La trampa en la medición del abandono escolar en Educación Media Superior

Joel Aguirre · 28 de agosto de 2026

La trampa en la medición del abandono escolar en Educación Media Superior

Por Gabriel García Sánchez*

El abandono escolar lleva años apareciendo como uno de los grandes problemas de la educación media superior en México. Y con mucha razón. Después de alcanzar niveles de cobertura cercanos a la universalidad en primaria y muy altos en secundaria, la trayectoria educativa de miles de jóvenes comienza a fracturarse al llegar al bachillerato.

El problema existe y debemos atenderlo. Pero hay una pregunta previa que hacemos con menos frecuencia: ¿cómo atendemos adecuadamente un fenómeno que todavía tenemos dificultades para dimensionar?

Desde hace décadas, México mide el abandono escolar principalmente a partir de una fórmula residual. Dicho de manera sencilla: observamos cuántos estudiantes había en un ciclo escolar, restamos a quienes egresaron y comparamos el resultado con la matrícula del siguiente ciclo, descontando a los alumnos de nuevo ingreso. La diferencia nos permite estimar cuántos estudiantes perdió el sistema.

Es una aproximación razonable y durante muchos años fue prácticamente la única posible. Pero tiene una limitación fundamental: no observa estudiantes; observa diferencias entre registros agregados. El estudio Desafiliación y abandono escolar en la educación media superior de Nuevo León documenta que la estadística oficial utilizada para este cálculo proviene del Formato 911, que reúne información agregada de los planteles y no permite identificar la trayectoria individual de cada estudiante.

Y ahí aparece una trampa.

Cuando mejorar un indicador no necesariamente significa mejorar el problema

Nuevo León ofrece un buen ejemplo.

En el ciclo 2017-2018, la tasa de abandono escolar en educación media superior era de 14.7 %. Cinco años después había descendido a 8.7 %. Una reducción de alrededor de 41 %. Mientras tanto, la tasa nacional pasó de 14.3 a 11.1 %. Visto exclusivamente desde el indicador, Nuevo León había tenido una mejora considerable.

Pero al abrir la fórmula aparecen más cosas.

Durante la pandemia cayó fuertemente el número de jóvenes que ingresaron a la educación media superior. En Nuevo León, los nuevos ingresos pasaron de más de 91,000 en 2017-2018 a menos de 72,000 en 2020-2021. Después comenzaron a recuperarse: fueron casi 74,000 en 2021-2022, cerca de 84,000 en 2022-2023 y poco más de 84,000 en 2023-2024. La matrícula siguió una trayectoria similar: cayó hasta 174,576 estudiantes en 2021-2022 y posteriormente creció hasta 194,489 en 2023-2024.

Esto importa porque la matrícula y los nuevos ingresos son componentes de la fórmula con la que calculamos el abandono.

El propio estudio muestra que la caída de nuevos ingresos durante la pandemia produjo una contracción en uno de los componentes del cálculo y contribuyó a obtener una tasa de abandono menor.

Ahora ocurre el movimiento contrario. Nuevo León ha impulsado la incorporación de más jóvenes a la educación media superior y la matrícula se ha recuperado. Eso es una buena noticia en términos de acceso. Pero al modificarse los componentes de la fórmula, también puede modificarse la tasa de abandono.

El resultado es paradójico: una política que consigue incorporar más estudiantes puede hacer que el indicador de abandono empeore, sin que podamos saber cuánto de ese movimiento corresponde realmente a jóvenes que dejaron de estudiar.

El sistema puede perder al estudiante sin que el estudiante abandone la escuela

Por eso debemos ser cuidadosos cuando convertimos una tasa en un ranking y un ranking en una evaluación del desempeño educativo de un estado. Nuevo León, que se había colocado entre las entidades con menores tasas de abandono, aparece ahora alrededor del lugar 12. La lectura inmediata sería que el problema empeoró. Pero parte de lo que estamos observando puede provenir de los cambios en la matrícula y en los flujos de estudiantes que alimentan la fórmula.

No significa que el abandono no exista. Significa algo más incómodo: con el indicador agregado no siempre podemos saber exactamente qué parte del cambio corresponde al fenómeno que queremos medir.

Existe otra limitación todavía más importante. Imaginemos a una estudiante que comienza el bachillerato en un plantel y decide continuar sus estudios en otro subsistema. Quizá cambió de domicilio. Tal vez la modalidad que eligió no respondió a sus expectativas. O encontró una formación técnica más cercana a sus intereses.

Para el primer sistema, esa estudiante desapareció. Pero no necesariamente abandonó la escuela.

La educación media superior mexicana está profundamente fragmentada. Conviven numerosos subsistemas federales y estatales, generales y tecnológicos, cada uno con reglas administrativas, bases de datos y sistemas de control escolar distintos.

La diversidad no es necesariamente el problema. El problema es que esos sistemas todavía no logran hablar adecuadamente entre sí.

No es una posibilidad meramente teórica. El estudio sobre abandono escolar en Nuevo León recupera una investigación realizada dentro de un subsistema en la que se encontró que 15 % de los alumnos considerados no reinscritos estaban, en realidad, estudiando en otro plantel. Con información agregada, podían parecer estudiantes perdidos. Con información individual, sus trayectorias seguían activas.

Eso cambia sustancialmente la discusión.

Contar abandonos no es lo mismo que seguir trayectorias

La alternativa sería sencilla de explicar y compleja de construir: dejar de depender exclusivamente de diferencias entre matrículas y avanzar hacia el seguimiento de trayectorias individuales.

Saber si una persona continúa estudiando, cambió de plantel, pasó a otro subsistema, interrumpió temporalmente sus estudios, regresó después o efectivamente abandonó el sistema educativo.

Para hacerlo necesitamos algo que México todavía no ha construido plenamente: sistemas de información interoperables en la educación media superior.

Y no basta con pedirles a las instituciones que compartan sus bases. Hay obstáculos jurídicos relacionados con la protección y transferencia de datos personales; técnicos, porque los sistemas fueron desarrollados con arquitecturas distintas; y operativos, porque incluso conceptos aparentemente sencillos pueden registrarse de manera diferente.

Nuevo León tampoco ha resuelto este problema. La Secretaría de Educación y los siete subsistemas que operan en el estado cuentan con información valiosa sobre sus estudiantes, pero esa información permanece distribuida entre distintos sistemas de control escolar. Hoy todavía no existe una integración que permita reconstruir de manera automática y completa la trayectoria de un estudiante cuando se mueve entre ellos.

Ese rezago tiene consecuencias concretas: limita nuestra capacidad para distinguir una transferencia de un abandono y, sobre todo, dificulta detectar oportunamente a quien está en riesgo de dejar la escuela.

Actualmente se trabaja en una plataforma que busca integrar información de los sistemas de control escolar de los siete subsistemas. Es un avance necesario, pero su relevancia dependerá menos de la plataforma misma que de algo más difícil: lograr acuerdos jurídicos, técnicos y operativos que permitan que instituciones que históricamente han administrado su información por separado puedan utilizarla como parte de un sistema común.

De contar estudiantes a acompañarlos

Resolver ese problema abriría una posibilidad todavía más importante.

La Secretaría de Educación dispone de información sobre los estudiantes antes de que lleguen al bachillerato: antecedentes de secundaria, resultados de evaluaciones como Nuevo León Aprende, desempeño en los procesos de ingreso y algunas características de su contexto educativo.

Integrar responsablemente esa información permitiría ofrecer a los planteles un perfil inicial del estudiante. No para etiquetarlo ni para decidir anticipadamente quién tendrá éxito y quién fracasará. Sino para responder una pregunta mucho más útil: ¿quién puede necesitar acompañamiento y qué podemos hacer antes de que abandone la escuela?

Porque tampoco debemos caer en otra trampa: pensar que una plataforma resolverá el abandono.

Los jóvenes dejan la escuela por razones económicas, familiares, académicas, personales y laborales. Un sistema de información no sustituye una beca cuando el problema es económico, un docente cuando existe rezago académico ni una estrategia de acompañamiento cuando un estudiante atraviesa una situación personal complicada.

Lo que puede hacer es permitirnos llegar antes. Durante décadas hemos construido estadísticas educativas extraordinariamente útiles para conocer el tamaño y comportamiento del sistema. El problema comienza cuando les exigimos responder preguntas para las que no fueron diseñadas.

Una tasa residual puede decirnos que entre dos ciclos escolares el sistema perdió estudiantes. No puede decirnos, por sí sola, quiénes fueron, por qué se fueron, si cambiaron de escuela o si regresaron después.

Para responder esas preguntas necesitamos dejar de observar únicamente matrículas y comenzar a observar trayectorias. México necesita medir mejor el abandono escolar. Pero, sobre todo, necesita dejar de perder de vista a sus estudiantes.

Porque el verdadero objetivo no debería ser saber con mayor precisión cuántos se fueron. Debería ser contar con la información necesaria para evitar que se vayan.

*Gabriel García Sánchez es especialista en evaluación y diseño de políticas públicas. Es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, maestro en Administración Pública y Gobierno y Maestro en Finanzas Públicas. Ha realizado estudios en la Universidad Autónoma de Tlaxcala, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – México, la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Universidad Autónoma del Estado de México y la Universidad Nacional de Colombia.

Más sobre este blog