blogeditor · 19 de marzo de 2021
Pensaba que estar rota era irreparable, hasta que parí a Nicolás.
Hace tres años salía del hospital con mi hijo en brazos, los pechos rebosantes de leche, la sensación de que mis órganos, que comenzaban a reacomodarse, se escaparían por la herida de 15 centímetros que estrenaba mi cuerpo, y un desconocimiento absoluto de lo que vendría.
El olor de un bebé es el olor del inicio, porque la vida no vuelve a ser la misma después del parto: algunas situaciones son más aterradoras, el cansancio y el dolor se intensifican y la felicidad toma otro cauce: se origina. Lo que importaba antes se escurre por la apertura de 15 centímetros en la piel. Una piel holgada, vencida. El espectáculo hormonal se manifiesta y, entre lágrimas y una ternura infinita, comienza el viaje de la maternidad.
Después de meses de espera, la recámara decorada con colores tenues, a punto de convertirse en una burbuja de apego e intimidad, por fin recibe a su pequeño habitante, al igual que la tina, el moisés, la ropa perfectamente doblada y acomodada que está por contar la primera historia de un ser humano que días antes se albergaba dentro de su madre y que lo único que le arropaba era un saco gestacional.
Llevo conmigo un recuerdo que define el inicio de mi maternidad:
Nicolás mamaba toda la leche posible de mi cuerpo, mientras yo, sentada en la mecedora blanca que meses antes había recibido por mi cumpleaños, pensaba que por fin mi existencia tenía sentido y que era mi amor infinito el que abrazaba la vida. La mía, la de mi hijo, la del mundo. Él, con la leche escurriendo sobre sus mejillas, saciado, sin poder enfocar todavía su mirada, se entregaba a mi cuerpo como el primer lugar que habitó.
A tres años de haber entrado al hospital con una panza recipiente y haber salido con una nueva compañía, todavía no concibo que Nicolás haya nacido de mí. Lo observo y me parece que viniera de otro mundo. Como si se hubiera cocinado a fuego lento en otra dimensión, más allá de mi cuerpo.
El tiempo es breve cuando se trata de los hijos. Al principio parece pausado, las noches sin dormir son eternas, hasta que de pronto, al instante siguiente, te encuentras celebrando su tercer cumpleaños mientras corre, habla, escucha y se descubre a sí mismo con un temperamento y una personalidad tan definida como la de una persona adulta, pero mucho más auténtica.
Cuando una madre dice que daría la vida por sus hijos no se trata de una metáfora, sino de una insensatez apasionada, como todo lo que ocurre a partir del momento en el que asumes que eres madre.
Si alguna vez me lees, Nicolás, este escrito es un manifiesto de la dicha que siento por tenerte a mi lado y verte crecer. Mi amor por ti se siente en las yemas de los dedos, en los poros, en las entrañas y en el más conmovedor de mis pensamientos. Deseo que encuentres el sentido que yo le encontré a la vida el día que naciste. Feliz cumpleaños, hijo mío.