Joel Aguirre · 1 de septiembre de 2026
La cantante Rosalía concluyó la semana pasada su paso por México dentro de la gira mundial LUX Tour 2026. Una de las canciones centrales de este nuevo álbum es “La perla” que, de acuerdo con la intérprete, está inspirada en la vida de Santa Fabiola de Roma, quien consiguió el divorcio a pesar de que en la civilización romana este derecho les pertenecía exclusivamente a los hombres. Las razones de la separación fueron la violencia y crueldad sufrida por parte de su esposo. En alusión a ello, en la canción se menciona este arquetipo de hombre como un terrorista emocional.
Hasta el momento no existe un concepto unísono ni una definición jurídica aceptada por todos los países u organizaciones internacionales para el término terrorismo. La falta de un consenso global se centra en la carga política, ideológica y hasta racial que implica; lo que para un gobierno es resistencia, legítimo derecho o liberación, para otros es considerado un acto en contra de intereses geopolíticos.
Por ejemplo, para la Interpol el terrorismo abarca un abanico de amenazas complejas como las que llevaron, el pasado 27 de agosto, a Donald Trump a anunciar el cambio de nombre del Lago Ontario que comparte Estados Unidos con Canadá. La razón: un enfrentamiento comercial sustentado en el proteccionismo estadounidense e instrumentalizado con barreras arancelarias entre ambas naciones.
Es bien conocido el axioma “lo que no se nombra no existe”, pero aceptar esto implica otras interrogantes: ¿quién nombre y desde dónde lo hace?, ¿quién o qué le autoriza definir? Y lo más importante, ¿cuál es el objetivo?
El filósofo colombiano Santiago Castro Gómez definió “la hybris del punto cero” en las ciencias sociales como la redefinición, reconceptualización y recategorización epistemológica absoluta desde donde se cree que el conocimiento es puramente objetivo, universal y sin ataduras. Utilizar estos anteojos conceptuales implica priorizar un conocimiento sobre “un otro” que no es válido, avanzado ni racional y es en este punto donde hace sentido la colonialidad del poder.
Renombrar un cuerpo de agua podría considerarse un acto meramente polémico con fines de mercadeo político. No obstante, esta es parte de una serie de acciones en el mismo tenor que implican mínimamente una violencia epistémica. En enero de 2025 Trump cambió el nombre del Golfo de México por Gulf of America; el Estrecho de Ormuz por Trump Strait, y ha prometido cambiar el nombre del Canal de Panamá, el Lago Ontario por el Lake America y ha planteado la posibilidad de cambiar los nombres de los océanos Atlántico y Pacífico.
Paulatinamente, si lo vemos en un mapa, esta hybris del punto cero de Trump ha creado un hexágono donde se encuentra su zona de influencia o quizá nuevas líneas de contención o repartición geográfica del mapamundi. Imperialismo en su máxima expresión. Aunado al abanico de amenazas de adhesión tanto para Groenlandia y Cuba como a Canadá.
Por otro lado, lo más aterrador es que la reconceptualización del hexágono de Trump no es tomada como agresión, sino como agenda occidental. De forma casi simbiótica, el gigante tecnológico Google comunicó, 24 horas después de la firma de la orden ejecutiva para el cambio de nombre, que su mapa se ajustará a los deseos de Trump a pesar de que la denominación del Lago Ontario data de hace más de 400 años, anterior a la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
La propaganda toponímica es probablemente uno de los trucos políticos más longevos que existen para borrar un pasado incómodo o emplearse como un dispositivo estético-visual diseñado para la proyección de soberanía, permitiendo imponer un marco hermenéutico a las tensiones globales y así legitimar una arquitectura discursiva.
Con la excusa de honrar la historia Trump pretende Making the Great Lakes Even Greater. Sin embargo, la tendencia de renombrar territorios no es un acto per se neutral, sino, de acuerdo con Foucault, un ejercicio directo de poder y control social.
Renombrar es también redibujar. En su obra Los condenados de la tierra, Frantz Fanon menciona que llamar a las calles, plazas o ciudades con nombres de generales, reyes o santos imperiales funciona como un recordatorio permanente de la conquista y la sumisión. Renombrar los lugares rompe físicamente la geografía del opresor y borra los símbolos de la ocupación. Empero, el nombramiento del Lago América genera una regresión a un sistema colonial, aparentemente superado en esa zona, que se sustenta en la violencia absoluta, la división radical de la sociedad y la deshumanización sistemática del colonizado.
Ante esto surgen las interrogantes: ¿El renombramiento es un acto democrático para incluir a los estadounidenses? ¿Este hecho tendrá implicaciones a futuro o solo busca crear presión durante la tensión comercial de ambas naciones? ¿La humanidad se encuentra frente a un episodio colonial condicionado por los planes de un mandatario?
Para Fanon, el colonialismo deshumaniza al sujeto oprimido, generando neurosis, depresión y la internalización de una identidad falsa. Por ello, la cura a este mal se encuentra en la creación de una sociedad completamente nueva que no replique las estructuras económicas ni mentales del opresor para así construir un humanismo verdadero, libre de opresión y basado en la igualdad; una redención anticolonial.
Rosalía canta sobre un personaje que denomina ladrón de paz e invita a artistas para compartir los secretos de su vida amorosa en el escenario sirviendo en una especie de catarsis. “La perla” también funciona como la banda sonora para la prepotencia geopolítica: una carta de desahogo contra aquellos que creen que pueden adueñarse de lo que es compartido, y renombrar las zonas a su antojo con todas las implicaciones que esto conlleva.♦