Redacción Animal Político · 28 de febrero de 2023
Desde las políticas, la ingeniería y el desarrollo urbano, el transporte público en la Ciudad de México es visto como un problema de presupuesto, número de unidades, volumen de pasajeras y pasajeros, tiempos y eficiencia de las rutas. La meta es que el máximo de personas pueda viajar al menor costo para las personas pasajeras y para el erario, en el menor tiempo posible y, en los casos más “iluminados”, limitando la contaminación ambiental.
No se habla de un tema que es, sin embargo, fundamental e intrínseco de la experiencia cotidiana del viaje en transporte público en la Ciudad de México: la vivencia física y humana de las personas que viajan en horas pico.
Viajar en metro, camión o metrobús en horas pico implica un sufrimiento físico y psicológico del que no hablan los políticos. Y eso se relaciona con quedarse en una postura incómoda para el cuerpo durante un tiempo considerable. Puede parecer poco relevante, pero hasta no vivirlo no se puede dimensionar lo que implica en términos de desgaste psicológico, además de las dolencias del cuerpo. Recordemos que algunos métodos de tortura se basan en esta táctica.
Y eso nos lleva al segundo punto. Imagínense a varias personas reunidas en un mismo espacio por un periodo relativamente largo, la mayoría de ellas experimentando dolor físico y hartazgo. Ahora bien, repitan esta experiencia dos veces al día, varios días a la semana. Que quede claro: este dolor está directamente relacionado con la cantidad de personas, y con el hecho de estar rodeadas de otros cuerpos. Por más educados y altruistas que seamos, nadie puede, en esta situación, reprimir sentimientos de agresividad hacia las personas a su alrededor.
Esta situación es la que explica lo que podría interpretarse como una falta grave de civismo en el transporte público. En horas pico no es raro ver que las personas adultas mayores se queden paradas sin que nadie quiera cederles el tan preciado asiento; también son frecuentes las disputas e intercambio de groserías.
La saturación del sistema de transporte público compromete la integridad física de quienes viajan y exacerba los comportamientos agresivos. Las personas más sensibles pueden ver su nivel de felicidad gravemente mermado por el hecho de viajar en transporte público.
En conclusión, cuando están en juego la salud mental y la felicidad de la ciudadanía, el sentido común implica que se tomen medidas, desde el gobierno o las empresas, para resolver el problema. El trabajo híbrido y los horarios escalonados son un primer paso, pero el tamaño del problema requiere de soluciones de mucho mayor alcance.
* Laure Delalande (@lauredelalande) es Directora de Inclusión y Desarrollo Sostenible en Ethos Innovación en Políticas Públicas (@EthosInnovacion).