Redacción Animal Político · 21 de enero de 2025
Escribo estas líneas minutos después de que ocurriera la noticia que solo parece ser noticia para los opinadores en México. No hay nada en las órdenes ejecutivas ―los columnistas, la comentocracia y los diarios nacionales insisten en llamarles “decretos”, “decisiones”, lo cual es confuso y poco preciso, si bien parece que a partir del desconocimiento de ese poderoso instrumento jurídico del presidente de Estados Unidos, los medios políticos y de comunicación al sur de la frontera con ese país llevan, como suele decirse, agua para su molino. Cada orden ejecutiva estaba más anunciada que el hecho incontrovertible de prever que mañana temprano volverá a salir el sol, o que pasado mañana habrán muerto otras decenas más de personas cortesía del crimen a lo largo y ancho del territorio nacional. Por favor amigas, amigos y amigues: nada de eso es noticia.
Me explico.
La confusión parece premeditada. Lo mismo para quienes, no encuentro otra forma de decirlo, se pasaran al otro lado y peroraron anticipadamente de algo que, válganos dios, llaman el fin de la decencia ―la de quién, porque ahí cabe la especie humana completita; que para quienes se erigieron en salvadores del homo sapiens liberal, tan clemente y bondadoso como el Pueblo Bueno, para lo cual ―en su ignorancia de la historia de las ideas y del pensamiento estratégico, en tanto que el término proviene de la izquierda socialista estadounidense― se sacan del viejo cajón la expresión “guerra cultural” al tratar de cifrar el sentido profundo de la segunda presidencia de Trump, cuando la guerra, las guerras reales que ya tienen lugar, cambiarán y/o se extenderán hacia otros frentes en el mapa. Tampoco es noticia. Entre la militancia dura, uno encuentra afirmaciones al mismo tiempo simplonas y espeluznantes que denotan, además del retorno triunfal y literal del significado atávico del nombre de la Patria, el ombligo de la Luna, la necesidad urgente de recibir atención profesional para tratar un narcisismo agudo del tipo que lleva a decir cosas como estas: “Trump nos estará hablando a nosotros”. No estamos lejos de leer, la semana próxima: “Les cuento que a mí me hablaron, en teleconferencia, Jesucristo, Benito Juárez, Carlos Jonguitud Barrios y la Doña, María Félix. Tranquilos chicos, calmantes montes, alicantes pintos: Estados Unidos, problemita resuelto”.
Mientras tuvieron lugar los numerosos inaugural balls y otras sórdidas celebraciones en torno al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, medio mundo y medio Washington anduvieron a la caza de las órdenes ejecutivas firmadas por Trump antes de largarse a bailar por enésima ocasión “Macho Man”. No es necesario tenerlas ni verlas. Basta con repasar la lista que los señala puntualmente. Ahí tampoco nadie ―más o menos pensante, más o menos informado― encontrará mayores sorpresas. En el plano doméstico, entre otras prioridades, como todo presidente que se respete ―es complicado argumentar cómo es que el actual en efecto lo logra―, una vez más habrá que drenar el pantano, hacer América grandiosa otra vez, implementar algo que en México conocemos desde el tiempo de la Colonia como la “simplificación administrativa”, ya no echar para atrás cualquier asunto relativo a la inclusión y diversidad sexuales, sino de plano regresar al tiempo de las cavernas.
En el plano internacional, que empieza ―para quien, diferencia de la burocracia de Relaciones Exteriores, sí conoce Estados Unidos― al interior del país: deportaciones, que sí habrá, de mexicanos y de todas partes del mundo que, esto tampoco es noticia, serán echados al otro lado de la frontera, en el país cuyo gobierno dice que no será tercer país seguro ―cosa que, al menos yo, tomo al pie de la letra: acá nadie está seguro ―incluidos los amigos del abrazo, ya catalogados como parte del terrorismo internacional.
Para todo lo demás, que no es poco, vale apoyarse en la última edición de The Military Balance (2024) que cada año arma y edita el equipo de expertos del International Institute for Strategic Studies de Londres, siempre con voluntad de hacer comprensible, al menos para quien quiera entender, las tendencias en los conflictos armados y crisis alrededor del mundo. Cada edición incluye un mapa detallado que vale más que tres mil presentaciones de PowerPoint proyectadas a deshoras en Palacio.

A menos que se padezca de daltonismo (es mi caso), echándole una mirada al mapa de conflictos y crisis del IISS, queda claro que México, Colombia, yo agregaría Venezuela ―que no fue incluida por las fechas de la fraudulenta elección y toma de posesión de Nicolás Maduro―, no están color de hormiga como Ucrania, Palestina, Israel, Líbano, Afganistán, Sudán, pero sí más ardientes que India, Turquía, Níger, Mozambique. Cabe señalar que las diferentes tonalidades con que se identifican los países/conflictos/crisis refieren al impacto humano medido con diversos criterios: mortalidad, heridos, desplazados, desaparecidos, hambrunas, fallas de las economías, entre otras.
Se trata de un instrumento que refleja los alcances, el reach, que tendrá el despliegue militar de Estados Unidos con Trump, sus agencias de inteligencia, qué embajadas de ese país serán cruciales: un instrumento útil para quien busque entender y ver un poco más allá. Estados Unidos vuelve a ser, otra vez, la única potencia global. Ofrezco mi reino por un caballo que no nos están precisamente hablando a nosotros.
Al contrario, la red consular de México, el embajador en Washington que no para de grabar videos inocuos, deberían estar hablando con ellos: con quienes no son amigos ―en el entendido que la diplomacia es el arte de la persuasión, se supone― por ejemplo, empleadores racistas que no vacilan en contratar mexicanos porque de lo contrario el negocio se cae por costos; con los supremacistas, que odian más a otros grupos étnicos antes que los paisanos; con Fox News y demás outlets donde se congrega la demencia y la desinformación, con los republicanos en todos los niveles. Y no con los aliados de siempre. Ni como táctica elemental camina hacerse amigos de los restauranteros, empresarios y activistas mexicanos y/o de origen mexicano. Menos aún presentar eso como un dique de contención. La señal es contundente: gracias por ser mi amigo, amigo, pero ahí vienen los malos. Agárrate, que juntos nos arrojamos al precipicio.
* Bruno H. Piche (@BrunoPiche) es ensayista y narrador. Ha sido editor, diplomático, promotor cultural y de negocios internacionales. Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y más recientemente, La mala costumbre de la esperanza (Literatura Random House). En 2025 aparecerá su libro de ensayos biográficos del primer premio Nobel mexicano, Alfonso García Robles, por El Colegio Nacional, del cual García Robles fue un destacado miembro.