blogeditor · 12 de marzo de 2021
“¿Eso es lo que quieren? ¿Eso es lo que quieren?”.
Diputada Cynthia López Castro, promocionando productos cannábicos.
Una legislación que, entre otras cosas, solo eleva la tolerancia al gramaje de mariguana permitido para su transportación individual y que pretende regular —mediante la concesión de improbables permisos— el cultivo doméstico y el derecho al autoconsumo, es en realidad una legislación paranoide y sobre-reguladora, llena de miedos e inseguridades y, por sobre todo ello, carente de sentido común al buscar vigilar (y en muchísimas de sus aristas, vigilar de más) todo aquello que debería liberar.
Esto quiere decir que en nuestro país la “canción” de la legalización es mala, pero -como dicen los personajes de 31 minutos- “es mía”. Con todo y sus incongruencias y debilidades es la que tenemos y sobre ella habrá que avanzar para generar una genuina ley despenalizadora. Ya es un avance percibir que la discusión a nivel público se ha asentado y que esta coyuntura rarísima que vivimos es particularmente oportuna, para luego de darle vueltas y vueltas, y finalmente llegar al momento en el que personas como la diputada por el PRI Cynthia López se aterrorizen al suponer que, una vez modificada en lo sustancial por el Senado, la legalización empujará a millones de mexicanos mayores de edad a llenar las tiendas para arrebatarse productos de mariguana, que consumirán ahí mismo mientras se rasgan las ropas e inician fogatas en las calles.
En el largo juego de ping-pong en que la regulación se ha convertido, resta nuevamente a los senadores recibir la bola y modificar lo necesario para que, antes del treinta de abril, tal como lo ha mandado la Suprema Corte, finalmente se apruebe conceder la libertad necesaria para que usuarios y productores en este país puedan (podamos) salir de la clandestinidad a que ha obligado un marco legislativo que cada día se percibe más rancio y ejercer la libertad que, simplemente, merecemos. El Senado tendrá que enfrentarse tarde o temprano al concepto profundo que encierra ese derecho —que les debe sonar rarísimo— al libre desarrollo de la personalidad y liberar sin más enredos todas las vertientes que implican la producción y consumo de mariguana en el país. Ha de llegar el día en que la naciente industria cannábica mexicana se equipare en éxito y creatividad a la del tabaco o el alcohol, poderosos negocios legales asentados en estas tierras, donde ya estuvo suave de que la cucaracha ya no pueda caminar.
Y bien, más allá, ojalá algún día se encuentre a la venta el panqué ese de chocolate con quinientos cincuenta miligramos de concentrado de THC, que con solo tres mordidas lo manda a uno de viaje cuatro días. Suena increíble.