Redacción Animal Político · 22 de febrero de 2023
Era 1 de diciembre de 2017. Un viernes como cualquier otro sonó mi alarma, mi marido me insistió para levantarme, desperté pensando en que ya quería que fuera sábado para dormir hasta tarde, y sin imaginarme que después no iba a tener la oportunidad, salí de casa con prisa, sin darle un beso de despedida a mi familia.
Hicimos las actividades de rutina, fuimos a hacer las compras y al llegar a la unidad comenzó mi pesadilla: de repente, se atravesó un vehículo y me obligó a detenerme, se bajaron cuatro hombres, volteé por mi retrovisor y tenía otro carro atrás. Sin imaginar lo que estaba por suceder, lo único que pensé fue ¿por qué se atraviesan así? Un hombre se acercó a mi ventana, me pidió bajarla y me dijo: “¿Usted es Seiba Pérez?”, mencionando mi nombre completo. En ese momento me espanté, mi nombre no es común, siempre me ha molestado que lo escriban o lo pronuncien mal, pero el hecho de tenerlo completo me hizo saber que no había duda, yo era la persona a la que buscaban. Al afirmarlo, uno de los hombres me dijo: “Baje del vehículo inmediatamente, tenemos una orden de aprehensión contra usted”. Me quedé sin palabras.
En menos de un minuto, mi bebé —de entonces cinco años— comenzó a llorar, no pude percatarme de dónde salieron los oficiales vestidos de negro y comenzaron a jalarme. Nadie dijo nada. Mis vecinos, estáticos, solo miraban. Accedí a ir con ellos, pero pedí dejar a mi hijo con alguien, a lo cual se negaron y mi angustia creció.
Mi hijo se bajó del carro y me abrazó, un oficial me lo quitó, entonces me molesté y empecé a jalonear, pero eran hombres fuertes y lo único que me quedó fue comenzar a gritar. Un hombre se acercó y les indicó que me soltaran, en ese momento tomé a mi bebé y un hombre vestido de civil me ordenó que le llamara a alguien. Sabía que mi marido estaba lejos, por lo que llamé a una amiga nuestra y llegó en cinco minutos. Se llevó a mi niño, y le di las llaves y el control del carro. Esa fue la última vez que lo vi, lo dejé llorando, gritando, sin saber qué hacer, sintió mi miedo, mi angustia, sin poder responderle cuando regresaría.
Varias veces pedí ver la orden de aprehensión, pero nunca lo permitieron. Me subieron a un vehículo particular y comenzaron a interrogarme. Les dije que no sabía por qué me detenían y que no conocía a la persona que me decían. Traté de llamar a mi marido y me dijeron: “Si vuelve a usar el teléfono se lo tendremos que quitar”. Entonces les pedí que me dejaran hacer una llamada. Respondió mi padre, pero pensó que estaba bromeando. Minutos después apareció el miedo en mi voz y me colgó diciendo que buscaría un abogado.
El trayecto fue muy largo: vinieron desde Ecatepec a La Paz en más de hora y media. Después de la llamada con mi papá me llamó mi marido y contesté. “¿Qué pasó?”, me preguntó. “No tengo idea, me detuvieron”, le respondí. Posteriormente, le pregunté a un hombre que a dónde me llevaban y me respondió que a certificar, y de ahí al reclusorio de Ecatepec.
Tiempo después llegamos a unas oficinas. Ahí estaba mi marido esperando. No me dejaron acercarme a él, solo alcancé a darle mis cosas. Él estuvo hablando con varios de ellos y veía que discutían. Estaba en shock, muy preocupada por mi bebé. Después de un buen rato me subieron a una patrulla y me llevaron a una Cruz Roja, ahí estuve otro rato sin saber nada, hasta que me llevaron al penal de Ecatepec.
Me dejaron en un cuarto de aproximadamente 3 x 3 metros, con una repisa de concreto. Pasaron días y noches, no sé bien cuánto tiempo, me decían que no me podían dar informes, dormí lo que pude y como pude: con frío, incómoda, el baño era un hoyo en el piso, sin papel. Me daban un bote de agua para echarle al hoyo y tuve que beber de ahí, no había opción. Seguí preguntando, pero nadie respondía.
Cuando por fin me dejaron salir, me llevaron por un laberinto de pasillos, me dijeron que siguiera el camino, con lugares insalubres y olor a orines, a suciedad. Sin luz, me tropecé varias veces, hasta llegar a una puerta. Entré y había un vidrio y una sala de audiencia como se ven en la televisión. No había nadie y me senté.
Poco a poco se llenó la sala. Vi a mi padre, a mi marido; mi comadre estaba muy conmocionada y a la vez espantada, vi sus caras de horror y dolor al verme. Empezó y no entendía nada. Cuando dijeron el delito me tranquilicé y pensé: yo no hice nada de eso, no hay problema, seguro se arregla en unos minutos. Pasó el tiempo. El juez en el transcurso dijo tantas mentiras, aseguró cosas como que robaba por hobby y comencé a angustiarme, hasta que mi abogado dijo: “Mi clienta ni siquiera coincide con la descripción que indica la víctima, ella es güera y de ojos verdes, cuando la víctima dice que la mujer era morena, de ojos negros”. Fue entonces cuando perdí la razón al escuchar al juez decir: “La imputada corresponde con la descripción”. En ese momento me derrumbé, vi la cara de dolor de mi familia y el silencio de los abogados. Así terminó mi optimismo.
De ahí me llevaron a otro lugar, donde me revisaron y me dieron ropa vieja que no me quedaba, así que me la amarré como pude y me llevaron a lo que sería mi nuevo hogar. No sabía qué pensar, desconocía qué hacer. Al cerrar la reja, me observaron, empezaron a burlarse, una chica se dio cuenta de mi miedo. Laura me defendió, así comenzó todo.
A partir de ahí perdí mi libertad, perdí mi dignidad, mi voluntad, mi carácter, mi optimismo. Día tras día peleas, órdenes, berrinches absurdos de algunas custodias, hasta que llegó el primer día de visita. Vi a mi esposo, a ese hombre tan hermoso que me abrazó sin decirme nada, sentí sus lágrimas, no pude contenerme, nos sentamos en el piso sin poder decir nada, no sé por cuánto tiempo lloramos, pero él temblaba cada que me abrazaba.
Las personas en visita nos observaban y después de un rato empezaron a regalarnos comida, una sonrisa, una palmada en la espalda. Terminó la visita, no me pudo dar grandes explicaciones, pero estaban peleando y debía soportar porque se venían vacaciones navideñas y ya no había audiencias.
Y así continuaron los días. Yo le mentía en las llamadas a mi hijo: “¿Dónde estás mami?”, a lo que respondía: “Bien mi amor, en el trabajo no te preocupes, pronto nos veremos”. Ese “pronto” fue muy largo, más de un año, fueron muchas llamadas hasta escuchar un: “Mamá, te importa más tu trabajo que yo”, “Mamá, solo por favor ven un ratito a darme un beso”, “Por favor mamá, ya no quiero nada, ni te pediré nada, pero ven conmigo”, “Mamá, te prometo que no volveré a pedir nada, ningún regalo ni nada. Ya no trabajes, lo prometo, pero ya ven”.
Así pasaron los meses. Hubo documentos perdidos, audiencias canceladas, comencé a perder mi salud, infecciones en vías urinarias muy frecuentes, hipertensión al grado de perder la visión, todo en mi futuro parecía obscuro, mi mente comenzó a imaginar un mundo sin mí para mi familia, me llorarían por un periodo, pero tendrán que continuar. Una noche estaba pensando en opciones para dejar de existir y al día siguiente vi un rayo de esperanza. Conocí a una fundadora de La Cana, me dio aliento, cariño, apoyo moral, me ayudó con trabajo para ocupar mi mente, me apoyó para poder enseñar a más chicas a trabajar y aprender un oficio, ese ángel me mantuvo hasta el día que logré salir con su apoyo y el de mi familia. Mi hermana, después de años de no hablarnos, al enterarse me visitó, soportó todo y peleó por mi salud. Un día lograron obtener mi libertad, no sin antes haberme tenido que declarar culpable, sin pruebas, sin fundamentos. Tuve que aceptar una gran mentira porque si me quedaba a pelear me auguraban un proceso de 13 años como mínimo, y perderme la oportunidad de ver crecer a mi hijo. Entendí que la justicia no es ciega, más bien no existe. Gobierna el dinero, la corrupción y la manipulación.
Aún estoy luchando por recuperar mi vida, como madre, como esposa y como profesionista, pero ya entendí que nunca podré recuperar totalmente mi libertad, siempre seré prisionera de mi miedo ante un sistema corrupto, un mundo oscuro lleno de conveniencias. Aunque también aprendí que hay rayos de luz, hay ángeles, como aquella mujer que nunca soltó mi mano y a su lado venía un ángel para mi hijo, que lo ha guiado como su psicóloga y me ha ayudado a recuperarlo, el cual espero algún día me perdone haberlo abandonado.
Gracias por llegar hasta aquí y leerme con paciencia. Querido lector: te deseo una vida plena, que puedas tomar mi amarga experiencia y comprendas que todo puede cambiar en cualquier segundo, puedes perder todo lo que tienes material y espiritual, pero, sobre todo, que puedes perder la voluntad de vivir. Así que anda, disfruta, vive, goza día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, porque nada es eterno.
* Seiba Pérez es Directora de Producción de La Cana (@LaCanaMx).