el capote por los “trastos de matar”, es decir, la muleta (un paño rojo) y la espada o estoque, y según su estilo y conocimientos, y dependiendo de las condiciones del toro, ejecuta su faena, cuyo repertorio de suertes y desplantes es muy variado, pero usualmente limitado a tres. Si el toro acomete con bravura y prontitud a la muleta del torero, generalmente éste logra una “buena” faena.
Dado que el toro bravo es un animal que sólo ataca objetos en movimiento, puede suceder que el torero se descuide o se equivoque y sea cornado. En este caso el público se lamenta y reprueba la acción del astado.
A veces el matador aprovecha la euforia del público y la condición de extrema debilidad del toro y ejecuta algunos desplantes, para muchos de nosotros, grotescos: bota la espada y la muleta, se hinca delante del astado (inmóvil y jadeante por el esfuerzo), le toca la punta de los cuernos o la frente o testuz, y después voltea hacia el tendido en busca de aprobación. Pese a que el toro es un animal que causa temor por su fuerza y bravura, sus ojos reflejan sufrimiento, tristeza, inocencia y extrañeza infantil.
Cuando el toro ya da muestras de debilidad, el matador ejecuta la eufemísticamente llamada “suerte suprema”, que consiste en hundirle al astado la espada en el morrillo. En muchas ocasiones el torero falla en el intento (causando un lamento general), ya sea que “pinche” o que hunda sólo unos centímetros el estoque, por lo cual debe repetir la suerte una y otra vez. Cuando acierta a clavar la espada completa, al instante los ayudantes le presentan al toro alternadamente los capotes a izquierda y derecha para que éste gire el dorso y, al hacerlo, se produzca un daño interno mayor; en seguida, el toro “dobla”, o sea, se echa y vomita sangre, y es rematado por un asistente del torero, llamado “puntillero”, que le clava una puntilla en el bulbo raquídeo.
Si el toro se “amorcilla”, que es cuando, herido de muerte, hace esfuerzos para mantenerse en pie abriéndose de patas o buscando apoyo en las tablas, el torero toma otra espada, llamada “de descabellar”, y le secciona la médula con una punción atrás del testuz, para descordarlo.
Si el torero no logra matar al toro en un determinado tiempo, la autoridad ordena la devolución de éste a los corrales, donde será apuntillado. Ello le trae desprestigio al matador, quien es despedido con pitos y abucheos por la cambiante multitud que hace unos instantes lo ovacionaba.
En cambio, si la faena lo amerita y el torero acierta a matar al bovino en el primer intento, y en contravención a la Ley, que ordena respetar al animal y su cadáver, le cortan al toro una o las dos orejas y hasta el rabo y se los entregan al diestro. Mientras un tiro de mulillas arrastra al burel hacia el destazadero, el matador da la vuelta al ruedo en señal de triunfo mostrando los “trofeos”.
Después de este resumen de maltrato, crueldad e insensibilidad ancestral hacia los toros de lidia, deduzco que la gente se divierte (como antes lo hacía yo) maltratando a un animal porque no tiene compasión, es decir, un sentimiento opuesto a la crueldad, caracterizado por ternura, pena e identificación ante los males de otro, un rasgo distintivo de la gente civilizada.
Muchas conductas que en su tiempo fueron consideradas “normales”, como el sacrificio de seres humanos, la esclavitud, la discriminación en todas sus formas, la violencia contra las mujeres, la reprensión de los hijos con golpes o gritos, el trato cruel a los animales, etcétera, han sido abolidas paulatinamente gracias a la compasión y a las luchas humanitarias, y ahora son castigadas por las leyes. No cabe duda de que el primer elemento que activa la interrupción de esas conductas crueles e irracionales es la compasión.
Por lo anterior, quienes defienden el toreo deben desviar la vista de sus gustos e intereses, meditar sobre lo dicho y dejar que su conciencia les diga si es correcto divertirse de esa manera, y tal vez aflore el sentimiento de compasión, cada día más ausente en la sociedad actual.
* Miguel López Ruiz es académico del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. También es profesor de Técnicas de investigación jurídica, Redacción judicial, y Redacción normativa. Además, escribe piezas literarias.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.