Médicos sin Fronteras · 24 de octubre de 2013
Congo a través de los ojos de un médico mexicano

“La emergencia era una epidemia de sarampión en República Democrática de Congo. En la sede de MSF en Ginebra me explicaron que me uniría a un equipo que hacía dos semanas había comenzado con la apertura del proyecto de vacunación en varios pueblos situados en la provincia oriental del país, cerca de Buta, ciudad en donde muy pocos meses atrás se había vivido una de las más grandes epidemias de sarampión en las que MSF haya intervenido.
No teníamos mucha información de la gravedad de la epidemia, esperábamos encontrar muchos casos de sarampión y por supuesto de malaria. Éramos un equipo de 4 personas quienes nos fuimos juntos al aeropuerto y tomamos el avión rumbo a Kampala, capital de Uganda. Las aventuras no se hicieron esperar y después de unas horas de vuelo, por el altavoz solicitaron la ayuda de un médico, así que fui, me presenté y me llevaron hacia la parte trasera del avión en donde encontré a una de las sobrecargos sentada en evidente dolor, le aplicamos una inyección analgésica y continuamos hasta el destino final, en donde un médico de la compañía aérea se haría cargo de ella. Como agradecimiento, nos pasaron a mí y a todo el equipo a bussines class, una enorme diferencia sin dudas en estos vuelos en África.
Llegamos a Kampala, pero debido a que la compañía aérea que nos transportaba de Kampala hacia el Congo se encontraba fuera de circulación por mantenimiento a sus aviones, había un número reducido de plazas para volar y le dimos prioridad al equipo logístico que debía llegar y montar el hospital donde íbamos a laborar.
En Bondo, una lección

Después de una semana, fue mi turno para volar desde Kampala hacia Bunia, en un pequeño avión de 8 plazas: cruzamos el Lago Albert para entrar a la RDC y llegamos a las oficinas de MSF en el antiguo hospital de Bon Marche, justo a tiempo para refugiarnos de una intensa lluvia que nos mostraba lo que nos esperaba en la temporada de lluvias por venir.
Pasé varios días en Bunia, con buena comida, bebida y sobre todo buenas conversaciones, y fue aquí en donde me di cuenta que era mi primera misión totalmente francófona. Finalmente llegó el momento de ir a terreno, próximo destino: Bondo.
Bondo es un poblado con grandes construcciones, las mayorías religiosas, realizadas con ladrillos de un color rojizo muy característico de estas tierras africanas. Nuestra base es una de esas construcciones, rehabilitada por MSF como oficinas y habitaciones. Está situada frente a la catedral y todas las mañanas a las 5:30AM nos despertaban las campanas y los cantos religiosos.
[contextly_sidebar id=”8017f91521e59d67735ca4cdac326df1″]El equipo es multinacional. La responsable del terreno es haitiana, la administradora de República Checa, y el Logista, francés. La parte médica es muy completa: una doctora congolesa como líder del equipo, un médico congolés con varios años de experiencia con MSF, dos jóvenes médicos congoleses prestados por el Ministerio de Salud, y varios enfermeros congoleses, supervisados por dos enfermeras, una francesa y una suiza. Yo fui el último médico integrante del equipo.
La consulta e internamiento de pacientes con sarampión se realiza en una zona del hospital que fue rehabilitada por MSF en la que contamos con luz gracias al generador, el cual se enciende cuando se acaba la luz de día, o cuando se necesita para un paciente con terapia de oxígeno.
La afluencia de pacientes era poca pero constante, y en algunas ocasiones había pacientes graves, con anemias por malaria y descompensados por el sarampión, que teníamos que emplearnos a fondo con los pocos recursos que tenemos en el campo. Sin embargo, para los jóvenes médicos congoleses era la primera vez que trabajaban con algunos medicamentos que en sus hospitales no existen, al igual que la terapia de oxígeno.
El mejor recuerdo que tengo es un paciente que llegó muy grave y que durante varios días estuvo entre la vida y la muerte. Una noche que me fui a dormir, al médico que se quedaba de guardia le comenté que no creía que pasara la noche, estaba muy débil… Pero al regresar por la mañana el pequeño Jerome seguía luchando. Eso fue una inyección de adrenalina para todo el equipo que se entregó con esmero a su cuidado. Después de dos semanas, comenzó a recuperarse y a comer hasta que pudimos darle el alta del hospital. Ese niño fue una lección de vida para todos nosotros.
Cruzando el río

Pasadas unas cuantas semanas, me avisaron que debía ir a cubrir otra emergencia, cruzando el río Uele. Del otro lado del río me esperaba una camioneta de MSF que durante algunas horas me condujo a través de la selva congolesa, con los más grandes bambúes que jamás haya visto. Llegue por la tarde a Likati, justo a la hora de la comida, y encontré a gente conocida en otros proyectos de MSF. A la mañana siguiente me esperaban 6 horas de motocicleta hasta llegar a Muma, un poblado con un pequeño centro de salud en donde MSF había levantado una carpa para atender a pacientes. Completamente rústico, vivíamos en una cabaña 7 personas, al lado de la iglesia del poblado y a 100 metros del centro de salud.
Fue ahí donde reviví esa sensación de estar en el lugar correcto en el momento correcto, porque además de atender a los pacientes de la epidemia de sarampión, la gente comenzó a llegar de lugares aledaños y pronto me encontré ayudando al enfermero local a atender a todos los pacientes del centro de salud, niños con malaria, mujeres embarazadas, hombres quemados e incluso tratar, por primera vez, a un bebe con tétanos neonatal, una infección muy rara en nuestra sociedad, pero aún de alta mortalidad en estas zonas rurales.
Tres semanas después volví a armar mis maletas para realizar en otro poblado una evaluación por una posible epidemia de meningitis… pero esa ya es otra historia…. intensa y gratificante, como cada misión junto a MSF”.
Actualmente y hasta enero de 2014, Alfonso se basará en el estado de Rakhin, en el asiático país de Myanmar, asistiendo a la comunidad brindando atención en salud primaria.