Tres lecciones que EEUU podría aprender de México

blogeditor · 21 de octubre de 2016

Tres lecciones que EEUU podría aprender de México

Por: Daniel Berezowsky (@danberezowsky)

Estados Unidos es nuestro referente para todo. A los mexicanos nos encanta compararnos con nuestro vecino del norte y con una versión bastante falsa, por cierto, de nuestro vecino del norte: la de la clase media, blanca, que tiene una casa de dos pisos, rodeada por una valla de madera blanca y un columpio hecho con un neumático, o una casa en el árbol (vaya, ¡nos gusta compararnos con los cincuentas!)

Para el “malinchismo” mexicano, todo en Estados Unidos funciona bien. Los servicios públicos, la justicia, el transporte público, la economía… nos gusta creer que allá no hay violencia ni inseguridad y mucho menos impunidad.

Desde luego, es cierto que a nuestro muy flexible Estado de Derecho le hace falta aprender una o dos lecciones del institucionalismo estadounidense. Pero si algo ha quedado manifiesto en estas semanas es que también allá tienen mucho que aprendernos… sobre todo, en el terreno de lo electoral.

El fenómeno “Trump” ha causado lo que los propios norteamericanos nunca se hubieran imaginado: puso en duda a su democracia. Sí, la misma democracia que admiraba Tocqueville; la que tanto pregonaron contra los populismos latinoamericanos y que exportaron como modelo “one-size-fits-all” al país que pudieron. Hoy, esa democracia ha sido ridiculizada.

Bien dicen que las mejores lecciones vienen de nuestros errores y ése es precisamente el problema que han tenido las instituciones electorales estadounidenses: nunca se tuvieron que topar con los tantos tropiezos y complejidades que, para nosotros, se convirtieron en pan… pues no de cada día, pero al menos de cada sexenio, y casi siempre de cada elección intermedia.

Por eso lo digo: hay mucho que Estados Unidos hoy puede aprenderle a México en materia electoral. Aquí, tres ejemplos:

Primero: hay un riesgo muy grande en que la campaña se vuelva dicotómica alrededor de un personaje. Hoy, la pregunta que todo mundo se hace en Estados Unidos no es ¿Trump o Hillary?; es más bien ¿Trump o no Trump?

La campaña de Hillary nos recuerda, a más de uno, lo que el PAN hizo en 2006: “López Obrador es un peligro para México”. Pocas, muy pocas personas, votaron por Felipe Calderón; la mayoría –y muy particularmente quienes definieron tan cerrada elección- votaron en contra de AMLO.

El riesgo, insisto, no es menor. Y no lo es porque cuando un candidato llega al poder así, su legitimidad es muy baja. La euforia de los primeros días no le alcanza para gobernar; el bono democrático se le extingue rápidamente. Lo que sigue, entonces, es tener que encontrar alguna manera de legitimarse. En nuestro caso fue una guerra contra el narcotráfico. En el de Hillary tendremos que ver qué hace para ganarse ese voto de confianza.

Segundo: hay que tener mucho cuidado con permitir, por miedo, que los medios construyan o destruyan a los personajes políticos.

Durante el segundo debate, la subjetividad del moderador Anderson Cooper fue evidente: sus preguntas eran más fáciles para Clinton y venenosas para Donald Trump. No sólo es su caso; por meses, muchos medios han sido descarados en el tipo de cobertura que hacen del candidato republicano y la opinión pública lo ha tolerado. “Lo que sea, con tal de que Trump no gane”.

El problema, nuevamente, no está en esta elección, sino en el precedente que esto sienta. Porque es cierto que en Estados Unidos los medios siempre han sido más transparentes en sus apoyos políticos, pero lo que estamos viendo hoy es el uso descarado de su poder para intentar evitar que uno de los candidatos gane. Y dentro de cuatro años, no será Trump… pero las reglas del juego ya habrán sido modificadas y aceptadas.

Tercero: a veces, hay candidatos que no aceptan los resultados… y no pasa nada. Pero las instituciones tienen que seguir funcionando.

Los estadounidenses se asustaron cuando el miércoles pasado Trump dijo en cadena nacional que no estaba seguro de aceptar el resultado; al día siguiente corrigió: ¡claro que lo aceptaré… pero si gano!

El riesgo de que un candidato no conceda la victoria, en México, es una vieja historia. Una que muchos recordamos, por cierto, con acento tabasqueño. Pero es precisamente porque tenemos esa experiencia y porque nuestras instituciones han tenido que lidiar con esa incertidumbre, que hemos generado los mecanismos institucionales para que, aún a pesar de ello, el proceso siga su curso.

Nuestra democracia, es cierto, está ensombrecida por los fantasmas del pasado: por 70 años de un sistema de partido hegemónico; por Bartlett y el 88, y por los constantes señalamientos de fraude que hay en toda elección, ya sea municipal, estatal o nacional. Tampoco digo, desde luego, que las acusaciones no sean ciertas, incluso en el presente.

Pero se nos olvida que, precisamente por ello, México ha desarrollado uno de los sistemas electorales más robustos en el mundo. Nuestras prácticas se han exportado como modelo a muchas nuevas democracias; observadores electorales internacionales han aplaudido al PREP por su rigor y agilidad, y hemos generado las vías para que si un candidato quiere apelar una elección, pueda hacerlo.

El 8 de noviembre, Estados Unidos irá a las urnas en una de las elecciones más reñidas y obscuras de su historia. Cómo despertará al día siguiente es todavía una duda. Pero precisamente porque esa incertidumbre persiste, lo cierto es que no le caería mal a más de un analista voltear al sur del Río Bravo. Algo hemos aprendido… y algo, si no es que mucho, nos tienen que aprender…

 

* Daniel Berezowsky (@danberezowsky) es Licenciado en Ciencias Políticas, especializado en comunicación política y análisis de discurso. Su experiencia incluye el Poder Legislativo, la Administración Pública Federal, la prensa escrita y el cine.