Joel Aguirre · 16 de julio de 2026
Por Silvia Soler Casellas*
Cada vez que aparece una mujer en redes sociales horneando pan con delantal de lino y sonrisa beatífica, las feministas tenemos una reacción predecible: nos burlamos. Y esa reacción esconde malestares que no estamos tomándonos en serio.
En el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir llevamos años con la mirada puesta en lo que realmente estructura la vida de las mujeres en México y América Latina: tanto los discursos como las condiciones materiales. Y vemos a las tradwives (esposas tradicionales) no como una moda pasajera, sino como el síntoma visible de tres crisis que convergen: una crisis económica que ha precarizado el trabajo de millones de mujeres, una crisis de cuidados manifiesta desde la pandemia, y una crisis de sentido que los feminismos no hemos sabido nombrar con suficiente honestidad.
La pandemia de covid-19 no creó el problema. Lo hizo visible. En 2020, el empleo femenino cayó 4.2 % a nivel mundial —54 millones de empleos perdidos— y la recuperación posterior fue más lenta que la de los hombres, en parte porque sobre las mujeres recayó el grueso del trabajo de cuidados no remunerado que la crisis disparó: hijos sin escuela, personas adultas mayores sin red de apoyo, hogares convertidos en hospitales improvisados. Muchas de esas mujeres ya no regresaron al mercado laboral. Y su ausencia revela una crisis de cuidados que llevaba décadas acumulándose.
Una crisis relacionada con la ausencia de sistemas de cuidados, pero también con la triple promesa neoliberal de la emancipación para las mujeres: la de que podíamos tenerlo todo. Una carrera exitosa, una maternidad plena y una pareja sexual y afectivamente satisfactoria. Este mito de la mujer que “puede con todo” sonó a liberación, pero tenía letra chica: nadie redistribuyó la carga de cuidados. Nadie se preguntó quién iba a recoger a los niños, quién iba a cuidar a las personas enfermas, quién iba a sostener todo lo que una familia necesita para funcionar. La respuesta, como siempre, fueron las mujeres —ahora con jornada laboral completa encima. Spoiler: estamos agotadas.
Y en ese agotamiento es exactamente donde el movimiento tradwife pega. Porque lo que ofrece no es solo una estética de manteles bordados y panes recién horneados: ofrece comunidad, propósito, identidad y reconocimiento social inmediato. En un mercado laboral que para muchas mujeres significa precarización, invisibilidad y doble jornada sin mérito, la promesa de “dedicarte a lo que realmente importa” tiene una fuerza emocional que no nos podemos dar el lujo de ignorar.
Hay, sin embargo, una trampa que hay que nombrar. Las tradwives que protagonizan esos videos son, en su mayoría, mujeres de clase media alta cuyos ingresos familiares hacen posible esa elección. Pero quienes más consumen esos contenidos —quienes más los internalizan como modelo de vida deseable— son mujeres de clases populares para quienes salir del mercado laboral no es una elección romántica. Es una vulnerabilidad económica de largo plazo disfrazada de vocación.
Lo que más preocupa de este movimiento no es la estética, sino el lenguaje. Las tradwives hablan de elección, de empoderamiento, de autonomía; categorías y conceptos creados desde los feminismos. Hablan en feminista. Y lo hacen para legitimar agendas que históricamente han perseguido objetivos contrarios a los derechos de las mujeres.
Esto es lo que se ha llamado posfeminismo: la cultura de masas absorbe el vocabulario que construimos con décadas de lucha para declarar que la igualdad ya llegó, que ya no se necesitan políticas específicas, que cada mujer que “elige” quedarse en casa lo hace libremente y punto. Cuando la libre elección individual se convierte en el único argumento que cuenta, defender políticas de igualdad estructural se vuelve difícil.
Javier Albarrán, político panista del Edomex, que además de político es creador de contenido con un target enfocado en los jóvenes, afirmó estos días que las decisiones electorales serían más razonadas si se votara por casa y por familia.
El household voting —la propuesta de sustituir el voto individual de las mujeres por un voto familiar ejercido por el “cabeza del hogar”— podría sonar a una exageración de redes, pero no lo es. En Estados Unidos, voces dentro del movimiento conservador han comenzado a argumentar abiertamente que el sufragio femenino fue un error histórico, que “distorsiona” la voluntad familiar y que la unidad política natural no es el individuo sino el hogar. La tradwife, en este esquema, no vota: delega.
No es casualidad. Es la consecuencia lógica de un proyecto ideológico que lleva años trabajando sus cimientos: primero convences a las mujeres de que su lugar es el hogar y después argumentas que desde el hogar no necesitan voz política propia. El movimiento tradwife y el household voting no son fenómenos separados.
Lo más inquietante es la velocidad con que estas ideas migran. América Latina tiene una historia propia de sufragio femenino tardío y duramente conquistado —México reconoció el voto de las mujeres apenas en 1953— y en una región donde los movimientos conservadores ya tienen presencia en congresos, partidos y medios, nadie debería subestimar la velocidad con que lo impensable se vuelve debatible. América Latina cambió en el último ciclo político de gobiernos progresistas a conservadores.
La respuesta al agotamiento de las mujeres no puede ser que volvamos a casa. Tiene que ser la corresponsabilidad de los cuidados entre Estado, familias, mercado y comunidades, así como políticas contra la precarización laboral que golpea más a las mujeres y la construcción de infraestructura pública que haga posible una vida digna sin tener que elegir entre la carrera, la familia o la salud mental.
Pero también tenemos que nombrar lo que viene detrás de la estética del delantal de lino: un proyecto político que usa el agotamiento legítimo de las mujeres para conducirnos, paso a paso, hacia la pérdida de autonomía económica, de presencia pública y, en su versión más radical, de representación política.
Las tradwives no son el enemigo. Son mujeres que encontraron una respuesta individual a un problema estructural. Nuestro trabajo —como feministas, como instituciones y organizaciones, y como sociedad— es crear condiciones materiales y narrativas para la autonomía y la libertad de todas las mujeres.♦
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*Silvia Soler Casellas es directora interina del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir. Redes: @ilsb_ac