Uber y su tecnopolítica

blogeditor · 12 de noviembre de 2015

Uber y su tecnopolítica

La batalla en contra del gigante Uber no es una causa perdida. Su valor en el mercado (51 mil millones de dólares) y presencia global hacen casi inevitable que a dónde sea que la empresa mire, las puertas estarán abiertas. O las abrirá ella misma. México no es un caso único. Desde su creación en San Francisco, a Uber le llueven controversias alrededor del mundo, que se traducen en cientos de victorias y ‘pérdidas’ legales que a su vez terminan generando una ganancia tan significativa que hoy por hoy es la start-up con mayor valor mercantil.

Uber es el número uno en el impero de la “economía compartida”, término bastante engañoso que pretende posicionarse como una alternativa al modelo capitalista del libre mercado. Sin embargo, no es único. Un sinnúmero de pequeñas empresas han seguido este modelo, y en el DF Cabify comparte la controversia y el debate.

Existen muchos argumentos y pasiones para estar a favor o en contra de Uber y negocios afines: principalmente su cuestionada ética de negocios y tácticas agresivas para ganar mercado, su esquema legal que evidencia grandes lagunas en el ámbito regulatorio nacional, y el supuesto desplazamiento del modelo tradicional de transporte que lleva al desempleo a cientos de taxistas. Sin embargo, más allá de glorificar o demonizar el fenómeno Uber, existe algo fundamentalmente problemático que merece mayor atención por parte de la sociedad civil y tomadores de decisiones.

En términos de libertades civiles y vida democrática, ¿qué significa la preponderancia de Uber (como símbolo) en la gobernancia de la ciudad? ¿Qué significa que actores como Uber tengan cada vez un mayor peso en las decisiones de desarrollo urbano, infraestructura pública, y acceso y distribución de tecnologías inteligentes?

[contextly_sidebar id=”UPlgVctUrNPxBwAInjW0t4D5D7fY7lt6″]Ciertamente, la victoria de Uber en ciudades del país se debe principalmente a su ejército de publicistas y operadores políticos, además de su popularidad en redes sociales entre las generaciones del milenio. Parte de su campaña publicitaria es distribuir la idea de que en México los taxis no son seguros, y para una clase media y alta cada vez más dependiente de su teléfono inteligente como ventana al mundo, Uber es la solución perfecta para transitar en una ciudad tan caótica como el DF sin necesidad de poner un pie en el transporte público.

Tal como se ha visto alrededor del mundo, las posibilidades de crecimiento para Uber son prácticamente ilimitadas. Y la compañía lo sabe. Más allá de su ambicioso proyecto chino, en donde planea posicionarse en 100 ciudades en menos de un año, su nuevo bebé es el transporte masivo de pasajeros con su oferta de “rutas inteligentes” en San Francisco. Esto es, carros colectivos que transitan rutas definidas y que los usuarios tienen que abordar a lo largo de dicha ruta. Este servicio es más barato que el servicio tradicional.

¿Qué significa esto? La compañía poco a poco se está convirtiendo no sólo en una competencia del servicio de taxi, sino en un proveedor de un servicio de transporte colectivo; es decir, un servicio que el estado debe de garantizar para la vida pública en las ciudades. Con la diferencia de que con Uber ya existe una ganancia privada mayor a la que existe con las concesiones gubernamentales.

¿Las implicaciones? Quizá pensar en privatización de la infraestructura pública sea un tanto descabellado, pero dadas las circunstancias no es una idea irreal. Sin embargo, podríamos entender mejor las ambiciones de la empresa como una forma de intervenir el espacio urbano y la forma de gobierno de la ciudad. En definitiva, las políticas públicas y los tomadores de decisión no pueden ignorar el rol que juegan los sistemas de manejo de datos masivos y tecnologías digitales “inteligentes”.

Uber está ganando poder político; utiliza su popularidad entre los consumidores y ciudadanos para modificar reglas y leyes locales y estatales. De acuerdo con Frank Pasquale, autor de “Black Box Society: The Secret Algorithms that Control Money and Information”, la innovación principal de Uber se refleja no en el sentido en el que la empresa ofrece nuevos productos, sino en su estrategia de manipulación de masas, en las que socava las necesidades locales y una gobernancia efectiva.

Sin lugar a dudas, Uber ha cubierto un mercado que los taxistas comunes no lograban cubrir, los beneficios para muchos de sus usuarios son claros y se reflejan en la gran popularidad de la empresa. Sin embargo, no hay que perder de vista que Uber y plataformas similares funcionen con análisis de datos en tiempo real. ¿Qué tanto confiamos en los servicios y las tecnologías que usamos? ¿De verdad importa la ética empresarial que rige a este negocio y la manera en que maneja nuestra información? Muy probablemente la mayoría de los usuarios no reparan en este punto. Uno simplemente quiere llegar de X a Y de la manera más eficaz, y Uber provee.

Quizá el punto anterior no nos quite el sueño, pero una cosa es muy cierta: las tecnologías no están ausentes de política; la forma en que los arreglos tecnológicos de las ciudades están diseñados, dicta la forma en que la vida cívica transcurre día con día; el mundo lo vemos ya mediado por la tecnología y la forma en la que entendemos el orden público va directamente relacionado con las innovaciones tecnológicas que de él se desprende. De la misma manera, el ejercicio de poder y la experiencia de ciudadanía dependen directamente del uso, acceso y distribución de infraestructuras tecnológicas de mayor o menor escala.

Uber y sus similares, pero sobretodo Uber, ofrecen un exitoso modelo de innovación que define tendencias y sienta precedentes en los nuevos paradigmas del libre mercado. Sin embargo, la cancha de la tecnopolítica está abierta y Uber toma ventaja para definir nuevas formas de gobernancia. Como muchas tecnologías emergentes, pensar en las implicaciones políticas de ciertas tecnologías o plataformas como Uber nos lleva simplemente a un debate en torno a las regulaciones que eventualmente se traducen en una lista de reglas y principios producto de negociaciones “transparentes” entre los actores afectados.

Sin embargo, si cambiamos un poco el ángulo de análisis hacia las dimensiones políticas intrínsecas al desarrollo tecnológico, podemos ver que Uber tiene implicaciones políticas aún antes de ser debatidas en el ámbito regulatorio. Y Uber lo sabe: su historia de usar dinero para influir decisiones en el congreso, amenazar a periodistas críticos de su proyecto, autoerigirse como protector y dueño de la inmensa base de datos de sus clientes y usarla como capital político con los gobiernos de distintas ciudades, es claro que existe una agenda política de por medio.

Uber se presenta como un modelo de transporte masivo para la nueva era, un modelo inteligente y eficiente con capacidad para reemplazar la infraestructura existente, desde taxis, peseros y autobuses. Conociendo las estrategias y manejos de Uber, muy probablemente va a ganar esas batallas. Y sí, esto suena más a un viaje paranoico, pero en realidad la moraleja es que las tecnologías son desarrolladas y moldeadas por seres humanos con libertades y preferencias, ciertos valores y éticas. En contextos sociales, la relevancia de incluir la dimensión ética le ofrece al consumidor y ciudadano una herramienta democrática única, el poder de decisión.

Sin lugar a dudas Uber llegó para quedarse, y después de Uber vendrán más. Bien valdría incluir en el debate público el valor político y social de desarrollos tecnológicos digitales que manejan toneladas de datos privados que poco a poco convierten a los núcleos urbanos en smart cities que ciertamente facilitan nuestra vida como ciudadanos digitales, ¿pero a cambio de qué?

 

* Carlo Altamirano Allende es egresado de la licenciatura y maestría en Física por la UNAM, y actualmente está terminando su doctorado en estudios sociales sobre ciencia y tecnología en Arizona State University.