Redacción Animal Político · 18 de julio de 2024
Las ciudades de Dedza y Zaelwa se encuentran a lo largo de la principal ruta comercial que atraviesa Malawi, la cual es utilizada por los camiones que viajan de Tanzania a Mozambique. Muchas personas, principalmente mujeres, terminan ahí para intentar ganarse la vida a través del trabajo sexual.
Situaciones familiares difíciles, acontecimientos traumáticos en sus vidas y falta de apoyo, recursos o formación personal las llevaron a recurrir al trabajo sexual como salida. Algunas han perdido a sus padres o han sido abandonados por sus esposos, dejándolas solas y en la indigencia; otras han sufrido abusos sexuales, incluido incesto, y han sido excluidas de sus comunidades. Aisladas, su situación económica las coloca, a ellas y a los niños que viven con ellas, en situaciones extremadamente vulnerables en términos de salud y seguridad.
Hamida*, 29 años. Solía dirigir un negocio de verduras y carbón en Mangochi, más al norte. Cuando su esposo la dejó por otra mujer hace cuatro años, ella no podía mantener a su familia. “En 2020, comencé a mantener a mis tres hijos y cuatro hermanos y hermanas. Todos los meses les envío dinero, pero nunca es suficiente. Regularmente voy a dormir con el estómago vacío”, menciona.
Agnés*, 42 años. Ella trabajaba como trabajadora sexual desde 2008, cuando su esposo murió, dejando a sus cuatro hijos y dos nietos. Ella es la fundadora de una de las dos organizaciones comunitarias de trabajadoras sexuales apoyadas por MSF. “Todos los días, generalmente tengo dos o tres clientes y gano alrededor de 6,000 kwacha ($4,080.00 MXN). Lo peor de este trabajo es tener sexo con hombres y que no paguen. Esto pasa muy seguido. Otras veces, los clientes nos golpean y nos roban”, explica.
La mayoría de las trabajadoras sexuales que los equipos de MSF apoyan tienen dificultades para acceder a la atención, debido a su situación precaria y al estigma al que están sometidas. “Estos incluyen embarazos no deseados, abortos inseguros que pueden provocar complicaciones graves o incluso la muerte, una alta prevalencia de infecciones de transmisión sexual, particularmente VIH, y a menudo lesiones causadas por los clientes”, explica Charlie Masiku, coordinador del proyecto de Organizaciones Comunitarias de MSF en Malawi.
Después de seis años de apoyo directo a las trabajadoras sexuales en Dedza y Zalewa, a partir de 2020 los equipos de MSF han ayudado a formar organizaciones comunitarias y a desarrollar las habilidades necesarias para empoderarlas en términos de acceso a la atención médica. Las trabajadoras sexuales capacitadas, identificadas por otros como “compañeras”, ahora llevan a cabo iniciativas de promoción de la salud (sobre prácticas sexuales seguras, anticoncepción, etc.), brindan apoyo en la lucha contra la violencia sexual y participan en la prevención de infecciones de transmisión sexual.
Compartir experiencias e información es el núcleo de su enfoque. Por ejemplo, brindan información sobre la profilaxis previa a la exposición (PrEP) para proteger a las trabajadoras sexuales sin VIH, además, brindan capacitación en detección del VIH y el virus del papiloma humano, que causa el cáncer de cuello uterino. Para esta actividad, van puerta a puerta con otras trabajadoras sexuales para recolectar muestras y luego enviarlas al laboratorio para su análisis.
Cada dos semanas, un equipo de MSF formado por una enfermera, un promotor de salud y un psicólogo visita algunos lugares para brindar apoyo médico más profundo. “A veces remitimos a mujeres a hospitales por problemas de salud que no pueden ser tratados por nuestros equipos o en los centros de salud locales, pero no pueden permitirse el lujo de ir a un hospital a dos horas de casa”, continúa el coordinador del proyecto. “Conocemos a mujeres jóvenes con problemas de salud muy avanzados”.
Pero en los últimos años, la situación económica y el entorno laboral de estas mujeres se ha deteriorado constantemente: la inflación está aumentando y la moneda local, el kwacha, se ha devaluado. Los clientes abusan cada vez más y más de ellas, los precios de las transacciones están cayendo y tienen la necesidad de aumentar el número de clientes que reciben cada día.
“El desarrollo de capacidades en el campo de la salud es sumamente importante y un paso en la dirección correcta. Sin embargo, estas mujeres también necesitan recibir apoyo económico y social de otras organizaciones para que ellas y sus hijos puedan salir de esta situación”, explica Charlie Masiku.
Angés, cuya hija de 23 años también se ha convertido en trabajadora sexual, confirma: “Sufro mucho para encontrar comida para las niñas y uniformes para la escuela. Pero es muy difícil dejar este trabajo porque, si lo hago ahora, ¿cómo se supone que ganaré dinero?”.
Desde principios de año, los equipos de MSF intentan establecer vínculos con organizaciones locales que pueden ayudar a pagar las colegiaturas escolares de los niños o a desarrollar habilidades profesionales que les permitan obtener otras fuentes de ingreso, como el cultivo y la venta de fruta y verduras, hacer jabón o criar ganado. Esto resulta crucial para marcar la diferencia en la salud y la vida de las mujeres a largo plazo.
Desde 2022, más de 1,800 mujeres han sido beneficiadas a través de servicios de salud sexual y reproductiva, apoyo en salud mental, promoción de la salud y tratamiento.
* Los nombres fueron cambiados para proteger la privacidad de las personas.