Redacción Animal Político · 15 de febrero de 2025
¿Por qué ha sido tan efectivo el discurso político de Trump? ¿Por qué la oposición ha tenido tantas dificultades construyendo un mensaje coherente ante el populismo? ¿Cómo se explica que el mensaje de Trump funcione, aun cuando está repleto de evidentes absurdos y sinsentidos?
Quizás una respuesta a estas preguntas comience por poner atención a cómo Trump instrumentaliza el humor y la burla en su comunicación política. Muchas de las palabras de Trump son ostensiblemente descabelladas o ridículas. Desde esa perspectiva, son bromas; no van en serio. Pero al mismo tiempo, los dichos de Trump son emitidos “con toda seriedad” en calidad de decretos presidenciales e iniciativas de ley. Trump usa la provocación para poner en entredicho la delgada línea entre lo serio y la broma, debilitando en el proceso a la oposición y poniendo en riesgo la posibilidad de la genuina deliberación política.
Discursivamente, Trump es un troll, un provocador, un bromista. El discurso de Trump es un peligroso juego lingüístico donde pierde quien no se da cuenta de que la provocación es una provocación, tomándose en serio lo que se dijo en broma. Pero pierde también quien descarta la broma por creer que no va en serio. Aun cuando Trump habla “en broma”, los efectos de sus políticas son absolutamente reales. He ahí el dilema: no se puede contestar a Trump “en serio” porque su discurso muchas veces es una deliberada provocación, pero tampoco se puede “seguirle la broma” porque con ello se convalidarían políticas nefastas, iliberales, racistas y mucho peor.
Los trolls han alcanzado prominencia en la cultura popular gracias al internet, aunque sus métodos son mucho más viejos que la red mundial. El troll lanza un anzuelo. Dice algo medianamente ridículo, ofensivo o estúpido. Espera que alguien reaccione. El troll sabe que lo que dice no es en serio; sabe que es alguna extravagancia. Pero como dice el filósofo PJ Connolly, “la intención es que la víctima responda a la expresión de troleo como si fuera una declaración seria y digna de una respuesta seria”. 1 Esa es la esencia del troleo: que la víctima confunda lo ridículo con lo serio y reaccione en consecuencia. Es una burla a expensas de quien muerde el anzuelo.
Más que ser mentiroso, el troll es indiferente a la verdad y en el caso de Trump a los efectos materiales de sus palabras. Aplica al troll lo mismo que el filósofo Harry Frankfurt dijo sobre el charlatán: “Su ojo no se fija para nada en los hechos […] No le importa si las cosas que dice describen correctamente la realidad. Simplemente las extrae de aquí y de allá o las manipula para que se adapten a sus fines”. 2 El fin del troll es inducir reacciones en sus víctimas. La veracidad o mentira de sus dichos son simplemente accesorias a esos objetivos.
El problema cuando el presidente es un troll es que sus palabras tienen consecuencias reales, aun cuando él las emita sin seriedad. No son simples opiniones: son declaraciones que afectan jurídicamente la vida de millones de personas. Como explicó el filósofo JL Austin, existen enunciados que no solo describen la realidad, sino que la modifican al ser pronunciados -como cuando alguien hace una promesa o cuando un presidente emite un decreto. 3 Entonces, ¿qué implica que un presidente emita estas declaraciones vinculantes “en broma”?
Trump mostró su estrategia de provocación política cuando firmó una acción ejecutiva para no reconocer como ciudadanos a los hijos de extranjeros nacidos en suelo estadounidense. La orden es abiertamente inconstitucional y contradice el sentido literal de la 14ª Enmienda. Además, tiene un claro subtexto nativista y racista. Pero esa es precisamente la provocación: desafiar el orden constitucional y la tradición jurídica estadounidense.
La reacción es inmediata. Expertos legales aclaran lo obvio: que la acción es notoriamente inviable y que el presidente no puede modificar la Constitución por decreto. Los tribunales probablemente invaliden la orden. Pero esto no sería un revés para Trump; al contrario, refuerza su narrativa de persecución por parte de las élites y pone en ridículo a quienes se vieron obligados a desmentir una obviedad. El sistema jurídico es arrastrado a un juego absurdo, en el que debe gastar su capital político para responder con toda seriedad a un presidente muy popular que emite evidentes provocaciones.
Al mismo tiempo, una orden ejecutiva tiene la fuerza de ley mientras esté vigente. Trump puede ser indiferente a si su orden es revocada en tribunales, pero las personas afectadas no tienen ese lujo. Mientras la acción es impugnada y resuelta, cientos de miles de familias migrantes enfrentan incertidumbre, miedo y posibles consecuencias devastadoras. La estrategia de Trump no es solo desafiar el marco legal, sino desgastar la resistencia institucional y humana que se opone a él.
Además, no todas las declaraciones de Trump serán frenadas por tribunales o instituciones. Aunque improbable, la Corte Suprema de EE.UU. podría revertir sus propios precedentes y reinterpretar la 14ª Enmienda. Muchos de los actos de Trump serán detenidos por ser inconstitucionales, absurdos o incoherentes, pero no todos. Trump siembra la duda, y esa incertidumbre erosiona la deliberación política.
La provocación presidencial es un juego de poder donde Trump tiene todas las de ganar. Ante esta encrucijada, ¿cómo se puede responder? Seguramente no exista una única respuesta a tan complicado reto. Pero puede ser útil dar un paso atrás y analizar por qué Trump ha necesitado recurrir a la “broma” para avanzar sus políticas. ¿Por qué Trump no puede hablar en serio?
Las “bromas” permiten decir aquello que se ha vuelto indecible. Como señaló Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, el humor permite manifestar lo que socialmente sería inaceptable expresar de forma directa, notablemente la violencia y el deseo sexual. 4 El chiste canaliza impulsos reprimidos de forma socialmente aceptable.
Tal vez valga la pena preguntarse qué se oculta detrás de la provocación de Trump. ¿Qué impulsos sociales reprimidos canaliza Trump con sus burlas? En lugar de responder directamente a la provocación, quizás la estrategia más efectiva sea atender aquello que la motiva. Si se logra identificar esos impulsos y redirigirlos, podrían canalizarse hacia fines más productivos y armoniosos que los que promueve el presidente.
* Bruno Anaya (@brunoanaya) es investigador interdisciplinario en materia de política, derecho y filosofía. Es doctor en retórica por la Universidad de California, Berkeley. Especialista en filosofía política, su investigación aborda las matices teóricas de la evolución del sistema jurídico mexicano. Contacto: [email protected].
1 P. J. Connolly, “Trolling as Speech Act,” Journal of Social Philosophy 53, no. 3 (2022): 411.
2 Harry Frankfurt, Sobre la charlataneria (On Bullshit) y Sobre la verdad, 2013, 61.
3 J. L. Austin, Cómo hacer cosas con palabras: palabras y acciones, ed. J. O. Ursom, 1. ed., 9. impr, Paidós Studio 22 (Barcelona: Paidós, 2010).
4 Sigmund Freud, Obras Completas – Tomo VIII – El Chiste y Su Relacion Con Lo Inconciente (Buenos Aires, 2001).