Tratado de ciencia canalla

Redacción Animal Político · 30 de julio de 2022

“(Existen quienes) intentan copiar burdamente la forma de proceder que caracteriza y define a la ciencia, con el objetivo de aprovechar la credibilidad que esta ha ido poco a poco adquiriendo, tratando de hacer pasar por conocimiento científico lo que solo es una ridícula pseudociencia”.

David G. Jara, ‘Tratado de ciencia canalla’

 

Era el inicio de los años 70 cuando la sociedad estadounidense se enteró, gracias al amplísimo reportaje publicado en las páginas del The New York Times por la periodista Jean Heller, de que las autoridades de salud de aquel país habían llevado adelante, por décadas —hay que subrayar ese “por décadas”—, un estudio supuestamente científico sobre la sífilis en el que de forma deliberada se le había negado a un grupo de pacientes el tratamiento que requerían solo para averiguar hasta dónde era capaz de llegar la enfermedad en un organismo. Víctimas de la simulación, miles de ciudadanos padecieron los efectos de la sífilis sin control y murieron sin sospechar ser parte de una maquinación médica y “científica” tenebrosa.

La historia se volvió más oscura cuando los lectores del NY Times se enteraron, además, de que esos ciudadanos a quienes se les había obligado a sufrir de manera deliberada eran, absolutamente todos, negros, pobres y de escasa preparación escolar. La revelación restregaba en los lectores la imagen de un grupo de seres humanos vulnerables a quienes la retorcida vocación de médicos pagados por el Estado había empleado para obtener resultados científicos sin echar mano de la ética ni la empatía. Naturalmente, la noticia se convirtió en un escándalo y sentaría las bases jurídicas para evitar que en el futuro esa ciencia demente, la Ciencia Canalla, volviera a trasminarse por entre los resquicios de la vida pública, pero quedó un precedente que a la vez arrojó luz sobre las tantas veces en que, debiendo servirla, en realidad la ciencia ha dañado a la humanidad.

De este y otros igualmente apasionantes casos en los que la ciencia se ha salido de su eje moral habla el Tratado de ciencia canalla del doctor en bioquímica y profesor de ciencias David González Jara. El libro constituye un viaje, hay que decirlo, ilustrativo a la par que indignante, por decenas de historias e hitos históricos que ponen de manifiesto que en eso de equilibrar las humanidades no siempre hemos sido los mejores.

“No nos engañemos, la ciencia sin conciencia puede llegar a resultar muy útil para unos pocos, incluso para una inmensa mayoría, pero al dañar a unos seres humanos en beneficio de otros, esta renuncia a su verdadero fin, traicionando, en vez de ayudando, a la humanidad”, puntualiza el autor antes de referir como una de las más emblemáticas historias de ciencia canalla el caso de Alexis St. Martin, el joven canadiense que en 1822 recibió, de manera accidental y a muy poca distancia, un disparo de mosquetón que le dejaría de por vida un agujero en el pecho. Si St. Martin se salvó fue por obra y gracia de algún poder divino y misterioso pero también por la dedicación y empeño de William Beaumont, el cirujano que tras obrar el milagro, luego de tres años de tratamientos, se sirvió del agujerito que le quedó a su agradecido paciente —y que daba directamente a su estómago— para llevar a cabo toda clase de experimentos con sus jugos gástricos y con sus procesos digestivos, mismos que le darían material suficiente para publicar un libro que hoy sería una especie de confesión de atropello absoluto a los derechos humanos.

Fascinante a la par que —hay que decirlo— entretenido, el Tratado de ciencia canalla (novedad de la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica) constituye un testimonio profundo de una de las aristas más temibles de este animal que somos.    

@elimonpartido