Un nuevo planeta tierra

blogeditor · 30 de septiembre de 2014

Un nuevo planeta tierra

Martin L. Weitzman (Nueva York, 1942) es profesor de economía en la Universidad de Harvard y también lo ha sido en el MIT y Yale. Es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias. De manera constante publica sus trabajos en revistas especializadas de economía.

En la actualidad centra sus investigaciones en la economía del medio ambiente, incluido el cambio climático, la economía de las catástrofes, el análisis de costo-beneficio, la contabilidad verde, y la comparación de instrumentos alternativos para controlar la contaminación.

En uno de sus últimos artículos, “El planeta de la geoingeniería”, publicado en In one hundred years: leading economists predict the future, editado por Ignacio Palacios-Huerta, Massachusetts Institute of Technology, 2013, plantea su postura en relación a lo que llama la geoingeniería que, por un lado, da cuenta de las alteraciones a gran escala que se han hecho en el planeta y , de otro, propone las acciones que se deben hacer para mitigar los problemas que causa el problema del cambio climático en los próximos 100 años. A continuación ofrezco una síntesis del mismo.[1]

El puente genuino entre el hoy y el próximo siglo es, sin duda, es el cambio climático. A menos que en el futuro se descubre una innovación tecnológica, todavía no conocida, que haga posible la generación de energía a partir de un proceso menos caro resulta difícil imaginar un acuerdo internacional que consiga reducir las emisiones de carbono.

La tentación de las naciones en vías de desarrollo por alcanzar los niveles de las economías avanzadas los hará priorizar la efectividad de la energía fósil, desinteresándose por la investigación en fuentes alternativas.

Algunos científicos argumentan que la era geológica en que nos encontramos amerita un nuevo nombre: el Antropoceno. La idea básica es que hemos llegado a un punto en la historia geológica en que el hombre es protagonista, el dominante, el que genera cambios en el sistema natural de la tierra en un nivel solo equiparable a las eras de hielo. Nuestra huella en el planeta es enorme. En toda la historia ninguna otra especie ha dominado la tierra como lo ha hecho el homo sapiens.

Existe la posibilidad, quizá la inevitabilidad, del cambio climático inducido a causa del comportamiento humano. A la gente puede tomarle mucho tiempo aceptar que el fenómeno de la acumulación de gases de invernadero sea tan poderoso. Esto motivado por la combustión masiva de fósiles y que los humanos emitimos dióxido de carbono en una proporción sin precedente.

Conocemos los niveles históricos del planeta a través de la medición de burbujas atrapadas en capas inferiores de hielo antártico. En la actualidad y de continuar generando tal emisión de contaminantes, superaremos por mucho el nivel máximo alguna vez registrado en el planeta desde hace millones de años. Donde vamos a estar a un siglo de distancia dependen de muchos factores inciertos, pero será catastrófico si no se hace nada contra la contaminación.

Desde los estándares geológicos, los cambios por el efecto invernadero suceden a gran velocidad. Siendo geológicamente instantáneos, lo que pasará a continuación es incierto e involucra catástrofes de gran impacto. Sin embargo, para el estándar de la vida humana, estos cambios son increíblemente lentos, por lo que sus consecuencias nos parecen extremadamente remotas. Los humanos muestran una paciencia limitada en cuanto a la percepción de posibles catástrofes desarrollándose lentamente.

Es justo decir que desde nuestra realidad, el impacto general del cambio climático es todavía mínimo. El fenómeno no ha tenido impacto en la vida de una persona promedio. Se pide a la gente hacer sacrificios en el presente en nombre de algo que para ellos es hipotético, con resultados inciertos. Se ve como una verdadera amenaza sólo en el futuro remoto. Quizás civilizaciones venideras lidiarán con esas amenazas, pero por lo pronto, nosotros no.

Con el cambio climático todos nuestros huevos están en una canasta, y no hay forma de diversificar el macroriesgo. Es posible reventar al planeta con suficiente concentración de contaminantes, ¿pero cuánto es suficiente para detonar las terribles consecuencias? No podemos controlar los resultados catastróficos, el daño está hecho. Nuestra mejor apuesta es controlar la probabilidad de los efectos controlando la emisión de gases de invernadero. El núcleo del problema es que, de continuar emitiendo GEI (Gases de Efecto Invernadero) estaremos fuera del rango para cualquier experiencia geológica y humana que nos permita tener referente de las consecuencias del desatarse.

La ciencia y economía del cambio climático consisten en una larga cadena de interferencias e incertidumbre en cada eslabón. Empezando por el desconocimiento sobre la emisión de gases. No sabemos qué políticas adoptará el planeta ni si sus efectos reducirán la contaminación. El resultado de esta cascada de incertidumbre representa un espectro de largo alcance a eventos que no podemos anticipar.

Un componente importante de la estrategia óptima para atender el problema sería “esperar a ver”. Si fuéramos capaces de revertir los efectos, una de las mejores políticas sería esperar a aprender qué tan probable es la destrucción del planeta. Seguida por correcciones incrementales para evitar el peor escenario. Desafortunadamente el cambio climático es un fenómeno que acumula distintas inercias y procesos simultáneos. El tiempo que requerimos para aprender y resolver es el mismo que reduce el margen para revertirlo.

Cabe reiterar que la gente ignora el problema por lo ajeno e improbable que para su vida es el cambio climático. Muchos de los países subdesarrollados sufrirán las peores catástrofes dada su incapacidad para prevenirlas. Entrever una voluntad internacional que implique verificación y penalización en el incumplimiento de los acuerdos ambientales es mera especulación. La única predicción que con seguridad garantice una respuesta conjunta es cuando ésta sea muy tarde. No hasta que una inminente amenaza atemorice a la población y obligue a sus gobiernos a actuar en consecuencia.

El término geoingeniería refleja la importancia del hombre para el periodo Antropoceno. Representa las alteraciones a gran escala que hemos hecho en el planeta. Pero también implica las acciones con las que debemos intentar mitigar el problema del cambio climático. El calentamiento global es una obra de geoingeniería, y sus soluciones son parte del mismo calibre ya que requeriríamos convertir amplias zonas del planeta en granjas solares, parques eólicos y naves industriales para almacenar carbón; con sus correspondientes consecuencias para el ambiente. Los vastos proyectos de geoingeniería continuarán expandiéndose si China, India y otras naciones en desarrollo buscan elevar sus estándares de vida así como el número de su población.

El impacto de nuestra huella de carbono en el planeta es un hecho incuestionable. El hombre y la naturaleza están tan relacionados que no pueden considerarse entidades separadas. La lógica en la fusión de ambos agentes ya no responde a los humanos preservando la naturaleza, sino más bien coevolucionando con ella.

La Academia Nacional de Ciencias definió la geoingeniería como: “opciones que involucran ingeniería a gran escala en nuestro ambiente para combatir o revertir los efectos del cambio químico en nuestra atmósfera”. Por ahora se plantea solo una salida rápida al problema del aumento de temperatura. Esta forma de geoingeniería crearía una pantalla solar al disparar partículas reflejantes hacia la estratósfera, bloqueando una pequeña pero significativa fracción de la radiación solar.

Una pantalla de protección solar introduce un sinnúmero de dificultades, peligros y dilemas. Casi nadie está avocándose a considerar el proyecto como la primera línea de defensa contra el cambio climático. Pero puede encontrar cabida como medida de emergencia a un portafolio completo de opciones para lidiar con el problema.

Por sí mismo el planeta genera una pantalla solar cada vez que una erupción volcánica es suficientemente poderosa para enviar dióxido de azufre a la estratósfera. Las partículas aerolizadas reflejan durante meses la luz del sol, logrando reducir la temperatura en la superficie casi inmediatamente. La última vez que esto ocurrió fue con la erupción del monte Pinatubo en 1991, cuya reducción de la temperatura en la tierra fue de 0.5º Celsius durante el año siguiente.

Desde hace años la comunidad científica estudia la posibilidad de responder al calentamiento global con esta pantalla artificial. En contra de la propuesta de la pantalla solar se esgrimen argumentos sobre los efectos colaterales. El primero de ellos es la continua presencia del dióxido de carbono. Aunque se reduzcan algunos de sus efectos, el problema sigue ahí. El siguiente argumento en contra es la acidificación de los océanos que ocurriría a continuación. Sería el exterminio total de ecosistemas marinos si el enfriamiento de la superficie no se acompaña por una reducción en la emisión de contaminantes. Por último vendría la incertidumbre ante el impacto global ya que una acción así tendría consecuencias aun en las regiones más alejadas de la zona cubierta.

El eje de la discusión no es tanto revisar los pros y contras de una medida global a gran escala, sino evidenciar el desequilibrio entre la pasividad de no resolver el problema y esperar que el costo nos alcance, o comenzar a investigar alternativas que mitiguen el impacto de fenómenos devastadores en el futuro. Sin un debido conocimiento en la aplicación de medidas como la pantalla solar, la acción unilateral de cualquier país podría provocar un enorme mal a otras naciones.

Los costos de una tecnología libre de carbón parecen elevados, y la extraordinaria voluntad internacional requerida para la cooperación no existe, no todavía. La amenaza del cambio climático es remota, por no decir hipotética, para millones de personas. El mundo no hará ningún esfuerzo genuino hasta no percibir con claridad el colapso al que nos dirigimos.

Tan pronto como el mundo reconozca la idea de la pantalla solar como la mejor de nuestras opciones actuales, estaremos mejor preparados para enfrentar las consecuencias. Reuniones preliminares entre dignatarios y organizaciones internacionales deben llevarse a cabo lo antes posible. Lo que de estos encuentros resulte debe ser un sistema de reglas y regulaciones a la comunidad internacional para determinar cuándo y cómo implementarla.

Conforme se publique la investigación al respecto es probable que la gente sepa de lo barato que resulta disparar partículas al cielo, quizá demandado a sus gobiernos lanzar una acción unilateral para proteger sus intereses. Pero el autor del capítulo confía que la discusión abierta entre naciones dote de legitimidad y priorice las medidas de reducción a la emisión de contaminantes fósiles.

La tensión entre humanidad y naturaleza que caracteriza al periodo Antropoceno continuará ensanchándose hacia proporciones épicas para inicios del siglo XXII. En el futuro no habrá alusiones sobre humanos “preservando” la naturaleza. El verdadero tema que involucre a los humanos será coevolucionar en su propia visión antropogénica junto con una naturaleza por siempre alterada.

Sólo cuando la persona promedio sienta como amenaza inmediata su integridad, así como una prolongada recesión económica, es cuando acciones contundentes serán contempladas. Para ese entones, quizá sea demasiado tarde para llevar a cabo remedios efectivos. En cualquier evento, la imposición unilateral de un país por protegerse con una pantalla solar será una presión intolerable para muchos países.

No estamos seguros de contar con el desarrollo de tecnología renovable y limpia, o de algún rescate milagroso que nos evite la catástrofe. Esperando que nunca pase lo peor, ¿no es lo prudente cabildear para lo mejor y planear para lo peor? Las externalidades que pesan sobre la comunidad internacional tienen mucho en que ocuparse durante el próximo siglo.

 

@RubenAguilar

 

 

[1] La traducción del artículo original es de Rodrigo Islas Mariaüd.