Redacción Animal Político · 25 de abril de 2025
Cerca de cumplirse los cien días de su segundo periodo al frente de la Casa Blanca, Donald Trump ya ganó un torneo de golf y le realizaron sendos exámenes -uno médico, el cuál aprobó con excelencia pese a su mala alimentación y pésimos hábitos, y el segundo para medir su IQ, que superó con mucho al de cualquier presidente en la historia de los Estados Unidos. Además, anunció la llegada masiva de diversos enviados de otros países dispuestos a, como lo blofeó en redes, “besarme el trasero”, luego de sus amenazas de imponer tarifas arbitrarias a intercambios comerciales con países de todo el mundo.
Menciono sólo algunas de las hazañas que ha presumido en semanas recientes para las que Trump, por otro lado, no ha entregado ninguna evidencia de que sean ciertas, por lo que es muy probable que todo sea parte de su colección de mentiras con las cuales ya se podría construir un museo.
Tres meses después de que Trump asumiera por vez primera el cargo de presidente, en abril de 2017, se celebró en la Facultad de Medicina de Yale una conferencia llamada El deber de advertir, que dio como resultado un libro de gran éxito de ventas: “El peligroso caso de Donald Trump: 27 psiquiatras y expertos en salud mental evalúan a un presidente”.
Todos esos peritos, a falta de poder realizar un diagnóstico a través de una consulta directa, evaluaron a Donald Trump a través de sus innumerables apariciones, reacciones y comentarios en público. Y si bien algunos de esos profesores no se pusieron de acuerdo en algunos de los trastornos mentales que podría padecer el presidente, debido a los evidentes signos de grandiosidad, victimismo manipulador, necesidad de adulación, pero sobre todo el de ser un mentiroso patológico, todos coincidieron en algún punto en su inmanente narcicismo.
Siendo una figura pública desde por lo menos hace 40 años, rastrear las viejas falacias de Trump es tan sencillo como inútil. Así que me remitiré a la que fue su Gran Mentira, la que finalmente lo exhibió como el sicópata convertido en criminal y aspirante a dictador en que está convertido, misma que lo llevó a construir una narrativa en la cual se asume como víctima y que abrió la ruta para su retorno a la casa Blanca: la madre de todas las mentiras, aquella en la que Joe Biden le robó la elección de noviembre del 2020.
Es a partir de ese momento en que su enferma y compulsiva necesidad de engañar se acrecentó y el cubrir una mentira con otras tres se volvió parte de su rutina. Con esas herramientas, de las cenizas de su movimiento político construyó un culto en el que sus seguidores —votantes de derecha, congresistas y funcionarios republicanos en general—, ya no fueron capaces, sobre todo porque no se les permitía, de cuestionar la desarticulada verborrea del líder: una ensalada de acusaciones falsas sobre la Administración Biden (fáciles de desmentir con una rápida búsqueda en Google) y reiteraciones diarias sobre “la inocencia” de Trump, enfrentado a partir del 2022 a 4 acusaciones penales en igual número de estados.
Desde finales del siglo pasado un Trump visionario ya vislumbraba esto: le dijo a la revista People en 1998: “Si yo compitiera (para la presidencia) lo haría por los republicanos. Son el grupo más tonto de votantes en el país. Creen cualquier cosa que transmita Fox News. Les puedo mentir y ellos se lo tragarían todo y apuesto a que mis números serían geniales”.
Cuando alguien me lo pregunta, me gusta explicar el Fenómeno Trump de la siguiente manera: un empresario y político que ante la llegada de la desgracia que podría llevarlo a prisión, construyó un mundo alternativo en el que fuerzas ocultas y malignas quieren acabar no sólo con él sino con el pueblo norteamericano y de paso con el mundo entero: “Biden nos está llevando a una crisis económica sin precedentes y es un títere del estado profundo manejado por George Soros”, era uno de sus embustes predilectos. Y luego uno iba a checar a internet y resulta que la economía de USA era la que más rápido se recuperó de los embates del COVID y que lo de Soros no era más que un invento que alimentaba la paranoia de la ultraderecha desde los años noventa.
Avanzado el tiempo, a esa falsa burbuja se fueron sumando personas que, por algún interés específico, se unieron al proyecto Trump, el cual recibió apoyo sobre todo de oscuras fuerzas profascistas (que ahora cogobiernan con él) y ricos empresarios, que buscaban deshacerse de la amenaza que implicaba el plan de la demócrata Kamala Harris de refinanciar al gobernó aumentando impuestos a los más ricos.
Parecía imposible un triunfo de Trump debido a todas las ficciones que escupió en campaña (“los migrantes haitianos en Springfield, Ohio se comen a perros y gatos de los vecinos”, “los inmigrantes envenenan la sangre de los Estados Unidos”, “en contubernio con Biden gobiernos de todo el mundo vacían sus cárceles y manicomios y envían a reos y enfermos a Norteamérica”, “el gobierno de Biden es comunista y fascista”, entre otras), pero finalmente el milagro (para su movimiento) se consumó con el triunfo en la elección de noviembre del 2024.
Entonces, uno esperaría que la idea de basar un discurso político en la ficción —sí, condenable, pero de algún modo entendible en tiempos electorales—, diera paso a cierta formalidad al momento de comenzar a gobernar.
Pero en el caso del Culto Trump no resultó así.
Y es que ese mundo alternativo en el que desde hace cuatro años vive el hoy presidente, arribó con él a la Casa Blanca. Mentir sigue siendo la marca de su gobierno y parece no preocuparle mucho que en cada oportunidad algunos reporteros que cubren sus actividades lo exhiban en sus falsedades o hagan caer en contradicciones. Para todos ellos siempre tendrá una nueva tanda de bulos, algo en lo que Trump si ha resultado ser muy habilidoso.
Muchos podrán alegar que “ya lo conocemos y nunca va a cambiar”, pero aquí el riesgo es que todos sus colaboradores, obligados a cubrirle las espaldas y sin posibilidad alguna de contradecirlo, están actuando de la misma forma: mintiendo 24/7 sobre las pifias y tropiezos del que muchos ya consideran el peor inicio de cualquier gobierno en la historia de Estados Unidos, repleto de gente inexperta e incompetente.
El más claro ejemplo de este accionar se dio con el Signalgate, dado a conocer a principios de abril por el editor en jefe del medio The Atlantic, quien reveló haber sido incluido, al parecer por error, en un chat privado entre miembros del gabinete trumpista donde se compartieron planes del ataque militar a posiciones del “grupo terrorista” huties en Yemen. Información que, por cierto, hace unos días se supo que el Secretario de la Defensa, Pete Hegseth, compartió además con familiares y amigos. Pese a las evidencias de aquella monumental falla en seguridad, la orden de la Casa Blanca fue “niéguenlo todo”. Por lo que, en los siguientes días, en pleno nado sincronizado comunicativo, los funcionarios involucrados repitieron como mantra el “no se compartió información confidencial ni de guerra”.
El riesgo más allá del ejercicio del gobierno es que ciudadanos, comunicadores, youtubers e influencers han dejado de lado la búsqueda de lo que más se acerque a la realidad, la verificación de datos, la confrontación de las falacias para abandonarse sin más a la ficción. A la máxima goobelsiana de que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” y que, con el ejemplo de Trump, hoy es uno de los caminos al éxito en la sociedad estadounidense.
Cosa que no parece preocuparle a nadie.