Un millón de discos

Redacción Animal Político · 20 de junio de 2025

Periodista, promotor, press manager, experto en subcultura, conocedor de rock en todas sus vertientes, erudito en cine gore, ávido coleccionista, maestro en lucha libre, perito en quesos, molcajeteador de las mejores salsas y amigo entrañable, quienes iniciamos nuestros pasos en el periodismo gracias a la influencia de Pepe Návar lo recordaremos siempre como un profesional que jamás reprimía decir lo que pensaba y como un ser humano generoso y desenfadado que se mantuvo siempre lejano al canon acartonadísimo del adulto encorbatado y serio, imagen que con su actitud única combatió victoriosamente todos los días.

Hubo un tiempo en la historia del mundo en el que las disqueras impulsaron la música que integra sus catálogos a través de la promoción que encabezaban tipos especializados como Pepe Návar. En una época en la que las opiniones de un enterado valían por encima de los comentarios mayormente superficiales que hoy, por ejemplo, se acuñan al amparo de las redes, como periodista de la fuente musical recibir junto con los discos de la temporada los comentarios de Pepe Návar representaba una inmersión en la que se daba cuenta profunda de lo que uno estaba a punto de escuchar, sintonizándose al mismo tiempo en un entorno en el que lo que reinaba era, siempre, la inteligencia natural. Pieza nodal de aquella industria, en esos tiempos -principios de los noventa- entrar al departamento de Pepe en la colonia Portales equivalía a aterrizar en una especie de Planeta de la Cultura Pop, en el que lo primero que refulgía era el híper mueble que contenía una colección de al parecer un millón (aunque en realidad se trataba de poco más más de diez mil) de LP, que abarcaban absolutamente toda la historia del rock (y toda la pared), mismos que competían en encanto directamente con una biblioteca envidiable donde los títulos parecían guardar la misma vocación por la trascendencia, y en cuyas repisas figuraba a la par una colección de muñequitos extraídos de distintas películas de terror que convivían con diversos estantes, repletos todos de cintas VHS. Recuerdo la tarde en que nada más entrar me topé con Christian, hijo de Pepe (por aquel entonces un pequeño), quien jugaba inocentemente con un Freddy Krueger de aspecto más maquiavélico que el de la película, rodeado por decenas de personajes que en todos los casos lucían más maquiavélicos que en las respectivas películas en que participaron, y también recuerdo el día en que Pepe no pudo darle un rápido periodicazo educativo a Yik, su perrito scotch que se había orinado sobre unos compact, pues sencillamente no halló en toda la casa un rincón libre de objetos para aplicárselo. Alguna vez Esther, pareja de su vida, me dijo que podrían mudarse al Palacio de Buckingham e igualmente Pepe lo iba a llenar.

Se fue Pepe Návar, pero su legado es grande: deja carrera en una gran cantidad de medios impresos del país, durante la cual reseñó absolutamente todo el trecho roquero y cinematográfico que le correspondió; el libro “¡Quiero ver sangre! (Historia ilustrada del cine de luchadores)”, donde junto a Rafael Aviña y Raúl Criollo dio cuenta de cada película que del género se ha producido en nuestro país, una obra verdaderamente enciclopédica publicada por la UNAM. Queda también para el registro de la historia la última entrevista publicada que el mítico Santo dio, concedida a él. La carrera de bandas como Chac Mool y Kerigma deben mucho al trabajo de Pepe y su labor incansable de promoción enriqueció la trayectoria de Caifanes, Santa Sabina, Maldita Vecindad y por supuesto del Joaquín Sabina del traje gris, aquel que en un programa de televisión se atrevió a decir que le debía “una casa” a Pepe y bueno, nunca le cumplió.

Adiós Pepe Návar, hombre que como todo grande jamás buscó dar a nadie lecciones ni consejos, pero que con su ejemplo de pasión y entrega deja la herencia más brillante.

En el cielo siempre improbable que imagino, John y George deben haberse codeado anoche: “venga, vamos a conocer a ese tipo interesante que acaba de llegar”.