blogeditor · 14 de febrero de 2017
El filósofo búlgaro, nacionalizado francés, Tzvetan Todorov (Sofía, 1939-París, 2017) falleció el pasado siete de febrero a los 77 años. Padecía una enfermedad neurodegenerativa. Fue uno de los pensadores más agudos e inteligentes de las últimas décadas. Su trabajo lo realizó desde un intenso enfoque multidisciplinar. A más de filósofo fue lingüista, historiador, crítico de arte y teórico de la literatura. En síntesis, un gran humanista.
En 1963, 25 años antes de la caída del muro de Berlín, dejó la Bulgaria comunista para estudiar y radicarse en Francia. Fue discípulo predilecto de Roland Barthes. En 1973 obtuvo la nacionalidad francesa. Sus primeros escritos están dedicados a la crítica literaria, de manera particular a la poética de los formalistas rusos. De esa época son Gramática del Decamerón (1969), Introducción a la literatura fantástica (1970), Poética de la prosa (1971). De ahí pasa a sus estudios de la filosofía del lenguaje. Publica Teoría de los símbolo (1977) y Simbolismo e interpretación (1978)
Abandona esa línea de pensamiento y gira hacia la reflexión propia de las ciencias sociales en su sentido más amplio. En particular la historia de las ideas. Utiliza el ensayo como medio para expresarse. Estudia a profundidad la filosofía de la Ilustración. Dedica trabajos a Rousseau, Voltaire y Diderot. Escribe El espíritu de la Ilustración. En 1981, con La conquista de América, se introduce a la cuestión del otro. Al tema de la alteridad en las sociedades coloniales. Se centra en el ser humano y su relación con la historia y la inserción en la comunidad en la que vive.
En 2010 planteó, en una entrevista con El País y adelantándose a lo que ya se veía iba a pasar, que “el miedo a los inmigrantes, al otro, a los bárbaros, será nuestro gran primer conflicto del siglo XXI”. Ese miedo es el que convoca a la derecha europea y también a personajes como Donald Trump y quienes lo siguen. Es el miedo que despierta los sentimientos más básicos y primitivos que se traducen en xenofobia y racismo.
Él vivió en carne propia los efectos del totalitarismo en la Bulgaria del socialismo real sujeta a la Unión Soviética (URSS). De ella huye. En sus trabajos disecciona el funcionamiento de los totalitarismos y los populismos del siglo XX, que lo llevan al estudio de la relación del individuo con el poder político e ideológico. En Memoria del mal, tentación del bien expone que el acontecimiento más decisivo del siglo XX es el conflicto entre el totalitarismo y la democracia. En el plantea que las causas nobles no disculpan los actos innobles y que comprender al enemigo significa descubrir en qué nos parecemos a él, para luchar contra eso.
Los rebeldes, los que no se conforman con el estado de las cosas, fue un tema que ocupó su reflexión en los último años. En 2015 publicó Insumisos. Ofrece una galería de retratos con la vida de luchadores en los más distintos frentes que van de Pasternak, pasando por Solyenitzin y Malcom X, a Snowden. Antes de morir deja terminado El triunfo del artista, su último libro, que será publicado el próximo marzo. Trata de la relación de los creadores y los artistas con la Revolución Rusa. Plantea que para enfrentar a quienes quieren convertir al ser humano en una máquina que se reproduce en cadena y está sometido a reglas y normas que lo manipulan, hay que revivir los valores estéticos, éticos y espirituales de los artistas que trata en su obra.
Él se definía a sí mismo como un “hombre desplazado”. Expresaba su condición de una persona que había tenido que emigrar, desplazarse, de su país de origen, donde se vivía el totalitarismo, a una nueva realidad donde pudo desarrollar todas sus posibilidades. Su condición de exiliado lo hizo crítico acérrimo de todas las atrocidades cometidas en nombre de la utopía revolucionaria en cualquier lugar del mundo. De eso trata La experiencia totalitaria (2010).
Todorov fue profesor y director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), en París. También dio clases en Yale, Harvard y Berkeley. En 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar “el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia”. Entre 1981 y 2014 estuvo casado con la escritora canadiense Nancy Huston, formaron una pareja que fue una institución en la vida cultural francesa.