blogeditor · 1 de mayo de 2020
La 4T ha muerto. La causa de defunción fue el colapso económico que trajo el COVID-19, que terminó de cancelar la posibilidad del mínimo crecimiento económico que necesitaba para sobrevivir —ya no se diga estar a la altura— de las enormes expectativas que había creado para sí misma. Frente a la crisis, un proyecto menos ambicioso podría haberse refugiado en la inercia, revertir a la mediocridad y salvar lo que se pudiera, pero la meta de la 4T era totalizadora desde el principio; cualquier otro resultado que cambiar de manera fundamental la realidad nacional conforme a los postulados del candidato López Obrador sería un fracaso. Y bueno, con menos de un tercio del sexenio recorrido, la realidad nacional cambió ya de manera fundamental… pero el cambio que ocurrió no fue, por decirlo de alguna forma, el que se había propuesto.
No hay un solo indicador que tenga una perspectiva menos que desastrosa. Y aunque es posible que no se cumplan los peores pronósticos, el hecho simple es que la 4T necesitaba, bueno, de un escenario diametralmente opuesto para salir avante. Sus estrategas lo tenían relativamente claro desde el principio: incluso en el mejor escenario, esperaban una resistencia feroz a su proyecto frente a la que tenían pocas armas y aún menos margen de error. Los llevados y traídos 30 millones de votos, se sabía, proveían una contención mínima frente a los poderes fácticos económicos y políticos, reales e imaginarios, que pululan en el país además de las decenas de miles de burócratas, irremplazables en el corto plazo, pero de lealtades sospechosas con los que tendrían que trabajar. Y eso por no mencionar al crimen organizado, las veleidades de la Administración Trump y de los mercados internacionales, además de la larga letanía de problemas de política pública que no se han resuelto en décadas.
La 4T se entendía y actuaba bajo asedio desde la transición. Mientras las páginas de opinión se llenaban de loas frente al aplastante poder de los nuevos líderes nacionales, el presidente y sus acólitos más fieles no dejaban pasar la más mínima crítica ni toleraban la más mínima amenaza. En lugar de la magnanimidad del poderoso que se sabe seguro en su camino, exhibían la ansiedad del que se sabe permanentemente al borde del abismo. Bien visto, en lugar de una marcha triunfal hacia un nuevo futuro, la 4T nació, vivió y, eventualmente, murió, como una causa heroica y desesperada.
Y es que la única forma de que la 4T sobreviviera era ejecutando una estrategia extraordinariamente compleja. Por un lado, debía proveer a su coalición de suficientes oportunidades para acrecentar su poder—cediendo espacios a nivel local y federal, encumbrando liderazgos que habían sido enemigos históricos. Por el otro lado, debía cultivar una clase empresarial afín por la vía de la estabilidad y el crecimiento económico, manteniendo a raya la tentación de incrementar la carga fiscal y otorgando recursos y contratos a empresarios seleccionados. Y encima de todo esto, debía obtener suficientes ingresos para sostener y ampliar los programas sociales que heredó. Sobra decir que, incluso en las mejores circunstancias, mantener el balance entre estas tres agendas resultaba extraordinariamente complicado —y, de hecho, hubo pifias extraordinarias. Sobra decir también que la pandemia global es, casi por definición, una de las peores circunstancias.
A la 4T le sobreviven el gobierno federal, la abigarrada y frágil coalición de liderazgos que operaron su victoria electoral y controlan el Congreso y, quizá, muchos de los millones de personas que por entusiasmo o hartazgo apostaron por ella. Le sobrevive también un partido oficial sin gobernanza mínima, un puñado de gobernadores que se balancean entre la lealtad al presidente y el enfrentamiento soterrado o abierto con sus subordinados, así como una oposición partidista sumida en el desconcierto y la producción de memes. Y finalmente, lo más importante, le sobreviven decenas de millones de mexicanos que desde hace algunas décadas se las arreglan como mejor pueden diariamente, gracias a o, más comúnmente, a pesar de la acción del Estado.
No se debe pasar por alto que el presidente y los líderes que le son afines se mantienen firmes en rescatar lo que se pueda de la 4T y probablemente lo consigan. A pesar de la grandiosidad de su discurso, la 4T se había propuesto muy poco en concreto: una refinería, un aeropuerto, un tren, el adelgazamiento de la burocracia federal, el superávit fiscal… todo lo cual es asequible, incluso con la pandemia, aunque el superávit y el adelgazamiento probablemente tendrán un costo tremendo para la economía nacional. Cuentan, además, con la inercia de un sistema político que aún no encuentra una alternativa real al liderazgo presidencial, una multitud de liderazgos opositores políticamente flexibles y, por el momento al menos, con voceros feroces y en algunos casos bastante articulados.
Aunque la pandemia galvanice y cree oportunidades para sus enemigos, el presidente lleva—aún—mano. Y eso debe bastar: ha bastado en otros sexenios, hasta que deja de ser suficiente, por supuesto. La 4T ha muerto. Larga vida a la 4T.