blogeditor · 23 de julio de 2021
El pasado lunes 19 de julio, antes de sentenciar al ciudadano Paul Hodgkins a pasar 8 meses en prisión por haber ingresado violentamente al Congreso buscando interrumpir la certificación de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, el juez Randolph Moss, del distrito de Columbia en Washington, dijo una frase que refleja el sentir de buena parte de políticos y comentócratas estadounidenses:
“El asalto al Capitolio hará más difícil que la diplomacia norteamericana califique como democracia fallida a otros países y eso un enorme daño”, pontificó el juez. “Estoy concentrado en sentenciarlo, pues los daños del 6 de enero continuarán por décadas”, dijo el magistrado a Hodgkins, primer condenado entre cerca de 530 detenidos por el FBI a poco más de medio año que se suscitaron los disturbios.
Cuando el defensor de Hodgkins cuestionó a la fiscalía por nombrar como “terrorismo interno” lo que a su entender no era más que “una manifestación que se salió de control”, Moss recordó a la audiencia que el sentenciado “llevaba lentes de protección, cuerdas para amarrar personas y uniforme como para una confrontación”. Por su parte uno de los fiscales que participó en la audiencia alertó sobre la necesidad de “detener el terrorismo doméstico y que aquellos que pretendan una secuela del ataque del 6 de enero se desistan y retrocedan”.
En el mismo tono, el mismo miércoles 6 de enero del 2021, minutos antes de que seguidores del entonces presidente Donald Trump iniciaran el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, los legisladores ahí presentes celebraban un duro debate durante la reunión del Colegio Electoral llamada para certificar la elección ganada por Biden. Desde correligionarios del presidente electo hasta los radicales de derecha fieles a Donald Trump, como el joven Josh Hawley o el texano Ted Cruz, durante su participación limitada a dos minutos (tiempo que sí es un gran avance democrático) introducían, palabras más palabras menos, la noción de que “los EU son el país más grande del mundo”.
La percepción no sólo la comparten políticos de variadas tendencias sino igualmente un abrumador porcentaje de estadounidenses, con sus dignas excepciones, que viven con el complejo permanente de que son superiores a cualquier otra nacionalidad. Sentirse el pueblo elegido es de las cosas que alcanza unanimidad en este país que juzga a sus “libertades”, sistema democrático e ideas de progreso y justicia tan perfectas, que su molde debe ser producto de exportación. De ahí que surjan las cruzadas diplomáticas o militares que buscan instalar en “países bananeros” lo que el lugar común conoce como “el american way of life”.
Por lo mismo es comprensible la desazón e inquietud manifestada por estos sectores políticos, judiciales o académicos en “el país más grande del mundo”, que miran cómo se extienden las cuarteaduras del modelo político, acentúan las limitaciones de su sistema judicial, y crecen las divisiones al interior de una sociedad iracunda y enfrentada como en ningún otro periodo de la historia. Nunca en décadas la marca USA se halló tan disminuida en su cotización.
La preocupación del juez Moss, entonces, viene siendo un espejo del sentir liberal, pues ¿con qué autoridad la diplomacia estadounidense criticará hacia afuera cuando existen serios problemas por revolver en casa? ¿Será justo calificar como dictadores a otros cuando un presidente estadounidense en funciones calculó la posibilidad de perpetuarse en el poder vía una insurrección? ¿Lucharán sus diplomáticos contra otros intentos fascistas mientras que en Estados Unidos algunos ciudadanos se organizan en grupos paramilitares como The Proud Boys, The Oath Keepers o The Three Per Cent, cuyos resortes son el racismo, el nacismo, el clasismo y el supremacismo conspiracionista de alucinantes ficciones que incluso tiene a sus mismos representantes en el Congreso?
Gran dilema el que enfrenta la administración de Joe Biden que a su objetivo de pelearle a China el liderazgo económico y la batalla diaria en varios frentes contra la crisis que dejó la pandemia del Covid, debe luchar además contra el factor Donald Trump, un enemigo interno que desde su mansión de Florida promueve, entre otras cosas, el bloquear cualquier avance del nuevo gobierno y restringir el derecho al voto de las minorías, desde esa comuna donde todos lo siguen llamando “Mister President”.