Redacción Animal Político · 6 de agosto de 2024
El estereotipo sobre la mujer ama de casa, que dedica su día exclusivamente a los cuidados y labores del hogar, ha formado parte del ideario mexicano durante décadas. Mujeres maquilladas, peinadas y en tacones (mejor dicho “arregladas”) atendiendo la casa y la familia, mientras esperan que el esposo proveedor llegue para recibirlo con una sonrisa y comida caliente, es lo que se esperaba en cada hogar tradicional mexicano. En contraste, se mantiene vigente la realidad de las trabajadoras domésticas, aquellas que logran percibir un salario (muchas veces paupérrimo y con falta de regularidad) por cuidar y mantener hogares ajenos.
En ambos casos y a pesar de la distancia temporal, estas mujeres continúan cargando con imaginarios normalizados sobre el trabajo doméstico como una actividad dada desde los roles de género. En estas realidades, no hay cabida para el llamado empoderamiento femenino, pues ya sea con salario o por el “deber ser”, se sigue sin tener beneficios reales por su fuerza de trabajo, energía y dedicación.
La invasión de las redes sociales en la cotidianidad de las nuevas generaciones les ha permitido acercarse a las teorías feministas que apuntan lo problemático de ser una ama de casa, un rol de género que refuerza las desigualdades entre las mujeres y los hombres. No obstante, son estos mismos espacios virtuales los que han servido como caldo de cultivo para alentar a la población femenina a volverse tradwives, diminutivo de traditional wife, es decir, esposa tradicional.
Pero ¿qué implica ser una tradwife? Las tradwives que se ven a través de la pantalla representan a una esposa o pareja que realiza las tareas del hogar mientras luce “arreglada”, “recatada”, con una presencia serena y feliz, lo que persigue el estereotipo de la feminidad ideal, misma que permite la felicidad del hogar y de los integrantes de la familia. Además, coloca a las mujeres en un lugar de permanencia servicial frente a cualquier petición en casa.
Esta nueva fase de idealización sobre las mujeres en el hogar ha desatado críticas y debates en redes sociales. De este modo, existen quienes apuntan que estos vídeos perpetúan los estereotipos de género e invisibilizan las realidades de ser una mujer atada únicamente al trabajo doméstico no remunerado. Por su parte, también se mantiene la ola de trends y videos en la virtualidad, de mujeres jóvenes siguiendo normas sociales sobre lo que se piensa es “una buena mujer”.
Más allá de la representación de una esposa tradicional o una pareja asistencial en redes sociales, la realidad de las mujeres que sostienen los hogares sin remuneración (o con salarios, pero desde la irregularidad) expone una de las mayores desigualdades sistémicas para quienes realizan actividades de crianza, limpieza, cocina y cuidados, sin contar con horas libres de esparcimiento establecidas. Razón suficiente para atarlas a los hogares y atender continuamente estos trabajos sin descanso. Si cuentan con un trabajo remunerado, deberán emplear su tiempo libre para replicar estas mismas labores en sus hogares, limitando o eliminando sus oportunidades de realizar actividades de ocio, descanso y sobre todo disfrutar de su familia, para cada caso.
La otra cara de la moneda en relación a las actividades dentro del hogar es el trabajo doméstico remunerado, ejercicio mayormente realizado por mujeres para terceros. Ser trabajadora doméstica representa pertenecer a un sector que históricamente ha sido precarizado por la falta de regulación en las condiciones laborales. Desde malos tratos, pagas injustas y horarios extenuantes, hasta la falta de seguridad social. Hasta hace unos años, se consideraba que parte de las funciones de las trabajadoras domésticas era encargarse de la crianza y cuidado de las infancias y personas adultas mayores en sus lugares de trabajo, siendo sometidas a explotación laboral por parte de los empleadores.
El trabajo doméstico es necesario para que todos los demás aspectos de la vida cotidiana se lleven a cabo. Por ejemplo, en México las mujeres dedican 54.3 horas a la semana a los labores del hogar, mientras que los hombres solo emplean 30.2 horas en el mismo periodo. Aunque las razones para que las mujeres se conviertan en las amas de casa pueden ser variadas, la exigencia que este trabajo no remunerado conlleva es alta. Sin el acceso a un salario digno, a vacaciones, días obligatorios de descanso, seguridad social o un horario establecido de máximo 8 horas (como es estipulado), es necesario cuestionar si este sistema ha dignificado el trabajo de las amas de casa como es debido. O si por el contrario, la poca regularización y sensibilización acerca de lo que significa atender un hogar lo mantiene como una desigualdad estructural que las mujeres aún enfrentan.
Desde 2022 la Ley Federal del Trabajo reconoció este empleo y con ello los derechos laborales de las trabajadoras domésticas. Sin embargo, ahora es visible la falta de adhesión de éstas al seguro social (sólo 1.4 % de las trabajadoras está adscrita al seguro social) y la inexistencia de regulación del salario. Mientras el trabajo en los hogares siga sin el reconocimiento y las regularizaciones pertinentes, será difícil hablar de transformaciones hacia una sociedad más justa.
Es necesario continuar en la lucha por erradicar visiones machistas y anular la idea de que las mujeres cuentan con habilidades de cuidado y crianza de manera innata. Estos discursos legitiman la poca inserción de los hombres en las labores del hogar como adultos funcionales. Además, aunque actualmente la lucha por dignificar el trabajo doméstico remunerado ha rendido frutos en diversas legislaturas, permanecen discursos de desprecio e invisibilización con argumentos tales como que las actividades no cuentan con un grado de dificultad o son actividades “normales” de la vida cotidiana sin algún sobre esfuerzo y por ende deben recibir una paga menor.
* Michel Maestro es colaboradora del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria A. C. (@CDHVitoria).