Un escenario en disputa

Claudia Ramos · 10 de febrero de 2026

Un escenario en disputa

Lo ocurrido con Bad Bunny en el Super Bowl fue un hito cultural en un contexto de redadas y deportaciones. Pero la disputa no se agota ahí: se extiende a lo local, a México y a la región, donde redes invisibles sostienen la vida cotidiana.

Lo queramos o no, lo celebremos o lo despreciemos, lo ocurrido en el Super Tazón 60 fue un hito en la historia reciente de Estados Unidos. Más allá de interpretaciones apresuradas, lecturas exageradas o desinformación circulando en redes, el hecho ocurre en un contexto político que no es neutro: redadas, represión, deportaciones y un clima de persecución sostenida hacia comunidades migrantes y racializadas.

No se trata solo de un concierto ni de un gesto cultural aislado. Se trata de cuándo, dónde y para quién ocurre. En un país donde la política migratoria se ha endurecido y la violencia institucional se ha normalizado, la presencia de un artista latino en el evento mediático más importante del año activa algo más profundo: una disputa por el sentido, por la representación y por quién tiene derecho a ocupar el centro del escenario.

La disputa no es únicamente simbólica. No se debate solo si el conejo malo “debió” decir más o menos ni si el gesto fue suficiente. Lo que está en juego es quién puede ser visible, en qué condiciones y bajo qué expectativas. La cultura pop se convierte así en un campo donde se proyectan frustraciones colectivas, deseos de justicia y demandas que el sistema político no ha sabido —o querido— responder. No porque la cultura pop pueda resolverlas, sino porque algo tiene que cargarlas.

En ese terreno, la desinformación no aparece como una anomalía. Forma parte del conflicto. Fake news, lecturas forzadas y narrativas falsas circulan porque hay una necesidad real de sentido. Cuando la vida cotidiana está atravesada por el miedo, la precariedad y la violencia institucional, cualquier gesto amplificado se vuelve un territorio en disputa. Y no hay una respuesta clara.

Esa disputa no se agota en Estados Unidos. Aunque el escenario haya sido uno de sus eventos mediáticos más importantes, las tensiones que activó atraviesan fronteras. En México y en el continente, la conversación resuena porque las políticas de exclusión, la criminalización de la migración y la violencia institucional no son ajenas. Forman parte de una experiencia compartida.

Lo local, en este sentido, no es lo pequeño ni lo aislado. Es el lugar donde se sienten con mayor fuerza las consecuencias de decisiones globales. En comunidades migrantes en Estados Unidos, en territorios de tránsito en México y en países de origen marcados por la expulsión, la disputa no es simbólica: es cotidiana. Se juega en el acceso al trabajo, a la salud, a la seguridad y a una vida vivible.

En los espacios donde se sostiene el trabajo local —en México, en comunidades migrantes en Estados Unidos y en distintas partes del continente— estas discusiones se leen de otra manera. No como debates abstractos, sino como expresiones de una tensión constante entre políticas de exclusión y formas cotidianas de resistencia que rara vez llegan al centro de la conversación pública.

Lejos de los grandes escenarios, existe una red amplia y fragmentada de prácticas solidarias que operan sin reflectores. Microacciones que no se vuelven tendencia, pero que marcan la diferencia: alguien que acompaña un trámite, quien abre un espacio de escucha, quien comparte información confiable, quien sostiene un comedor, un albergue, una asesoría jurídica, una llamada oportuna, por mencionar algunas de las infinitas microexpresiones de solidaridad que se viven desde el trabajo cotidiano en territorio. Estas acciones no suelen nombrarse como resistencia, pero lo son. Funcionan como un tejido silencioso que amortigua la violencia institucional y permite que la vida continúe, incluso en contextos de persecución, miedo y precariedad.

Frente a ese trabajo cotidiano, la disputa por los símbolos adquiere otra dimensión. No porque carezca de importancia, sino porque revela un contraste: mientras los gestos globales concentran atención y polémica, son estas prácticas locales, invisibles y persistentes las que enfrentan directamente las consecuencias de las políticas que se debaten a distancia. Tal vez por eso el debate se vuelve tan áspero. Porque no estamos discutiendo un concierto, sino una ausencia.

Tal vez el problema no sea que depositemos expectativas en la cultura pop, sino que lo hagamos de forma aislada. Cuando los gestos simbólicos se leen sin contexto, se les exige lo que no pueden ofrecer y se les culpa por lo que no resuelven. En ese desplazamiento, se pierde de vista dónde se están dando las disputas que sí transforman condiciones concretas de vida.

La pregunta entonces no es si estos eventos importan, sino cómo los leemos y qué dejamos fuera cuando concentran toda la atención. Porque mientras discutimos si un gesto fue suficiente, otras formas de acción continúan operando sin reconocimiento, sosteniendo a comunidades enteras en medio de políticas que las vulneran.

En un contexto atravesado por redadas, deportaciones, violencia institucional, desinformación, discriminación y xenofobia, la disputa no se resuelve —ni empieza— únicamente en los grandes escenarios. También, y sobre todo, en lo que ocurre lejos de ellos. En la capacidad de organizarse, de acompañar, de cuidar, de sostener redes que no hacen ruido, pero hacen posible la vida.

Quizá el reto no sea pedirle más a los símbolos, sino aprender a mirar con mayor atención aquello que no se transmite en horario estelar. Ahí donde no hay reflectores, se practica la resistencia. Y casi nunca se ve.

* Azyadeth Adame es directora general de Intersecciona México (@InterseccionaMx).