blogeditor · 4 de agosto de 2012
Gracias @nyehya y @elhombredetweed por regalarme sin querer, este pretexto.
De acuerdo con el folcklor germano, el término Doppelgänger (doppel, “doble”, y gänger:”andante”) representa el mito de la mitad oscura, siniestra o diabólica, que acompaña a los seres humanos y que transita por el mundo sin que acaso nos percatemos de su existencia. El misterioso doble detenta nuestros hábitos, y padece sin ganancia aparente nuestros mayores sufrimientos, bienaventuranzas y desdichas. Grandes plumas del tamaño de George Gordon Lord Byron, Percy & Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Heinrich Heine o Johann Wolfgang von Goethe, han legado al mundo narraciones escalofriantes de la aparición -real o literaria- de este peculiar fenómeno. Cuenta la leyenda, que si un hombre entra en contacto con un Dopplegänger, se avecina el augurio mismo de la desdicha: calamidades dolorosas, pérdidas irreparables, enfermedades, accidentes o la muerte inminente.
El caso del poeta Percy Shelley, es digno de destacar. Mary Shelley contó que su esposo tropezó en Italia con su “doble caminante” mientras transitaba en una calle cercana al puerto. El encuentro con la melancólica aparición de sí mismo, lo perturbó. Su reflejo ofrecía un espectáculo fantasmal: un lánguido Percy, de mirada perdida, señalaba con el índice el mar mediterráneo. Lo inquietante de la historia, es que Percy Bysshe Shelley falleció intempestivamente muy poco tiempo después de su hórrido contacto con el fenómeno: pereció ahogado en una desafortunada travesía marítima…en el mediterráneo. Otra leyenda trágica, es la que envuelve al escritor inglés John Donne, quién tuvo una experiencia frontal con el Dopplegänger de su esposa en París, mientras ella, desde otra ciudad, traía al mundo a una niña muerta.
El escritor alemán Heinrich Heine, concibió al Dopplegänger con un matiz rabiosamente poético. Para Heine, el doble de uno mismo, simbolizaba la reverberación suspendida del sufrimiento, la mitad oscura representada como puntos suspensivos de nuestra alma atormentada, un pálido reflejo de nuestra desdicha suspendida hasta el infinito.
Tomo prestada esta antigua leyenda, para contar mi versión de uno de los personajes más representativos de la cultura japonesa en los últimos treinta años: el maestro Takeshi Kitano.
El inicio como una escena en el mar: Ano natsu, ichiban shizukana um.

Takeshi “Beat” Kitano, nació el 18 de enero de 1947, en Umeshima Adachi (Tokio), inaugurando con su arribo al mundo, el cuarto sitio de una familia de clase obrera. Hijo de padre artesano ebanista y ama de casa, pero también hijo de la postguerra, del hambre, de la mafia callejera, del sacrificio y de la culpa social. Desde pequeño mostró la inestabilidad haciéndose expulsar de prácticamente todos los colegios a los que asistió. Abandonar la carrera de ingeniería, permutando su cédula escolar, por el puesto de ascensorista en un club de streep tease, significó el último golpe que su madre necesitaba para derrotar su tenaz fe en él.
Kitano experimentó en esta época la contundente certeza de su destino y vocación: la comedia. Tomó puntual nota del repertorio del cómico que se presentaba cada noche en un centro nocturno del barrio antiguo de Asakusa. No perdía detalle, imitaba cada movimiento, esperando en silencio con esa tranquilidad socarrona del que posee información a la que nadie tiene acceso. La oportunidad le llegó casualmente la noche que el comediante canceló su presentación reportándose enfermo; sin embargo, la administración del club hizo caso omiso. El simpático ascensorista (además de camarero principiante), los sorprendió con la demostración de que no sólo había memorizado el show íntegro, también exhibió un talento único y facultades insospechadas para la improvisación. Su éxito en el local fue rotundo. Pocos años después, encontró a la contraparte perfecta: Kioshi Beat Kaneko. Junto a Kioshi (hilarante y demencial comediante de stand up) formó el celebre dueto “The Two Beats“; pareja entrañable que marcó profusamente la memoria de su país y que no ha conocido rival. A partir de entonces y hasta la fecha, aparece en los créditos de cualquier participación actoral en la que se involucre, con el nombre artístico que adoptó en sus inicios: Beat Kitano.
En menos de un lustro, The Two Beats dieron el salto de éxito local en modestos círculos de comedia, a la cadena televisiva de mayor audiencia de su país (NHK), convirtiéndose de noche a la mañana en un fenómeno mediático. Su popularidad fue avasallante porque la sociedad nipona nunca había visto nada igual. Estos oligofrénicos sujetos, representaron la antítesis de la tradicional y adusta cultura nipona. No existía valor humano o social, con el que no dieran al traste los beat gags; su delirante incorrección política, arañó sin pudor la blasfemia y el insulto mal disimulado. El público los adoró en automático.
Stand up The Two Beats
Kitano: the art of knowing how to do everything.
A inicios de los años ochentas su próspera carrera de comediante cobró un giro interesante. El director Nagisa Oshima le ofreció su primera oportunidad en la pantalla grande: “Feliz Navidad, Mr. Lawrence” cinta que marcó su debut como actor en 1983 interpretando al Sargento Hara, un soldado desequilibrado y violento. En 1987, aceptó la invitación del legendario director Kinji Fukasaku Tora, Tora, Tora, Battle Royale), para interpretar el papel principal en la película Violent Cop: Azuma. Fortuitamente, Fukasaku abandonó el proyecto a medio rodaje a causa se una enfermedad repentina. Lo inexplicable del suceso, es que le entregaran la estafeta precisamente a Kitano, quien no poseía experiencia alguna en terrenos de dirección cinematográfica. El resultado final, dejó in albis a la audiencia y a la crítica por igual. Además de dirigir la cinta, reescribió el guión y le entregó al público un producto tan digno, que se convirtió en un rotundo éxito en taquilla. En Violent Corp, podemos encontrar tímidos esbozos de lo que vendría tiempo después: personajes entrañables, complejos, situaciones límite, tomas arriesgadas, diálogos pausados. El genio prometía a todo aquel que deseara verlo, que la calma presagia hecatombes.
The two Takeshis.
Eran los albores de la década de los noventas, cuando decidió dar por terminado el famoso dueto con Kioshi para probar suerte como actor en solitario. De forma paralela, dedicó gran parte de su tiempo en explotar su agudísimo talento como director en las cintas “Boiling Point“, “A Scene at the Sea” y “Sonatine“, tres dramas cargados de violencia y humor negro. No existía en todo Japón, una estrella mejor bendecida por los dioses de la fortuna que él. Se entregó de lleno al despilfarro, los excesos, a la fiesta interminable. La noche del 2 de agosto de 1994, salió dando tumbos de la filmación de su cuarto largometraje (una comedia sin pretensiones llamada Getting Any), en evidente estado de ebriedad. Subió a su moto y emprendió camino de regreso a casa. Muchos años después, contaría a un programa especial realizado en homenaje a su carrera, que los registros policiales de esa noche fueron imprecisos; que realmente no se quedó dormido para después impactarse a toda velocidad contra ese árbol; y que si salió disparado por los aires para estrellarse contra el pavimento (destrozando la mitad de su rostro y parte del cráneo), no fue a causa de su imprudencia al conducir alcoholizado. Kitano confesó que sencillamente se rindió a la vida. El primer fracaso de su vertiginosa trayectoria, resultó ser un fallido intento de suicidio.
Poco se sabe de lo que sucedió con él en los meses subsecuentes. La versión oficial es que se refugió en aislamiento total en el Tokyo Medical College Hospital, sin explicaciones ni declaraciones a la prensa. La institución -con reservas- filtró a los insistentes medios, la gravedad de la estrella nipona: fractura de cráneo, rotura de mandíbula, desgarraduras internas, que exigían una urgente reconstrucción de estructura ósea/muscular/facial. Que continuara con vida, debía agradecerse a los subterfugios propios de los milagros, ni más ni menos.
Cuando Japón volvió a tener noticias e imágenes de su amada estrella, encontró algo más que un rostro semi paralizado y reconstruido. Sencillamente era otro. Si alguna vez, la fractalidad de su naturaleza provocó genuina sorpresa a su público, nunca lo hizo causando tanto estupor. Retomó su viejo hábito de permutar aficiones estrambóticas: dejó de lado el alcoholismo y consumo de sustancias, por el pincel y el lienzo. Intercambió su pasión por la comedia, por la creación musical, literaria y estudio de las ciencias.
Hana-Bi: Fireworks and the Glory to the Filmmaker!
Dos años después del accidente, volvió al cine con una entrañable historia de marcada tesitura autobiográfica: “Kids Return“, cinta que puede mirarse desde la esperanzadora parcela de la catársis, sin embargo, “Hana-bi” filmada en 1997, descubrió con limpidez esa naturaleza recién adquirida por el cineasta. Hana-Bi, traducida al inglés como “Fireworks” (Fuegos artificiales) es un magnifico ejercicio fílmico de innegable manufactura artística.
Los planos secuencia de Hana-Bi se abren en loto ante el espectador, como velada invitación a dejarse conducir a un lienzo. La sutileza de intrépidas tonalidades, compagina virtuosamente con la espléndida musicalización a cargo del laureado compositor Joe Hisaishi y de un impecable guión que exploró con agudeza la dualidad humana desde una visión marcadamente iconoclasta. Kitano, ahora viste la piel del policía Nishi, quien apenas esbozando muecas, adustos gestos, nos conmueve a punta de francos silencios y ese rostro de piedra. Pocos ojos son capaces de transmitir tanta vulnerabilidad y sensibilidad, como los del diametral personaje dibujado por él mismo. Se hizo cargo del guión, la dirección, el montaje, del protagónico; y le obsequió al espectador un guiño de complicidad: toda la obra pictórica que aparece en la cinta es de su autoría. A cambio de lo anterior, Hana-bi le obsequió al realizador el prestigio internacional, cuando obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia y el Gran Premio Félix de la Academia Europea de ese mismo año.
Después vendría “El verano de Kikujiro” (1999), pequeña joya que sirvió para rendir conmovedor homenaje a su padre. Porque si Kikujiro Kitano representó con dignidad el humilde oficio de artesano en ebanistería, su hijo, trascendía ya como el impecable artesano de las emociones quebradizas, puras e insondables.
Dolls: las marionetas Bunraku.
A finales de 2001 y principios de 2002, filmó en su natal Japón, el trabajo que muchos consideramos su obra maestra: Dolls. Esta cinta -escrita, editada y dirigida por el hombre orquesta- es el resultado de una meticulosa adaptación contemporánea, del Bunraku (antiguo teatro japonés de marionetas del siglo XVII). El guión se extiende en tentáculos tripartitas que estrujan al espectador, lastimándolo, arrebatándole el aire. Tres historias inspiradas en el trabajo del dramaturgo japonés Chikamatsu Monzaemon, se entrelazan por la fatalidad. Las antiguas marionetas aportan al film, mucho más que la obviedad del epígrafe, también llevan al límite su propia facultad metafórica: marionetas humanas que conciben el amor como tragedia, marionetas que representan historias de la exacta tonalidad y textura del solsticio/equinoccio de las estaciones. El destino como verdugo y la culpa como moneda de cambio para gozar del perdón. Más allá del argumento que ejemplifica la tragedia como objeto, y de la cruda exhibición de la locura, la fatalidad y el desamparo; esta película hace alarde de un manejo espléndido de dirección cinematográfica. La fotografía (cuya exclusiva realización le llevó 40 días de filmación) deslumbra en su carácter de luminosa protagonista. Un festín visual de rotunda belleza plástica.
La frugalidad de los diálogos, equilibra con justicia los escenarios naturales, que gozan del mérito que al espectador deje de importarle el tiempo transcurrido desde la última vez que escuchó voz humana alguna. La música –última colaboración de la dupla T. Kitano/Joe Hisaishi- aporta el ingrediente sonoro que sincroniza a la perfección con la estética visual.
El realizador usó el recurso de yuxtaponer la belleza contra la crueldad, para provocar dramáticos contrastes: de la misma forma en que la flor del cerezo alcanza el pináculo de su exuberancia al último minuto anterior a caer al césped, las imágenes van alcanzando notas de virtuoso lirismo al tiempo que los personajes se aproximan a su encuentro con la fatalidad.
Dolls nos enseña que no existen los finales felices. Existen causas que provocan infelicidad. Existen marionetas manejados por nuestras bizarras acciones. Existen los accidentes provocados por las bajezas humanas: las nuestras y de nadie más.
Algunas veces me he preguntado ¿Qué pasó exactamente la noche del 2 de agosto de 1994? Kitano puede decir lo que quiera, pero mi naturaleza conspiradora, me ha confesado secretamente sus sospechas. ¿Quién es exactamente el hombre que vive dentro de Takeshi Kitano? No puedo imaginar la tortura que debe significarle a un hombre cuya mayor pasión es la comedia, aprender a vivir después de haber perdido para siempre, la capacidad de reír hasta el llanto. Mi instinto me dice que esa noche, existió un intercambio del que jamás conoceremos detalles. Sospecho que el hombre que deleitaba con sus rutinas de stand up, a los viciosos del barrio Asakusa, no es el mismo al que hoy se le reconoce como cineasta, poeta, actor, escritor de guiones, compositor, bailarín, artista plástico, presentador de TV y el comediante más popular que la televisión nipona tenga memoria. Dudo que sea el mismo sujeto que desde 2005, imparte una cátedra en la Escuela de Postgrado de Artes Visuales de la Universidad Nacional de Tokio de Bellas Artes y Música.
La trama de su película Takeshi´s me guía hacia el camino correcto: una estrella de cine (Beat Takeshi interpretándose a sí mismo) tropieza con su doble exacto: Kitano, un humilde cajero cuyo mayor sueño es convertirse en un reconocido actor. La realidad y la ficción juegan con ironía en dos mundos paralelos en el que todos los personajes, tienen su replicante. Bienvenidos sean todos a la pesadilla: siéntanla.

Hace algún tiempo declaró en una entrevista que la noción que tenía sobre la muerte, era aquella que avanza hacia tu encuentro con sigilo, adornada de amor sublime, la que permanece a tu lado para tocarte tan profundo como una bala que se aloja al fondo de tu corazón. Supongo que la munición alojada en su interior debe desgarrarlo sin misericordia.
La leyenda cuenta que los Doppelgänger son incapaces de proyectar su sombra, o reflejo en ninguna superficie, porque los espejos detestan al tiempo suspendido. Se dice que estos seres, suelen acercarse a quienes pertenecen, para brindarles consejo, persuadirlos a realizar estrambóticos actos o para usurpar en definitiva su espacio en este mundo. He imaginado infinidad de ocasiones, que algún día tendré el honor de acercarme al maestro, -no con la finalidad de contemplar de frente ese rostro intraducible al que le robaron impunemente la sonrisa, o rogarle por una foto juntos-, mi fantasía recurrente, es que lo tendré lo suficientemente cerca, con el exclusivo propósito de observar las paredes, las puertas, pisos y espejos a su alrededor. Quiero comprobar con mis propias pupilas si existe o no, alguna sombra que acompañe sus pasos. Sueño con eso y nada más que eso.
América Pacheco.