Un arte y un peligro

blogeditor · 6 de diciembre de 2011

Un arte y un peligro

Domingo 20 de noviembre de 2011.

 

Me levanto de la cama para ir a correr, me veo al espejo y noto los restos de maquillaje de la noche anterior, me irrito porque no debo dormir con maquillaje, entro como puedo en la ropa deportiva temblando de frío, en un modo zombie espantoso empiezo a estirarme y pienso: qué mierda, esto de ser “mujer” se me ha vuelto todo un arte.

Es 20 de noviembre en Tijuana doy por sentado que sucederán dos cosas: la primera es que llueve e inicia oficialmente la temporada de frío con humedad que se cuela hasta los huesos; la segunda el también oficial atolladero de tráfico en la zona céntrica patrocinado por el desfile a razón de los festejos de la Revolución Mexicana. Sin temor a exagerar creo que Tijuana tiene el desfile más deslucido de los desfiles del 20 de noviembre de todo el país y  meramente protocolario. Hasta aquí nada memorable.

Hoy también todo estará cerrado, así que Betty, mi vecina, no saldrá por su licuado con la señoras del herbalife que viven a dos calles de su casa, su rutina de paseo por las mañanas; sin embargo, a las 10:00 am en punto sacará a sus cinco perritos chihuahua a corretear al patio y comer un poco de hierba que ha empezado a brotar gracias a las lloviznas de días atrás; esas cinco bolitas peludas que son su grandes amores; mientras, ella aprovecha y limpia el piso de su pequeño departamento y termina “suquéhacer”. Acto seguido mete a los perritos, cierra la puerta y posiblemente llegue alguna de sus dos únicas amigas a visitarla como todas las mañanas, y de cuando en cuando se escuche a lo lejos salir música de Rocío Dúrcal por sus ventanas.

Betty es muy seria, callada, casi que ensimismada; poco convive con los vecinos, si acaso intercambia un saludo a pesar de que tiene ya años de conocerlos. Como a las 2:00 pm sube un chico a su puerta a dejarle comida a domicilio o ella sale acompañada de alguna de sus amigas a comprar algo cerca del departamento, nunca más allá de unas cuantas calles.

Qué sucede al interior del departamento de Betty el resto del día además de las visitas y risas que se alcanzan a escuchar, lo desconozco; no vuelve a salir sino hasta las 8:00 pm aproximadamente cuando un taxi pasa por ella para llevarla a donde trabaja, y no sale hasta ver que el taxi está estacionado justo al pie de la escalera de acceso al departamento. Cerca de la 1:00 am. Betty está de regreso en el mismo taxi que la ha llevado a la calle donde trabaja.

A grandes rasgos este es un día típico de Betty, por lo menos como he aprendido a vislumbrarlo desde fuera. Betty es mi vecina, es trabajadora sexual y es una chica trans.

No sé si Betty sepa que el 20 de noviembre es el día de internacional de la remembranza trans, eso seguramente la tiene MUY sin cuidado, sé que finalmente hará una fiesta en nuestro patio compartido para el cumpleaños de su mejor amiga, y que la fiesta tiene que ser así, en un ambiente privado, donde nadie le moleste a ninguna de sus invitadas.

Ese es el día a día de una trans en Tijuana…

 

Mujeres (y hombres) en tránsito.

¿Pero qué es un(a) trans? ¿Y por qué no estoy escribiendo por completo el término al narrar todo lo anterior?

 

En primera porque se le denomina trans a toda una colectividad de personas (que no comunidad) en las que identificación sexogenérica difiere de la heteronormatividad; este colectivo está compuesto por personas transgénero, transexuales y travestis. Me rehuso a denominarles con el peyorativo “vestidas”, porque sé que es una ofensa; ni tampoco a llamarles homosexuales porque también sé que no todos, ni todas son homosexuales.

A partir de aquí me referiré a lo trans como transgénero, para englobar a las tres T que conforman al colectivo y con toda la conciencia de que en primera instancia es una forma de simplificación sajona que sirve de paraguas para abarcar distintas acepciones; y en segunda, que cada una de las T tiene sus peculiaridades, vulnerabilidades y necesidades específicas.

A grandes rasgos una persona transgénero es aquella que presenta una no-coincidencia biológica con el género que se identifica. Por lo tanto, si procede o no a hacer cambios físicos para reasignar su sexo o si su orientación sexual tiene coincidencia en las formas heteronormadas con respecto al género con el que se asume, es punto y aparte. Aquí cabe siempre  la aclaración pertinente que género y sexo no son, ni serán nunca lo mismo. Así que si me refiero a mi vecina como una chica T, es porque entre otras cosas no sé, ni es de mi incumbencia averiguar en cuál de las tres T se define a sí misma.

Lo poco que he entablado amistad con Betty y lo otro poco que he aprendido al tratar con otras chicas es que esta actitud ensimismada responde más bien a la precaución y al miedo; precaución de no ser violentadas (en todo el sentido de la palabra) tanto por simples transeúntes como por las mismas autoridades del orden público.

Una transgénero no puede ir libremente por las calles de la ciudad asumiendo el rol sexogenérico con el que se identifica sin que por lo menos algún baboso le diga uno o varios insultos, la llame por nombres peyorativos, pero en casos más extremos le haga insinuaciones sexuales e incluso le dé “un levantón” (privación temporal de libertad) para abusar sexualmente de ellas, para ellas ser mujer  no es sólo un arte, también es un peligro porque bajo la justificación estúpida de que: “son putos y como putos los tratan”, se vuelven el eslabón más vulnerable dentro de todo el colectivo de la diversidad sexual.

A lo que en lo personal puedo agregar es que con una vida tan privativa, es más puto el que violenta porque se necesitan los tamaños para trans-gredir así las normas y no vivir bajo los parámetros de la sociedad. (Sé que me van a venir a cagar por el uso de la palabra puto, vale pues, les asumo la cantada de precio).

Esta es tierra de nadie para las transgénero (en el caso de hombre a mujer, que es la más evidente), si la policía las ve deambulando por la ciudad, las detiene de la manera más humillante asumiendo que se dedican al trabajo sexual y demandando una tarjeta de salubridad que muchas veces no les es tan fácil obtener porque sus papeles de identificación “no coinciden” o simplemente porque no pueden obtener papeles de identificación (además que no todas trabajan prostituyéndose), y sin tener la más mínimos respeto por sus derechos fundamentales las lleva hasta los separos, las encierra entre hombres donde las desnudan exponiéndolas a más violencia por parte de todos los ahí presentes: autoridades, presos, custodios, etc.; es un constante devenir de humillaciones y vejaciones.

El caso de los transgénero mujer a hombre al ser mucho menos evidente, se vuelve más mimetizado con respecto a la comunidad lésbica por lo que se pretende suponer que estos casos son menos frecuente, no hay fuentes o estadísticas que pueden afirmarlo. Tan sencillo como que las acepciones varían mucho de país en país y depende en gran medida de las condiciones político, sociales y culturales de asimilación y apertura que se den para la re-asignación sexual, la libertad de la adopción génerica o simplemente que te dejen andar por la vida como se te dé la gana.

Pero las vicisitudes del colectivo transgénero no termina ahí; en términos médicos, ser transgénero es padecer un trastorno mental (disforia de género), aunque alegadamente está comprobado que no es ningún trastorno, no se ha suprimido del Manual de Desórdenes Mentales (DSM) que alguna vez contuviera también a la homosexualidad.

 

Ésta tiene científicamente comprobado que un niño tiene y asume la noción de género entre los 18 meses y los 4 años, y que su orientación sexual empieza a manifestarse claramente en la pre-pubertad, si no es que antes. Considerarlo como trastorno ha dado pie a muchas asociaciones y organizaciones sobre todo de tinte religioso a promover políticas de “reintegración social y a la moralidad”; pero vamos, no hay tal, ni derecho válido tampoco para querer instigar a normalizar el querer, desear y hacer de la sexualidad de los otros. Hay tantos de los que se dicen “normales” que son mucho más “torcidos”…

Pero si para los heteronormados es confuso entender que una persona simplemente no identifica su género con el sexo que le tocó nacer, el hecho de querer transgredir el binomio macho-hebra/hombre-mujer, vuelve a los y las trans sujetos de un doble escarnio por debajo de aquellos que simplemente se asumen como homosexuales.

Las transexuales como Betty, según nuestras mentes pequeñitas: no son mujeres porque no tienen una vagina que pueda parir hijos, aunque ellas digan que lo son; dejándolas relegadas en un limbo social que se ve reflejado en el total aislamiento y desprotección:

– Los grupos de mujeres las rechazan, porque les niegan el género. Aunque vivan tanta y mayor  desprotección de la que vive una mujer biológica.

– Los grupos homosexuales las rechazan porque simplemente hay algunas que no su orientación es heterosexual, son mujeres y mantienen relaciones con hombres, ergo, son heterosexuales. Aunque también las hay lesbianas, para entonces el panorama se vuelve más confuso, incluso para ellas y ellos.

Es difícil explicar la vida transgénero en un espacio tan breve, es presuntuoso querer resumir en dos o tres cuartillas vidas coartadas y cargadas de estigmas, privaciones, escarnios, humillaciones y sobre todo violencia.

El 20 de noviembre fue el día internacional de la remembranza trans, no sé si alguien por aquí además de mí se los vino  a recordar o dar a conocer; lo único que sé es que a estos seres humanos no les ha hecho justicia ninguna revolución… ni la sexual.

PD. Disculparán el post fechado, la trans-tornada fue la autora que juró que lo había enviado a los chicos de Animal Político a tiempo, y en realidad se lo re-envió a sí misma.