blogeditor · 5 de enero de 2021
A unos diez minutos de mi universidad, en una zona sumamente transitada, hay un mural que estoy segura de que muchos de ustedes han visto. Es un mural con una Menorah (signo del Pueblo Judío), con encima una mano sosteniendo una svástika y la inscripción “Salmos para Medio Oriente”. Al reportarlo con las autoridades de mi comunidad, me contaron que llevan luchando porque se quite desde el 2002, pero que las autoridades de la delegación se niegan porque es un “patrimonio de la colonia”. “Patrimonio” un monumento que romantiza y alaba el exterminio de mi pueblo, y el peor genocidio de la historia, en el que parte de mi familia fue asesinada. “Patrimonio” un monumento que promueve prejuicios y mentiras. “Patrimonio” que estoy segura de que muchos de mis compañeros han visto de camino al ITAM, y que ni siquiera les ha hecho ruido. Hoy me despierto en un mundo que se parece al de tantos años atrás para mi pueblo. Yo soy judía y hoy, igual que siempre, el antisemitismo se esconde de los ojos de tantos detrás de prejuicios, mentiras e incluso de luchas sociales. Esto me duele y me asusta en lo más profundo de mi ser. Quisiera explicar por qué, pero antes, quisiera esclarecer algunos conceptos.
En primer lugar: qué es ser judío. Aunque algunos asocian al judaísmo directamente con una religión, tantos más que lo conforman lo asocian con una identidad cultural. El judío es parte de un pueblo, o una nación si se quiere, el pueblo de Israel. No es raro conocer a un judío que se reconoce a sí mismo como tal, que se identifica fervientemente con su judaísmo, pero al mismo tiempo se llama a sí mismo ateo. La religión judía se asocia directamente con el Pueblo de Israel por razones históricas: al no ser una religión proselitista, no se ha esparcido a otros pueblos. Una persona es judía antes por su identidad cultural que por su religiosidad.
Dicho esto, como cualquier nación tenemos un arraigo a una tierra. Independientemente de otros pueblos, el pueblo judío es nativo de la Tierra de Israel, antes llamada Judea. Y si bien fuimos expulsados de nuestra tierra por los romanos por última vez hace casi 2000 años –aunque siempre se mantuvo la presencia judía en Israel–, la añoranza por el retorno a ella se ha mantenido viva hasta hoy, y está presente en todos los ámbitos de nuestra cultura. Cabe recalcar que, en todas partes del mundo, excepto hoy en Israel, los judíos son una minoría pequeñísima, con todo lo que ser minoría implica. Y, no hay que olvidar, el judío también es minoría en Medio Oriente.
En segundo lugar: qué es el antisemitismo. El antisemitismo es el odio sistemático hacia los judíos. Y es viejo. A lo largo de la historia, el antisemitismo se ha constituido de la misma forma. Está basado en mentiras que están tan internalizadas por la sociedad que no se ponen en duda: “los judíos matan niños cristianos y hacen pan con su sangre” y “los judíos causaron la peste negra” son clásicos de la época medieval; la imagen del “judío usurero” del medievo se tradujo al “los judíos quieren dominar el mundo” de la Alemania nazi. Por más ridículos que suenen estos prejuicios, el antisemitismo de hoy descansa en mentiras similares, si no es que iguales, que están internalizadas profundamente por la sociedad.
Con la ayuda de los medios, las personas hoy perciben a los judíos como un pueblo poderoso. Los judíos que dominan el mundo. Los judíos dueños de Wallstreet, de Hollywood, de los medios de comunicación. Los judíos son blancos, con todos sus privilegios. ¿Cómo un pueblo tan poderoso puede ser víctima de crímenes de odio? Estas mentiras son las que causan que personas que luchan por la justicia social, que hacen activismo político en sus redes sociales, no compartan nada cuando hay un tiroteo en una sinagoga en San Diego, cuando un judío es apedreado en las calles de París, cuando un niño es acuchillado en Jerusalén, o cuando una población civil es bombardeada de misiles por meses enteros en Israel. Estas personas no son hipotéticas. Son amigos míos, que conozco, que ven lo que yo comparto en mis redes, pero nunca dicen nada. Ya ninguno de ellos habla del Holocausto, si no es para empoderar y compararlo con sus propias causas sociales.
Pues sí, como los judíos son un pueblo tan poderoso, es progresista estar del otro lado. Este es el riesgo de la noción de que no existe el racismo inverso: como a los judíos se les asocia (equivocadamente) con el poder, con la riqueza y con la raza blanca, no pueden ser sujetos de crímenes de odio. La noción de que no existe el racismo inverso elimina toda posibilidad de tomar en cuenta contextos sociales, culturales e históricos variados para problemas de justicia social. Y este mismo es el origen de la cara más común del antisemitismo de hoy: el antisionismo.
El antisionismo no es estar en contra de acciones tomadas por gobiernos de Israel, sino negar el derecho de un pueblo a la tierra de la que es nativo. Se puede ser sionista y estar en contra del gobierno de Netanyahu, o a favor de la solución de dos Estados para dos pueblos o de los derechos de los palestinos. Yo estoy en contra del gobierno de Trump: no significa que esté en contra de la existencia de Estados Unidos como país. Sin embargo, esto no se refleja en Israel. Pues la negación de nuestro derecho a una tierra se justifica y escuda detrás de acciones de determinados gobiernos, o de mentiras de acciones del Estado de Israel.
Las mismas mentiras de nuestro poderío como pueblo causan que personas lectoras y luchadores sociales no pongan en duda a sus medios de comunicación favoritos cuando hablan sobre Israel; que tengan la arrogancia de presumir que entienden perfectamente el conflicto palestino-israelí y árabe-israelí sin conocer su historia; que piensen que es tan fácil la resolución de un conflicto como este sin entender su trasfondo cultural y religioso; y que se crean aún más mentiras sobre el Pueblo Judío. Es lo que causa que un activista del movimiento BDS (el movimiento anti-Israel predominante en el mundo occidental) que conocí en el 2018 no supiera siquiera que hay ciudadanos israelís que también son árabes, cristianos, musulmanes, o drusos, o bahai; que no haya sabido que la Lista Árabe era la tercera fuerza en el Parlamento Israelí en ese momento; y que esas mismas personas recluten en su movimiento a miles de estudiantes universitarios en todo Estados Unidos y en Europa con información equivocada, que ni siquiera se pone en duda. Pues si Israel es tan poderoso, ¿cómo poner en duda siquiera que es un pueblo opresor? ¿Buscar fuentes primarias cuando se lee algo en los medios?, ¿visitar Israel para ver los hechos con mis ojos? ¿Para qué?
Así que, rompamos mitos. En primer lugar, no todos los judíos son blancos, y ninguno originariamente lo fue. Hay judíos negros, hay judíos árabes, hay judíos morenos y asiáticos y sí, también hay judíos blancos. Mi tez se podrá ver blanca, pero la mitad de mi familia tiene la tez morena de Siria, de Líbano y de Túnez. Y sí, si bien algunos judíos disfrutan de los privilegios de los blancos –como yo lo hago–, no todos lo hacen. Y aunque así lo fuera, no elimina la posibilidad de que seamos sujetos de discriminación y crímenes de odio por nuestra identidad y/o religión.
Las mentiras de que los judíos somos “blancos poderosos que dominan al mundo” han permitido que el antisemitismo (o antisionismo) se escude detrás de los movimientos sociales más resonados, y que los judíos quedemos excluidos de ellos. Esta es la razón por la que, en Estados Unidos, compañeras feministas judías que quieren marchar por sus derechos como mujeres, no puedan hacerlo cómodamente porque el liderazgo de la Women’s March en Estados Unidos es antisemita. Y sí, seguramente algunos, cuando lean esto, pensaran que por defender mis derechos como judía estoy siendo racista, o desprestigiando otras luchas sociales. Que sepan que no es verdad, y que creerlo viene de la misma percepción equivocada del Pueblo Judío como un pueblo poderoso.
Deseo que las personas que estén leyendo esto nunca tengan miedo de decir quiénes son cuando viajan a un país nuevo, que nunca tengan que esconder símbolos de su cultura o religión cuando conozcan personas nuevas, y que nunca tengan el miedo de ser discriminados. Deseo que haya justicia social y que en el futuro ya no tengamos que luchar por ella. Por mi parte, extiendo mi mano a las diferentes luchas sociales que hay a mi alrededor. Y deseo que, quien lea esto, también extienda su mano a la mía.
* Paula Tussie Berdichevsky (@paulatussieb) es Politóloga por el ITAM.