Un día en la cárcel, una eternidad

Redacción Animal Político · 1 de agosto de 2023

Fui privada de mi libertad durante 13 meses, tras las rejas de un penal del Estado de México, en una estancia identificada como la celda 14. Compartí ese espacio de aproximadamente 10 metros de largo por 5 de ancho con más de 100 mujeres, junto a las que experimenté una realidad que la mayoría desconoce y que, a menudo, se encuentra oculta tras los muros de las prisiones.

La celda no era precisamente un espacio acogedor. Tenía un espacio para bañarnos en el que no existía la privacidad, pues teníamos prohibido colocar cortinas o cualquier cosa que brindara algo de intimidad. Una pequeña pared separaba tres inodoros, de los cuales solo uno solía funcionar adecuadamente.

Las camas, si así pueden llamarse, consistían en planchas de concreto de pequeñas dimensiones en las que dormían dos personas, apiladas hasta cuatro niveles hacia arriba, sin escaleras. Dado el hacinamiento, a mí me fue asignado un pequeño espacio entre el suelo y la primera plancha de concreto, conocido como “catarata”, donde dormí durante más de un año.

La falta de condiciones adecuadas para dormir, sumado a la presencia de plagas como cucarachas y chinches, hacían que descansar y conciliar el sueño fueran un reto constante. A eso se sumaban las madrugadas en las que, sin previo aviso, decenas de policías ingresaban para hacer operativos, en los que nos hacían salir al patio, mientras revisaban nuestras pertenencias, que muchas veces solían dejar mojadas o destrozadas.

Cada día en prisión estaba marcado por estrictos horarios y pases de lista que suelen empezar entre las 4 o 5 de la mañana. A partir de ahí iniciaba la talacha, como se le que conoce a las tareas de limpieza, en las que teníamos apenas 30 minutos para guardar bien nuestras cosas para evitar que otras compañeras nos las robaran. Obtener alimentos, acceder al lavadero para lavar la ropa o poder participar en talleres productivos para generar algún ingreso dentro de prisión, siempre implicaba enfrentar largas filas donde, en ocasiones, resultaba imposible encontrar un lugar disponible.

En estas circunstancias, los teléfonos eran un bien escaso y muy demandado. Solo dos equipos de seis estaban disponibles para el uso de todas las mujeres privadas ahí de su libertad, lo que significaba filas y esperas prolongadas para poder comunicarnos con nuestros seres queridos.

A pesar de la desesperanza y la monotonía que impregnaba cada día en la cárcel, las llamadas a mi hijo se convirtieron en mi ancla emocional. Cuando La Cana, una organización que brinda apoyo y actividades productivas a las personas en situación de reclusión, llegó al penal, encontré una luz de esperanza. Esta organización llegó tras una noche en la que había considerado quitarme la vida, debido a la falta de recursos legales y la complejidad de los trámites para recuperar mi libertad, mientras veía constantemente cómo mi familia sufría.

Gracias a su intervención, mi estancia en la cárcel se volvió más tolerable. Pude cambiar de taller productivo -inicialmente trabajaba haciendo figuras de foamy donde podía ganar alrededor de 5 pesos por kit- además de encontrar algo de paz en el bordado, también recibía artículos de higiene personal y era invitada a otras actividades. Mis ingresos aumentaron, comencé a bordar ganándome por una figura bordada los mismos 50 pesos que podían llegar a ganar las más expertas en el otro taller, pero en menos horas de trabajo.

Finalmente, un día me concedieron el beneficio del brazalete electrónico, lo que me llenó de felicidad. Sin embargo, uno de los requisitos era conseguir un trabajo fuera de la cárcel, lo que parecía un desafío insuperable dada mi situación de reclusión. Fue así que inició mi segunda experiencia con La Cana. Ellas se ofrecieron como mi aval laboral, y así seguí trabajando con ellas fuera de la cárcel. Pasado un tiempo, me quitaron el brazalete y yo continué con ellas teniendo un empleo formal. Desde entonces, tanto a mí como a mi familia nos han brindado su apoyo incondicional y nos han acogido a todos.

La cárcel, sin embargo, no es lo que muchas veces se muestra en la televisión o se cuenta en pláticas. Es un lugar donde se pierde mucho más que la libertad legal; es una pérdida emocional, física y espiritual. Se es privado de la propiedad más preciada: el control sobre nuestra vida, nuestra alma y nuestro destino.

Es fundamental que entendamos la urgente necesidad de reformar los sistemas penitenciarios y abogar por condiciones humanas y respetuosas en los centros de detención. La reinserción social debe ser un objetivo central en el proceso de privación de la libertad.

Mi experiencia en la cárcel me ha enseñado que no debemos juzgar a las personas por su pasado, sino brindarles una oportunidad de cambiar y rehacer sus vidas. Nadie merece una eternidad de sufrimiento tras las rejas. Es hora de que la sociedad mire más allá del estigma y apoye la transformación de quienes, como yo, han vivido un día en la cárcel que se siente como una eternidad.

@LaCanaMx