Un <i>revival</i> de las cartas, por favor

Mayra Zepeda · 19 de julio de 2013

Un <i>revival</i> de las cartas, por favor

Él se arregló con esmero, igual que en la adolescencia. Cuidó detalles para verse impecable en la primera cita con la mujer prodigiosa que amaba profundamente y a la que nunca había visto. “Conoció” a Fátima por internet. En uno de sus días de soledad, prendió la computadora, abrió su correo electrónico y ahí estaban, mágicamente, sus palabras, invitándolo a conocerla.

Solo, a sus 50 años, la posibilidad de conocer a una mujer por internet se le antojó un disparate, pero aceptó. Comenzaron a compartirse por mail todo lo importante para ellos: relaciones pasadas; apreciaciones sobre cine, música y libros; temas políticos (rara vez, porque ella era lopezobradorista y él…simplemente no creía en el sistema de partidos mexicano); obsesiones, mentiras…

Sin haberse visto y sólo a través de sus palabras, se enamoraron. Como no podían (ni querían, rara la cosa) brincar a las relaciones del mundo real, acordaron que todos los días tendrían una cita virtual a las 6 de la tarde en cualquier parte del mundo: París, México, España… Comerían, irían al cine, organizarían un picnic y harían el amor como cualquier pareja, con la única diferencia de que ellos lo harían sólo con la imaginación.

Pero a veces la imaginación no es suficiente.

Él se arregló con esmero, igual que en la adolescencia. Cuidó detalles para verse impecable en la primera cita con la mujer prodigiosa que amaba profundamente y a la que nunca había visto. Quedaron de verse en un café. Tres tazas de té negro, un pastel de chocolate y dos horas después, él siguió esperando.

Fátima nunca llegó.

(Historia de El amor intangible del escritor mexicano René Avilés Fabila)

*

Ésta es una historia distinta. O ni tanto, quién sabe.

Se conocieron por Facebook. Él la agregó y ella, después de examinar su perfil y sus fotos disponibles, lo aceptó. No parecía un tipo peligroso y, además, compartían un contacto, una amiga de la universidad. Al principio los saludos fueron parcos y fríos, inseguros, esos que se utilizan para salir del paso cuando se está incómodo frente al otro. Después de un tiempito, este par encontró su común denominador: la música.

Sin conocerse personalmente, ya podían pasar horas frente a la computadora hablando de música, de sí mismos, de todo. Su Facebook se convirtió en una especie de FaceTube. ¿Alguna novedad musical? Él se la compartía y ella se la regresaba con otra, elegida con cuidado.

No sabe cuántos meses pasaron, pero de pronto se dio cuenta que, mientras hacía home office se escribía con #Aquel, mínimo, unas cinco horas diarias. ¿El signo inequívoco de que se está enamorado? La cara de imbécil. La sonrisa perpetua. Los ojos brillantes. No es broma, uno puede enamorarse a través de las palabras y la música sin necesidad de contacto físico.

Un día decidieron conocerse. Sus respectivos trabajos favorecieron el encuentro. Ella recuerda con claridad lo nerviosa que se levantó, se planchó el cabello (por dios, nunca se peina), se entaconó (sus mejores amigos son los flats)… esa sensación de estómago revuelto como cuando era pequeña y los Reyes Magos ya habían llegado a casa y colocado los juguetes en la sala. Así.

Caminó hacia el restaurante y ahí estaba #Aquel, en la entrada, muy trajeado, peinado, con la barba negrísima y perfecta, unas pestañas de campeonato. Se sonrieron.

Durante el desayuno (en el que estuvieron presentes los jefes de ambos), el coqueteo fue eterno.

En cuanto se conocieron en la “vida real” las cosas cambiaron. Empezaron a salir con cierta frecuencia, besos, abrazos, risas…Ella se enamoró también fuera de la pantalla de la computadora, pero él no le correspondió.

Dejaron de escribirse.

Hoy, prácticamente nadie se escribe más que unas líneas en Whatsapp, 140 caracteres en Twitter o un saludito en Facebook. Ya ni un correo electrónico extenso, como esos que se mandaban los personajes de la novela de René Avilés Fabila. No se escriben porque no es necesario gracias a la inmediatez que proporciona la tecnología y lo sencillo que es quedar con alguien e ir por un café o una cerveza y hablar por horas.

Hueva tomar una pluma (pronto olvidaremos cómo agarrarla, seguro), buscar un cuaderno y sentarse a escribir una carta. Triple hueva si esa carta la tenemos que llevar al correo y enviarla. Hueva pagar porque llegue al destinatario, ¿no?

Pues NO.

Ella se dio cuenta de la importancia y la potencia de una carta hace mucho tiempo, cuando tenía 18 años. A su primer novio se le ocurrió una idea: “hagamos una historia de nosotros en diez años, que cada quién escriba lo que imagina y nos entregamos las cartas después” (búrlense, búrlense).

Ella no recuerda de cuántas páginas fue la carta que escribió, pero sabe que fue muy extensa. Muy. Desde pequeña supo que le gustaba escribir (hacía sus cuentos y sus novelitas cortas a temprana edad, hoy extraviadas en algún rincón de la casa materna), por lo que ese día no paró hasta que el resultado la convenció totalmente.

No guarda copia de esa carta (de esa ni de ninguna de las que ha escrito, ¿para qué si no tiene pretensiones de que las publiquen para la posteridad, a quién le importa? Vale madres), pero sabe que cumplió con el objetivo de conmover al novio.

Se entregaron las cartas. Al día siguiente, él llegó con un hermosísimo ramo de tulipanes naranjas a la escuela, la abrazó muy fuerte y le agradeció por tan bella historia. Le contó que al terminar de leerla se volvió loco y tuvo que salir por un ramo de flores al mercado de San Ángel-Revolución en la noche.

Ay esos impulsos del amor…

Ocho años después, ella fue la que sintió unos impulsos parecidos (no por él, sino por otro hombre, porque el tiempo pasa y los amores cambian).

Intentaba dormir, pero la ansiedad no la dejaba. Se empezó a poner muy nerviosa. Prendió la luz de su habitación, buscó una pluma como loca, una que pintara bien, no como las que suele cargar en el bolso; buscó una hoja y no encontró nada. Se desesperó. Tenía que escribir. Corrección. Tenía que escribirle.

En un segundo supo que quería escribirle una carta y enviársela hasta Colombia. En otro segundo vio una libreta muy bonita que había comprado para ella y decidió que sería para él.

Con las muñecas y los dedos oxidados, ella comenzó a escribirle una carta sobre la casualidad, sobre el 1 de marzo, el día en que se conocieron, sobre cómo en un minuto decidió ir al bar donde más tarde se encontrarían. Y le hizo una propuesta: “que esta libreta viaje de México a Colombia y de Colombia a México”.

Quiso embellecer las hojas llenas de historia escrita con patas de araña (su letra es verdaderamente espantosa), por lo que se pintó los labios de rojo, besó la última hoja y la firmó. En serio lo hizo. Cursi, como si fuera de otra época.

Al día siguiente llevó la libreta a una oficina de correos para enviarla a Colombia. La espera fue un suplicio lleno de emoción. El paquete tardaría un mes en llegar a Cali, ¡un mes!

Con una clave que el Servicio Postal Mexicano (Sepomex) te proporciona puedes rastrear por dónde diablos va tu paquete. No saben cuántas veces ella maldijo a Sepomex porque creyó que le habían perdido su preciada libreta.

Se asustó cuando vio que el último registro del paquete se había realizado desde Bogotá. Según sus cálculos, su libreta llevaba más de diez días en la capital colombiana y todavía tardaría otros más en llegar a Cali.

Sepomex no perdió su paquete. La libreta llegó a su destino, a las manos y a los ojos que debían abrirla y leerla.

Pero la libreta nunca regresó a México. No, no la perdió el servicio postal colombiano.

Él nunca la envió de vuelta.

libreta