Las guerras en Ucrania e Irán y la interconexión de los conflictos contemporáneos

Jorge Avila · 6 de abril de 2026

La guerra en Ucrania y la guerra en Irán son dos conflictos que bien pueden parecer ajenos el uno del otro, ocurriendo en latitudes un tanto distantes entre sí. Sin embargo, con la evolución de la guerra en Irán es cada vez más obvia la interconexión entre ambos. Al punto que se considera que el conflicto en el Golfo Pérsico se está convirtiendo en una guerra proxy entre Moscú y Kiev. El vínculo más evidente entre ambos conflictos es la relación entre Rusia e Irán, que ha evolucionado de una cooperación bilateral en un contexto compartido de aislamiento internacional, a una relación de coproducción militar que impacta la capacidad militar de ambos países y afecta el desarrollo de ambos conflictos. 

No obstante, esta interrelación no se limita al ámbito militar: también se manifiesta con fuerza en el terreno energético, particularmente a través del aumento de los precios del petróleo y su efecto en la capacidad de financiamiento del esfuerzo bélico ruso. De manera paralela, la intensificación de la crisis en el Golfo Pérsico tensiona el sistema de alianzas de Occidente, especialmente la relación de la OTAN con Estados Unidos, lo que puede traducirse en fricciones que afecten la distribución de recursos estratégicos y, en consecuencia, en una posible reducción de la capacidad occidental, particularmente europea, para sostener el apoyo militar y financiero a Kiev.

En principio, la cooperación entre Rusia e Irán incluye transferencia de tecnología, así como de inteligencia y vigilancia. Moscú ha proporcionado datos sobre posiciones estadounidenses en el Golfo, lo que refuerza la capacidad iraní de respuesta sin implicar un compromiso militar directo por parte del Kremlin. Esto configura una forma de apoyo que permite a Rusia proyectar poder en Medio Oriente sin entrar directamente en el conflicto ni desviar recursos críticos de Ucrania. a

De igual forma Kiev ha procurado apoyar a los países del Golfo Pérsico para defenderse de los ataques iraníes, al punto que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, realizó un tour diplomático por varias capitales de los países del Golfo con el fin de ofrecer los conocimientos ucranianos en defensa anti-drones y asegurar una serie de acuerdos de cooperación en seguridad con Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos; situación que busca replicar con Siria y Jordania. Pues la tecnología y conocimiento anti-drones que posee Ucrania tiene una alta demanda en Medio Oriente.

 

Uno de los principales hechos a considerar es que Irán ha suministrado drones Shahed a Rusia desde el 2022, los cuales se han convertido en un componente central de la estrategia de desgaste contra Ucrania. Estos sistemas no solo fueron transferidos, sino adaptados, mejorados y posteriormente coproducidos en la planta de fabricación de drones de Alabuga en el Tartaristán ruso. Este proceso no lo podemos pensar solamente como una relación de co-producción de armamento; sino que, es posible pensarlo como una dinámica que ha generado una convergencia doctrinal entre las formas de guerra asimétricas ejercidas por Teherán y Moscú.

Desde el 2026 esta relación se ha invertido parcialmente. Rusia no sólo continúa utilizando drones de origen iraní, sino que ahora también transfiere a Irán versiones mejoradas de estos sistemas, incorporando innovaciones desarrolladas a partir de su uso intensivo en el frente ucraniano. Este fenómeno revela la existencia de un circuito de retroalimentación militar en el que ambos conflictos funcionan como espacios de experimentación y ajuste mutuo. Así el campo de batalla en Ucrania ha operado como un laboratorio para el perfeccionamiento de tácticas que posteriormente son adaptadas y desplegadas en el teatro iraní.

De esta forma, el uso de drones se ha consolidado como uno de los principales puntos de contacto entre ambos conflictos. La guerra en Ucrania se ha convertido en el laboratorio contemporáneo más relevante para el desarrollo de la guerra no tripulada, donde tanto Rusia como Ucrania han perfeccionado tácticas complejas de despliegue, saturación, evasión y repliegue de aeronaves no tripuladas como eje central de sus operaciones. Estas innovaciones no han permanecido confinadas a ese frente, sino que han sido trasladadas y adaptadas al conflicto en Medio Oriente. Por ejemplo, los drones Shahed de origen iraní empleados por Rusia han sido reconfigurados y usados en ataques iraníes en el Golfo Pérsico, mientras que Ucrania ha comenzado a exportar su experiencia en defensa anti-drone a diversos países de la región, particularmente a las monarquías del Golfo Pérsico.

Esta dinámica produce una paradoja significativa: Ucrania enfrenta en su propio territorio sistemas de origen iraní, al tiempo que colabora con otros Estados para contrarrestar esos mismos dispositivos. En consecuencia, se configura una interrelación cada vez más estrecha en la guerra de drones, donde tácticas, contramedidas y tecnologías circulan entre distintos teatros de conflicto. Esta transferencia constante de conocimiento no sólo refuerza los vínculos entre ambas guerras, sino que también acelera la innovación en sistemas autónomos incluidos drones navales y terrestres, contribuyendo a una transformación más amplia en la naturaleza de la guerra contemporánea.

Otro eje fundamental de interconexión entre ambos conflictos es el ámbito energético. Las tensiones en torno a Irán, particularmente aquellas que amenazan el tránsito por el estrecho de Ormuz, tienen un impacto directo en los precios globales del petróleo. Este efecto repercute de manera significativa en la guerra en Ucrania, ya que el aumento de los precios energéticos incrementa los ingresos de Rusia por exportaciones de hidrocarburos, proporcionando recursos adicionales para sostener su esfuerzo bélico. 

En este sentido, la inestabilidad en Medio Oriente se convierte en un factor clave para entender la resiliencia financiera y militar rusa. Por su parte, Ucrania ha intentado contrarrestar esta dinámica mediante ataques dirigidos a la infraestructura energética rusa, sobre todo los puertos de rusos en el Báltico, buscando limitar su capacidad de exportar crudo y capitalizar los altos precios internacionales de hidrocarburos. De esta forma vemos como el mercado energético global se convierte en un campo donde los efectos de un conflicto inciden directamente en la viabilidad del otro.

Aquí emerge una dinámica clave, pues el conflicto en torno a Irán no sólo afecta el mercado energético, sino que erosiona la efectividad del régimen de sanciones contra Rusia. Sin embargo, estas medidas dependen críticamente de un entorno de relativa estabilidad en los mercados. No solo porque las sanciones occidentales estaban diseñadas para limitar los ingresos energéticos rusos. Sino porque como medida para evitar un alza de los precios Estados Unidos redujo las sanciones a Rusia para que Moscú venda libremente el crudo a India. 

Además, la volatilidad energética introduce tensiones dentro del propio bloque occidental. Los países europeos son altamente dependientes de importaciones energéticas, por lo que frente al alza de los precios enfrentan dilemas políticos internos: mantener sanciones estrictas implica asumir costos económicos y sociales elevados. Esto genera presiones para organizaciones como la OTAN en donde la crisis en Medio Oriente actúa como un factor de fragmentación dentro de la coalición ya por si tensionada por las tensiones entre Europa y Estados Unidos, especialmente tras el desaire europeo ante la petición de Washington de intervenir en el conflicto en Irán, tras el cual la Casa Blanca ha amenazado con reducir la ayuda a Ucrania.

A esta interdependencia económica se suma una competencia cada vez más visible por recursos militares occidentales, particularmente de Estados Unidos. La escalada en Medio Oriente ha obligado a Washington a repensar su distribución de activos estratégicos, como serían los sistemas de defensa aérea, reduciendo el flujo de apoyo a Ucrania. Esta reasignación tiene efectos inmediatos en el terreno, pues debido a los ataques iranies se termina por disminuir la densidad de defensas aéreas ucranianas. En este escenario Rusia encuentra mayores oportunidades para intensificar ataques con misiles y drones. 

Es así como el conflicto en Irán termina beneficiando a Rusia, pues Teherán no necesita intervenir directamente en el conflicto europeo para influir en él; basta con generar suficiente presión regional para obligar a Estados Unidos a dividir su atención y recursos. Este fenómeno pone a la vista los límites materiales del poder estadounidense y cuestiona su capacidad para sostener múltiples frentes simultáneamente sin costos estratégicos significativos.

En paralelo, ambos conflictos están reconfigurando las dinámicas de alianzas a escala global. Ucrania, ha comenzado a desarrollar una diplomacia más activa en regiones como Medio Oriente, estableciendo vínculos con países del Golfo Pérsico y posicionándose como proveedor de conocimiento en materia de defensa. Este cambio refleja una transformación en su papel dentro del sistema internacional, pues pasa de ser un actor caracterizado en los últimos años por la necesidad de ayuda económica y militar para librar su guerra con Rusia, a un participante activo en la producción de seguridad de los países del Golfo

Por su parte, Rusia utiliza su relación con Irán como plataforma para expandir su influencia en Medio Oriente, manteniendo una postura ambigua que le permite beneficiarse de la inestabilidad regional sin comprometer excesivamente sus recursos. Sin embargo, la creciente cercanía entre Rusia e Irán ha generado preocupación en las monarquías del Golfo. Como resultado, varios de estos países, como Arabia Saudita, han comenzado a acercarse cada vez más a Ucrania, especialmente en materia de cooperación en seguridad, al tiempo que se distancian progresivamente de Moscú.

A este entramado se suman otros actores como China, que observa ambos conflictos como espacios de aprendizaje estratégico, particularmente en áreas como inteligencia artificial, vigilancia y guerra de información. El resultado es una red de interacciones trans-regionales que refuerza la creciente naturaleza multipolar del sistema internacional contemporáneo.

En conjunto, estos elementos permiten entender la relación entre la guerra en Ucrania y en Irán. Esto implica que las decisiones estratégicas en un teatro tienen efectos directos e indirectos en el otro, que los actores comparten recursos y aprendizajes, y que las dinámicas económicas y tecnológicas refuerzan esta interrelación. De esta forma, no podemos pensar en Ucrania y en Irán simplemente como dos crisis simultáneas, sino de un sistema de conflictos interconectados donde las fronteras geográficas pierden relevancia frente a las redes de interacción entre actores que articulan la violencia organizada contemporánea.

En última instancia, entender esta interrelación es fundamental para comprender la naturaleza cambiante del orden internacional. Lo que emerge no es un mundo de conflictos aislados; sino, un entorno donde las guerras se entrelazan, se retroalimentan y se expanden a través de múltiples dominios. En este contexto, Ucrania e Irán no son sólo escenarios de conflictos regionales, sino piezas clave de una transformación más amplia en la forma en que se organiza la competencia global de las grandes potencias en un siglo XXI marcado por la transformación del orden internacional.