Tres de tres

Maricela Rosales · 27 de junio de 2011

Tres de tres

Platicando con personas diferentes la semana pasada, me topé con tres historias y de ellas nacieron tres cuentos o reflexiones, como ustedes lo quieran ver. Paco y Fernando, uno de ellos regresando de viaje; Alexa, recién separada de quien ella llamaba el amor de su vida y Don José, un conocido mío que me platicó sobre su familia.

Espero disfruten los cuentos y se inspiren para comenzar esta semana con un pensamiento positivo, pero sobre todo con las ganas de cambiar algo que pueda mejorar su mundo…

 

Un mundo de Cuarta

Como habían previsto al principio de verano, ahora que los largos días del abrasador sol iban tocando a su fin se juntaron los dos amigos. Como jóvenes inexpertos de la vida todavía y llenos de dudas, se propusieron al principio del verano viajar, recorrer el mundo y conocer gente diferente y ayudarles apuntándose como voluntarios. Era una manera barata de viajar y gratificante a la vez. Cosas del destino, a uno de ellos le toco irse lejos, a uno de los denominados países del tercer mundo o países desfavorecidos. El otro, en cambio, tuvo que conformarse con quedarse ayudando a la gente de su país.

 

– Es increíble. Allí viven en la miseria con menos de lo mínimo y sin embargo siempre tienen una sonrisa para ti. Son débiles y están desprotegidos pero por dentro son mucho más fuertes que nosotros-, decía fascinado el que había viajado lejos.

– No tienen nada, pero no malgastan el tiempo lamentándose. Aquí, a cualquiera cuando el coche no le funciona o un negocio se arruina, se deprime y llama al psicólogo de turno pidiendo ayuda. Allí no hay tiempo para eso, si te quedas compadeciéndote de ti mismo te mueres, es así de simple. Nos hemos acostumbrado a vivir entre los placeres y cualquier contratiempo nos altera. Allí son felices con mucho menos. No necesitan nada-, comentaba.

 

– Tienes razón, es una pena que me haya tenido que quedar aquí y no lo haya podido ver-, le dijo el amigo.

– Pues sí y ¿por aquí que ha pasado? Aburrido ¿no?

– La verdad es que no. Al principio acepté de mala gana quedarme aquí ayudando a los pobres, marginados y más necesitados de la zona. Pero gracias a que me tocó quedarme aquí he descubierto el cuarto mundo.

– Ay ¡ya! ¿El cuarto mundo? ¿No querrás decir el tercer mundo? le preguntó su amigo en tono burlón.

– No, no, digo exactamente lo que quiero decir, cuarto mundo-, contestó serio.

– No puede ser, eso no existe. Existe el primer mundo que es en el que, por suerte, vivimos nosotros y luego el tercer mundo que es el desfavorecido-, dijo quitando peso al asunto-.

 

– Eso es lo que creía yo, hasta que comencé de voluntario.

– Ah ¿si? ¿Cuál es entonces el cuarto mundo, según tú?, le preguntó ya cansado por la incógnita.
– El cuarto mundo es el tercer mundo dentro del primer mundo. Esos pobres y marginados que viven en la miseria, en las bancas de los parques, debajo de cualquier techo y en la calle, sin hogar alguno, a la sombra del mundo de los ricos. Esos son los que forman el cuarto mundo, dijo con firmeza-.

 

La puerta se cerró

Inexplicablemente, después de haber salido a dar un paseo matinal la puerta de la que había sido mi casa estaba cerrada. Tocaba, pero nadie contestaba.

 

Para mi sorpresa o, mejor dicho, para mi horror, la fuente que se encontraba a un lado de la puerta y que había calmado mi sed durante tanto tiempo ya no funcionaba.

El cielo se tornó color ébano y comenzó a diluviar. Muy a mi pesar y como no quedaba otra, tuve que salir en busca de un refugio, puesto que en la que había sido mi morada no pude entrar.

Anduve durante días, se me magullaron las ropas y se me cuartearon los zapatos. Sola, muerta de frío, lamiéndome las heridas cuan lastimado perro.

Vagué por la soledad hasta crear mi nuevo hogar. Cuidé del pozo que me hice y de que nunca le faltara agua, y alimenté mi jardín para que no le faltara color.

Pasas la vida buscando alguien que llene tu corazón, y buscas tu también poder llenarlo.
Pero, amigo, cuando te echan de un corazón, te sientes perdido. Nadie te enseña como actuar cuando, frente a la que había sido tu morada en un corazón, te cierran la puerta.

 

La mitad de su cobija

Don José era ya un anciano cuando murió su esposa, durante largos años había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia. Su mayor deseo era ver a su hijo convertido en un hombre de bien, respetado por los demás. Para lograrlo dedicó su vida y su escasa fortuna.

A los 70 años Don José se encontraba sin fuerzas, sin esperanzas, solo y lleno de recuerdos. Esperaba que su hijo, brillante profesional, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que apareciera y decidió por primera vez en su vida pedirle un favor a su hijo.

Don José tocó la puerta de la casa donde vivía su hijo con su familia.

-¡Hola papá! ¡Qué milagro que vienes por aquí!

– Ya sabes que no me gusta molestarte, pero me siento muy solo, además estoy cansado y viejo.

– Pues a nosotros, nos da mucho gusto que vengas a visitarnos, ya sabes que esta es tu casa.

– Gracias hijo, sabía que podía contar contigo, pero temía ser un estorbo. Entonces ¿no te molestaría que me quedara a vivir con ustedes? ¡me siento tan solo!

– ¿Quedarte a vivir aquí?, sí… claro… pero no se si estarías a gusto. Tú sabes, la casa es chica, mi esposa es muy especial…y luego los niños.

– Mira hijo, si te causo muchas molestias olvídalo, no te preocupes por mí, alguien me tenderá la mano.

– No padre no es eso, sólo que… no se me ocurre dónde podrías dormir. No puedo sacar a nadie de su cuarto, mis hijos no me lo perdonarían… o sólo que no te moleste dormir en el patio…

– ¿Dormir en el patio? Está bien.

El hijo de Don José llamó a su hijo Luis de 12 años:

– Dime papá.

– Mira hijo, tu abuelo se quedará a vivir con nosotros. Tráele una cobija para que se cubra en la noche.

– Sí, con gusto papá… ¿y dónde va a dormir?

– En el patio, no quiere que nos incomodemos por su culpa.

Luis subió por la cobija, tomó unas tijeras y la cortó en dos partes.

En ese momento llegó su padre:

– ¿Qué haces Luis? ¿Por qué cortas la manta de tu abuelo?

– Sabes papá, estaba pensando…

– ¿Pensando qué?

– En guardar la mitad de la cobija para cuando tú seas viejo y vayas a vivir a mi casa.