Jorge Avila · 18 de marzo de 2026
El fin de semana decidí ver una miniserie en Netflix. Me encanta ese formato: se consume rápido, no hay que esperar años entre temporadas y su narrativa suele ser más contundente precisamente por su brevedad.
Disfruto especialmente las series españolas. Me gusta su forma de contar historias, el talento que aparece en pantalla y las ciudades que retratan. Suelo elegir las de suspenso porque me mantienen intrigada y son la mejor receta para un fin de semana con pocas actividades, mucha necesidad de descanso y ganas de desconectarme.
Sin embargo, la que vi este fin de semana no fue solo de suspenso. Tocaba un tema mucho más profundo que movió distintas capas de mi sentir. Aunque tiene elementos de acción más o menos creíbles, aborda una temática muy poderosa. No haré spoilers, pero extraje un par de líneas que quiero citar literalmente porque explican mejor lo que detonó en mí.
Para poner un poco de contexto: son dos mujeres profesionistas discutiendo sobre una decisión particular. Entre muchas otras palabras que se dicen en la escena, estas fueron las que más resonaron en mí:
“En su mundo, la mujer todavía es una anécdota. Yo también creía en algo, pero para permanecer hay que adaptarse; y para adaptarse hay que traicionarse”.
Cuando lo escuché me quedé fría. Pausé la serie para tomar conciencia de lo que acababa de oír. Puse play y regresé la escena varias veces.
Me conmovió profundamente. Me saltaron las lágrimas y todavía no entendía del todo por qué.
Solo sabía que me dolía.
Sabía que yo también lo había sentido más de una vez en la vida. Me pregunté entonces cómo me había traicionado en el pasado: en mis decisiones, en mis silencios, en esa culpa que después sigue carcomiendo.
Porque en el mundo en el que vivimos, como mujeres, pareciera que hay que traicionar nuestras creencias, nuestros sueños y nuestros valores para poder ser quienes somos. Que tenemos que bajar la voz para no incomodar. Que debemos mantener la cordura para no ser percibidas como “hormonales”. Que necesitamos demostrar, una y otra vez, que somos capaces y que vale la pena apostar por nosotras.
Sé que me he sentido así más veces de las que me gustaría reconocer.
Y duele profundamente.
Duele porque no es una herida del pasado. Duele porque la sigo experimentando en el presente. Porque, de una u otra manera, en el entorno sigue apareciendo esa sensación de traicionarme para conseguir un mejor salario, un puesto distinto, un lugar en la mesa “de los adultos” o simplemente para evitar un conflicto con colegas o clientes.
Entonces decides quedarte callada. Y después pasas horas taladrándote la cabeza, tratando de convencerte de que tomaste la mejor decisión. O diciéndote que la próxima vez —cuando tengas la oportunidad de expresar, educadamente, tu opinión— lo harás sin dudar.
Aunque en el fondo sabes que muchas veces no será así.
Ya nos ha pasado innumerables veces.
¿Por qué vivimos con esa tensión?
¿Será que creemos que es la única manera de sobrevivir?
¿O será la forma que aprendimos al interactuar con un sistema tan incrustado que debemos obligarnos a percibir su existencia incluso en los detalles más pequeños?
Las reglas para hombres y mujeres no son las mismas.
Los hombres tienen un lugar por el hecho de serlo.
Las mujeres deben ganarlo.
Y sin embargo, esa realidad no está escrita en piedra.
El futuro no llega abruptamente ni puede predecirse, pero sí podemos gestionar el cambio. Se construye día a día, trazando rutas que, de manera intencional y con agencia, diseñemos para que quienes vienen después de nosotras encuentren otra realidad. Una en la que no tengan que seguir luchando para salvar la vida ni justificar acciones que nunca debieron ser cuestionadas.
Y digo esto desde un lugar de máximo privilegio.
Por eso es urgente abrir conversaciones serias sobre las situaciones que viven las mujeres en distintos contextos y realidades. Creer que existe una sola manera de entender a las mujeres —con sus necesidades cotidianas y extraordinarias— es una falacia.
Las conversaciones son un primer punto de partida. Pero no son suficientes. La realidad es que el reclamo social cansa. Es especialmente desalentador cuando parece que no se avanza; que las políticas públicas son insuficientes y que muchas de las empresas diseñan normativas huecas para aparentar.
Tal como en la serie, la provocación y el cambio se gestan desde la valentía, desde tomar riesgos y edificar complicidad con otras, aunque a algunas les tome más tiempo hacerlo, otras decidan participar en la distancia y otras se involucren íntimamente.
Sé que las mujeres salimos adelante porque somos fuertes. Porque sabemos cuidar. Porque tejemos lazos de acero con los nuestros y protegemos como fieras a quienes amenazan nuestra parcela.
Pero falta muchísimo por construir.
Especialmente para tantas mujeres cuya vida cotidiana está atravesada por violencias físicas, emocionales, económicas y de muchos otros tipos. Violencias que se enfrentan todos los días porque, para muchas, para la gran mayoría, no parece haber otra opción.
¿De verdad tenemos que adaptarnos para permanecer? Me queda claro que es el camino más sencillo porque no incomoda y asegura que el status quo se mantenga inquebrantable.
Pero las mujeres no elegimos el camino fácil. Hemos roto las reglas y exigido lo que nos corresponde, de una u otra manera, con voces que gritan o miradas fulminantes que han decidido no claudicar.
Hoy, casi como tributo, quiero agradecer a todas las mujeres que me han acompañado y que me han dado lecciones aun sin saberlo. Gracias a mi mamá, a mi hermana, a mis abuelas, tías y amigas; a mis colegas, a mi sobrina adorada y a todas con las que he compartido momentos fugaces.
A las que me han salvado con una palabra gentil.
A las que me sonrieron cuando tenía un mal día.
A las que me ayudaron sin saber que lo necesitaba.
Gracias a todas.
Entonces, ¿ustedes qué piensan? ¿Debemos traicionarnos para permanecer? Honestamente, no lo creo. Lo que necesitamos es seguir construyendo una comunidad de mujeres cada vez más fuerte.
En la que hablemos cuando alguna sufra injusticias.
En la que intervengamos para detener el maltrato laboral.
En la que nos involucremos incluso cuando no hayamos vivido algo similar.
Esta comunidad necesita que nos sensibilicemos, que nos pongamos en los zapatos de la otra, que nos miremos a los ojos con verdadera intención de conectar.
Porque en ese gesto simple —mirarnos, escucharnos, acompañarnos— recordamos algo que las mujeres hemos sabido hacer desde siempre:
Cuidar, sostener y tejer comunidad.
Tejer redes que se vuelven refugio.
Tejer apoyos que crecen como bolas de nieve.
Tejer vínculos que, en lo cotidiano, se vuelven duraderos y profundos.
Y es ahí donde volvemos a redescubrir nuestra esencia:
No para quedarnos en la reflexión, sino para contribuir en la transformación del sistema para nosotras y para todas las que vienen.