blogeditor · 11 de diciembre de 2019
Desde los primeros días de su mandato, el presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, dejó muy claro que las sospechas y promesas de su política respecto al medio ambiente serían cumplidas: no le importaría nada de esa “basura ambientalista”, mucho menos si tuviera que ver con la “falsa noticia del calentamiento global”, o cambio climático.
Uno de los primeros reveses prácticos e inmediatos fue la revocación de la Norma de Protección de Corrientes, que imponía limitantes importantes al desecho y a la contaminación de los ríos. Le siguieron la casi inmediata autorización del controversial oleoducto Keystone XL; el revés a las leyes de cambio climático so pretexto de “promover la independencia energética”; la reducción de zonas protegidas bajo el esquema de Monumentos Nacionales, como las de Bears Ears o Grand Staircase Escalante; la cancelación de la regla que protegía ballenas, tortugas y delfines de la pesca colateral, y la eliminación de castigo a las muertes accidentales de aves migratorias.
¿Es poco? Después vino el recorte al programa de la NASA para el monitoreo del cambio climático; la eliminación que hizo la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de este término, junto con todo lo referente al mismo, de su plan estratégico; las cancelaciones presupuestarias para la ayuda a la conservación de especies en peligro más allá de sus fronteras; el permiso emitido para la instalación de las primeras Plataformas Petroleras en el Ártico; el permiso para el uso de las controvertidas armas de explosiones sísmicas en el océano para detectar depósitos petroleros; la laxitud impuesta a las leyes para importación y traslado de mercancía ilegal de vida silvestre y trofeos de caza; la orden ejecutiva para talar más de un millón de kilómetros en madera con el fin de “evitar incendios”; la creación de su nuevo “Comité asesor” para la revisión de leyes sobre caza, compuesta prácticamente por puros cazadores y amantes de las armas; su apoyo a las políticas de extracción de carbón mineral; la reducción a la investigación y desarrollo de energías renovables y sustentables, y quizá la más fuerte y sonada campanada al respecto, la cancelación de la participación estadounidense en el Acuerdo de París contra el cambio climático. Poniéndolo en los términos de la cultura literaria popular, Trump es Sauron y desde que llegó comenzó el nuevo florecimiento de Mordor sobre su tierra.
Mientras tanto en México, si bien en términos simplistas un político como Andrés Manuel López Obrador sería un contrapeso relativamente natural a un presidente de corte “imperial capitalista” como Trump, la realidad es que las definiciones presupuestales, propuestas y algunas promesas del presidente mexicano respecto al medio ambiente y las políticas de conservación, que arrancaron hace poco más de un año, exponen una visión preocupante que lo acerca más al estilo desinteresado y enfocado en la producción de Trump que a un pensamiento progresista como el que los más positivos esperaban.
A la construcción de la refinería de Dos Bocas, la termoeléctrica de Huexca, el tren de mil 500 kilómetros que atravesará la Península de Yucatán y el otro en el istmo de Tehuantepec, se sumaron el aumento a las importaciones de carbón y petróleo, la negativa a destinar presupuesto para la generación de energía eólica y solar, el recorte a los programas de empleos temporales entre los que se incluían los brigadistas contra incendios forestales, la reducción del 20% del presupuesto destinado a la Secretaria de Medio Ambiente y la construcción del Aeropuerto de Santa Lucía.
La cereza del pastel de primer cumpleaños de AMLO en materia medio ambiental fue la acusación de transformar la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) en un organismo descentralizado, lo que a decir de Jorge Soberón Mainero, extitular de dicha Comisión y doctor en Ecología, supone casi su destrucción, al condenarla a carecer de un presupuesto propio y de personalidad jurídica –como quien dice, dejarla morir de hambre– , aunque a esa historia le falta mucho por definir.
Empero, dada la naturaleza del cargo y el tiempo de haberlo tomado, la administración mexicana aún tiene tiempo de corregir el camino, ajustar algunas de las propuestas y cumplir con la otra visión que dijo, y dice aún el presidente, tendría su mandato sobre la protección del medio ambiente, la tierra y las especies animales.
Añadiendo estudios serios de impacto (y atendiéndolos, no sólo leyendo los resultados) para dichas obras, consultando expertos para mitigar los efectos de aquellos inaplazables y apresurando la revisión de los programas, su efectividad y su transparencia (que dicen es la razón para los recortes “temporales”) la gestión podría aún mediar entre la producción, el desarrollo social y la conservación del ambiente en uno de los países con mayor importancia ecológica del mundo.
La política dista mucho de responder a ideologías personales puras, pero no imagino a un hombre como Andrés Manuel –aquí sí tan distinto a Donald–, que conoce el trabajo de la tierra y la humedad selvática, permitiendo la conversión de este suelo en asfalto y carreteras.
El presidente necesita ser mejor asesorado y por especialistas que no sólo piensen en el desarrollo de las comunidades desde una visión económica, pues es bien sabido que el desarrollo productivo en nuestra especie sin educación en sustentabilidad, conservación y respeto por la naturaleza deriva en la transformación total de ecosistemas equilibrados en pequeños centros productivos superpoblados.
Así, quizá, en esta historia México aún podría ser Gondor, a las puertas de su contraparte oscura; nunca perfecto, falible, sí, pero intentado usar sin abusar y con la posibilidad de siempre tratar de ser mejores.
* Paco Colmenares (@pacocolmenares) es Periodista y Productor extraído de la UNAM, investigador especialista desde hace más de una década en temas de fauna, animales de compañía y medio ambiente, director de Red Animalia. Conserva las esperanzas tanto tiempo que se le echan a perder. FB: PacoColmenares.
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