Un desafío urgente: el trabajo con hombres para lograr la igualdad sustantiva

blogeditor · 10 de febrero de 2022

Un desafío urgente: el trabajo con hombres para lograr la igualdad sustantiva

Hoy día, para realmente avanzar hacia la igualdad sustantiva en todos los ámbitos de socialización –tanto en hogares como en espacios públicos–, es impostergable que los hombres participemos del análisis crítico-propositivo de la masculinidad. Ello implica la posibilidad de revisar, promover y cambiar ciertas prácticas ejercidas por nosotros (los hombres en general), para así activar otras conductas que nos permitan enriquecer el tipo de relaciones normadas por el orden social de género predominante. Es decir, para erradicar esa construcción social que, a partir de la diferencia sexual, sigue imponiendo ideas de desigualdad en contra de las mujeres y de lo considerado femenino.

Pero para empezar, ¿de qué se habla cuando se alude la palabra “masculinidad”? En su definición más básica, la masculinidad se entiende como el conjunto de rasgos bio-psico-socio-culturales que enmarcan lo que debe ser, sentir, pensar, hacer, o no hacer, un hombre. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y la aproximación al término “masculinidades”, así, en plural y de amplio consenso académico, implica visibilizar que existen muy diversas formas de ser hombres. Esta definición rescata la historicidad, el dinamismo y la elasticidad de la masculinidad como concepto, su capacidad para estructurar las tendencias subjetivas y las prácticas corporales en ciertos momentos y lugares, así como la oportunidad de mantenerse como un referente cultural para el cambio social.

¿Cómo ser hombre en esta época? En un país como México, la forma predominante del ser hombre está muy asociada a esas lógicas de ejercer la masculinidad tradicional que abrevan del machismo como fuente ideológica, imponiendo ciertas prácticas a quienes las viven de manera acrítica. Esa masculinidad machista que detenta y controla el poder, también usa la violencia como medio para imponer y sostener dicho poder. Ejerce la violencia mediante una serie de ideas, pensamientos y conductas que, además, configuran una forma dominante de ser, no solo en el individuo y entre individuos, sino en familias, comunidades e instituciones. Lo importante de analizar la masculinidad en sus connotaciones machistas es que configura una supuesta forma de vivir y de ser para los hombres; no obstante, darnos cuenta de que es un modelo de ser construido nos permite asumir la responsabilidad de cambiarlo. Tal cambio inicia por cada hombre, pero podemos impulsar procesos de cambio social involucrando a otros en este desafío.

Pongamos un ejemplo burdo. Nacido en una familia con creencias y costumbres muy tradicionales en cualquier punto del país, un hombre mexicano desde niño aprende –poco a poco, pero de manera constante– al ver e imitar a otros hombres y también al escuchar mensajes que le llegan desde diferentes voces, medios e instituciones, que es el futuro jefe de su casa, que puede imponer y demandar las cosas que quiera o necesite (como el que le preparen y sirvan la comida, que se haga la limpieza de su cuarto, que le laven su ropa, etc.). Al mismo tiempo, se le va adoctrinando para no empatizar emocionalmente con mensajes como “no te dejes”, “aguántate, no llores, tú eres hombre”, “eso no te toca a ti, que lo haga tu hermana”. Conforme va creciendo, nuestro hombrecito constata que detenta poder porque sus necesidades, deseos y órdenes se cumplen y, cuando no, sabe que puede exigir lo que desea inclusive de manera violenta (con una orden, una mirada, gritando, manipulando, dando un manazo a la mesa, golpeando…). Es probable que este hombre, ya en su adultez, considere normal dictar órdenes a su pareja, exigiéndole que se quede en casa a cuidar del hogar y de sus hijas e hijos.  También es probable que cuando la mujer, por cualquier razón, no cumpla con lo que él quiere, si no funcionan la manipulación ni otros medios sutiles, opte entonces por gritarle, humillarla o golpearla, para obligarla a que lo haga. Estas ideas machistas, si no se revisan, equivalen a mandatos de género que se convierten en actitudes de control y violencia, y este hombre las llevará a donde vaya: la escuela, la calle, la comunidad, el trabajo. Así, aparentemente “sin darse cuenta”, reproducirá una forma de pensar y de ser; y gracias a una dinámica sociocultural que funciona a su favor, la institucionalizará, la verá como legítima y válida.

La masculinidad es, pues, un constructo maleable, no determinada solo por la biología; refiere también a una construcción sociocultural presta de ser interpelada y reinterpretada mediante prácticas. He ahí la esperanza, la posibilidad del cambio. El trabajo con hombres debe apoyarse en un principio autorreflexivo, autocrítico, responsable, e implica el desafío de activar la voluntad propia. Exige ser congruente entre sus formas y contenidos; por tanto, se debe basar en preceptos alternativos al enfoque patriarcal de manera genuina, llevándolos así a la praxis, toda vez que -como ya vimos- apegarse a la vivencia de este modelo de masculinidad tradicional tiene impactos nada gratos para quienes nos rodean y para nosotros mismos: la heteronorma obligatoria, el alarde, el descuido, la competitividad, la represión de la expresión emocional, los excesos, la desenfrenada disponibilidad sexual, la hombría a prueba, el ser temerario son características que representan riesgos nocivos para nuestra propia integridad. Por tanto, renunciar a la masculinidad machista, al ejercicio de ciertas prácticas consideradas “privilegios”, no representa sólo un acto para el beneficio de las mujeres y otras personas, sino que es también una apuesta benéfica –y liberadora– para los propios hombres que logran emanciparse de los mandatos machistas.

La misión de GENDES, A. C. nos compromete con la incidencia para el cambio hacia la comprensión, el diálogo y el respeto entre mujeres y hombres. En congruencia con lo anterior, nos hemos pronunciado siempre a favor de la igualdad, así como de su necesaria aplicación en todas las políticas de gobierno, especialmente a las relativas a la prevención y atención a la violencia; sin embargo, tenemos la claridad de que esto no es suficiente. Mientras las políticas de Estado no se complementen de manera directa con un cambio cultural que, a su vez, se traduzca en la modificación de hábitos y prácticas concretas, no será posible alcanzar la igualdad y el respeto a los derechos de las mujeres.

Se requiere del cambio del padre, del hermano, del maestro, del alumno, del funcionario –léase ministerio público, juez, policía, médico, diputado, administrador o político–; se requiere de ti, del cambio de cada hombre como ciudadano. Vivir en igualdad se dice fácil cuando, históricamente, la mayoría de hombres no hemos sido desprovistos de ese derecho; el trabajo con hombres desde la perspectiva de género contribuye a la toma de conciencia del peso de la construcción hegemónica (machista) de la masculinidad y de cómo ésta afecta principalmente a las mujeres en la vivencia de sus derechos, pero también a quienes la pretendemos materializar. El cambio es posible, la responsabilidad es compartida, construyamos la dinámica de un México verdaderamente igualitario ya, hoy.

* Mauro Antonio Vargas Urías (@maurogendes) es Sociólogo egresado de la FCPyS de la UNAM y director general de Género y Desarrollo, A. C. (@GENDESAC).