¿Qué haremos si Trump gana otra vez?

Redacción Animal Político · 8 de enero de 2024

Desde octubre del año pasado Donald Trump está arriba en las encuestas. Dado que el margen entre él y el presidente Biden es muy pequeño, muy probablemente tendremos una semana cardiaca en noviembre para saber quién ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años. A diferencia de 2016, no habría sorpresa si Trump gana. Y la discusión pública en México debe abocarse a reflexionar qué hará el país si vamos a vivir una segunda presidencia de Trump.

Efectivamente, una lectura cínica de la relación entre México y Estados Unidos indicaría que no hay gran diferencia entre demócratas y republicanos en cuanto a la relación bilateral. Hay que evadir esta lectura. El tema no es del tipo de política que nos pedirán desde Washington, sino de su intensidad. Claramente, en materia migratoria, seguridad y comercio, Trump es mucho más hostil de lo que Biden ha sido hasta ahora.

Trump preguntó si el Ejército norteamericano podía bombardear los laboratorios de las organizaciones criminales que trafican drogas ilícitas desde México, según las memorias de su exsecretario de defensa, Mark Esper. Trump nos hostigó con una guerra de tarifas comerciales si no deteníamos a los migrantes y desplazados centroamericanos en nuestro territorio. Y sin duda, los términos del T-MEC están diseñados para mover la base industrial mexicana a Estados Unidos. Biden ha continuado el tono de estas demandas a México, pero sabemos que él no buscaría intervención militar, guerras tarifarias (fuera de los mecanismos convencionales) o nuevos decretos migratorios más allá de la legislación actual.

La estrategia mexicana en las administraciones de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador respecto a Trump coincidió con la dinámica que la mayoría de los países encontraron para reducir la hostilidad del magnate: contactos personales y ceder lo más posible. De hecho, Trump parece tener una buena impresión de López Obrador, pero a partir de octubre, la presidenta probablemente será Claudia Sheinbaum. Y no sabemos si Jared Kushner, quien fungió como el mediador entre la Casa Blanca y Cancillería, cumpla el mismo rol. Lo que si sabemos es que Trump ya conoce cómo torcer los mecanismos que lo detuvieron en su última presidencia.

La estrategia de apaciguamiento tiene sus límites. El más importante es que no haya más recursos políticos, sociales y financieros para mantenerlo. Las demandas de la administración Trump pueden llegar a ser demasiado grandes en su segunda presidencia. No será en actos de bufonería como hacernos “pagar el muro”, pero si será en materia migratoria y de seguridad, la cual obsesiona al votante conservador republicano. Entonces, la pregunta -que nos hicimos en 2016 y tenemos que hacer otra vez en 2024- es ¿cuál será nuestro límite? Ese límite lo definirá el gobierno, pero dependerá mucho del animo social.

Creo que México tiene dos herramientas muy poderosas para calibrar nuestra política exterior: la dependencia de los estados fronterizos de Estados Unidos al comercio con México y la posibilidad de fortalecer nuestra colaboración con el gobierno de China. El nearshoring nos da un poder estratégico que pocos países pueden tener sobre Estados Unidos: la capacidad de influir en la economía de Estados Unidos y de alterar el balance político contra China.

Claramente, hacer este acto requiere de inteligencia, discreción, pero -sobre todo- coraje político. La elasticidad del capital político de nuestra administración para usar esta estrategia dependerá igual de nuestra tolerancia a la subordinación política con Trump. Tuvimos bastante hace unos años, ¿qué tanta elasticidad y tolerancia habrá si lo que pide Trump es mucho más de lo que pedía hace seis años? Igualmente, enfrentamos un dilema importante: tomar decisiones respecto a nuestro recurso estratégico de última necesidad, el comercio, puede afectar a ambos países, a la economía global, y a nuestra población. No es fácil plantearnos esa alternativa sin tener claridad de cuál sería el costo de no ponerla en la discusión pública como una advertencia creíble.

No es secreto, la discusión política en México es sumamente parroquial. Pero nuestra vida después de 30 años de vigencia del TLCAN-TMEC es inescapablemente binacional. Según la encuesta del CIDE sobre actitudes de los mexicanos hacia el exterior, 56 % no está interesado en temas internacionales. La última encuesta del CIDE sobre estos temas es de 2019, así que no sabemos cuál es la actual percepción. Pero los datos indicaban que la población mexicana tenía una impresión positiva sobre Estados Unidos, una creciente percepción negativa de la migración centroamericana, y una mejora de la percepción sobre China. Juzgando con esos datos, al menos podemos anticipar que hay un espacio de maniobra, pero restricciones en materia de migración. Adicionalmente, como advertí hace unos meses, dar mucho espacio a las empresas que se están relocalizando en México desde China puede sabotear nuestra política en materia laboral.

Finalmente, Estados Unidos sigue siendo muy poderoso en la escena global, pero estamos presenciando dos fenómenos preocupantes: su declive político y su faccionalismo. Aunque tenemos relativa independencia de su política exterior, a México no conviene un declive económico de nuestros vecinos dada nuestra dependencia. El sueño de desvincularnos de su economía es imposible sin una política industrial más ambiciosa. En cuanto al faccionalismo, varios autores como Peter Turchin y Barbara Walter están alertando de un riesgo real de violencia política en ese país, incluso de una guerra civil. México debe tener un plan de contingencia en estos escenarios. Hasta ahora, no hay mucha substancia en esta discusión, pero lo amerita. Dediquemos los próximos meses a pensar qué haremos antes de que llegue Trump a la Casa Blanca, en lugar de solo esperar que Biden sobreviva.

@rgzepeda