Trabajadoras del hogar: ni esclavas ni sirvientas

blogeditor · 22 de julio de 2014

Trabajadoras del hogar: ni esclavas ni sirvientas

Lorenza Gutiérrez Gómez es una mujer joven, de tez y cabello obscuro, segura de sí misma, concreta, que sabe lo que quiere y lo que dice. Es la representante del Colectivo de Mujeres Indígenas Trabajadoras del Hogar (COLMITH), que se dedica a capacitar a estas mujeres que necesitan apoyo en sus trabajos, de manera que ellas pueda realizarlo de forma óptima y así poder exigir mejores salarios. Se ha agregado a los objetivos del grupo la lucha por sus derechos como trabajadoras.

Otros colectivos como éste han recibido reconocimientos por su labor en la defensa de los derechos de las mujeres y de los trabajadores como el Premio por la Igualdad y la No Discriminación. El pasado 31 marzo de 2014 fueron galardonados con ese reconocimiento el Centro de Apoyo y Capacitación para Empresas del Hogar (CACEH) así como al Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM Cancún), que junto con el COLMITH se dedican a la reivindicación del trabajo doméstico.

Habla del colectivo, que no reduce sus objetivos al tema laboral, también tiene que ver con los derechos culturales a los que son acreedoras las mujeres indígenas dentro y fuera de sus comunidades. Porque como ella misma lo dice: “la cosmovisión que los pueblos indígenas tenemos de las comunidades lo transportamos a la ciudad y la seguimos reproduciendo, aunque existen muchos contras en esta gran ciudad”.

Descubrió casi por casualidad el colectivo, en el 1999 cuando tenía apenas 24 años. La invitaron a participar dos de los fundadores: Pedro González y José Arellanos El Profe, residentes como ella de Tlahuitotepec, comunidad de la Sierra Norte de Oaxaca, que ella dejó a los trece años sin saber muy bien el español, repitiendo algo que es casi tradición entre las mujeres indígenas sin recursos: venir al ciudad y trabajar en alguna casa.

“El colectivo se crea en el 95 con la idea de hacer encuentros culturares con otras comunidades indígenas. Lo que hacían otros compañeros y compañeras era que mostraban su danza, su gastronomía. Se trataba de que las mujeres que trabajamos en casa viéramos cuáles eran nuestras necesidades a partir del trabajo que hacemos para poder trabajar sobre eso. En una ocasión, él me pregunto que qué era lo que me hacía falta en mi trabajo y pues era lavar y planchar, seleccionar la ropa, la cocina. Pedro González y El Profesor José Arellanos son los que se empiezan a mover para conseguirnos maestros de cocina, de lavado y planchado, y de costura. Ya después se fueron agregando otros temas como primeros auxilios y cuidado de adultos mayores. Posterior a eso se formaron grupos de danza de mujeres de Tlahui radicadas aquí.

“La idea es dar una capacitación, desde el manejo de electrodomésticos hasta el cuidado de los animales, porque lo que se pretende es que al saber eso las compañeras puedan negociar su trabajo para saber que no podemos hacer todo por un salario mínimo”.

CARTEL TH2 copia

Recientemente las Secretarías del Trabajo y Fomento al Empleo, Salud y Desarrollo Económico, firmaron un convenio de colaboración para brindar servicios médicos gratuitos a los trabajadores domésticos.

Lorenza, al participar en las reuniones y recibir capacitación, se convirtió casi de forma natural en la voz de aquellas mujeres que se sentían solas.

“A nosotras se nos hacia un poco raro ir a las reuniones los domingos porque todas las que éramos de planta de lunes a sábado estábamos encerradas. A mí me costó mucho trabajo porque lo que queríamos los domingos era ir a pasear. Sin embargo ahí nos dimos cuenta de que no éramos las únicas, yo no era la única que estaba sufriendo discriminaciones y malos tratos; no era la única que estaba sufriendo en un trabajo. Los mismos compañeros empezaron a empujarme para que hablara en representación de ellos, y eso me llamaba la atención, el hecho de hablar en público, aunque al principio me ponía muy nerviosa. En una ocasión estábamos en la marcha del 1° de mayo y llegamos al Zócalo y me dice El Profe: ‘vas, di algo’, y yo me quede muda frente a las cámaras. Podía hablar en público, pero la cámara me dejó así: petrificada.

“Posteriormente me fui integrando y ellos solitos (González y Arellanos) se fueron apartando y me quedo a cargo del grupo, pero ellos forman otro llamado la Red de Formación Indígena y así soy yo la que se queda al frente. Me fui integrando y luego me invitaron a las reuniones y yo… no entendía nada. Hasta la fecha me sigue costando trabajo entender algunas palabras, las que son muy académicas todavía me cuestan algo de trabajo. Me mandaron a reuniones y mesas de trabajo y vamos viendo entonces el tema de los derechos de las trabajadoras del hogar, entonces nos damos cuenta de que no somos las únicas, de que hay otras organizaciones que estábamos reclamando lo mismo: derechos laborales, derechos civiles, derechos humanos. Ahora he tomado diplomados, seminarios, talleres sobre todo lo que tiene que ver con el empoderamiento de la mujer, así me he estado preparando”.

¿Qué la hizo quedarse y comprometerse con la causa?

-Creo que llegué a una etapa de mi vida en donde dije ¿me voy para allá o para acá? Yo sabía que de este lado no iba yo a tener recursos, porque finalmente esto (el colectivo) es un trabajo que te tiene que gustar, que no hay paga, no hay nada, sin embargo me iba permitir aprender mucho, conocer gente que también se ha involucrado en la lucha, gente importante, mujeres trabajadoras indígenas luchando por defender sus derechos, por el simple hecho de ser mujeres y eso me ayuda a seguir avanzando. Tenemos este problema de la falta de recursos, pero seguimos en el camino. Por eso tomé la decisión de quedarme de este lado.

Aunque el gusto por el colectivo viene de un lugar más profundo:

“Cuando llegué a la ciudad yo sabía leer, pero no muy bien. Yo tenía 13 años y llegar a una casa extraña donde tú eres la sirvienta, donde no tienes derecho a nada más que a servir…. es difícil. He estado en lugares donde me llegaron a dar comida de la semana pasada, donde si te va bien hay una silla en la cocina para que te sientes a comer, donde tu cuarto es una bodega y tienes que dejar tus cosas en cajas porque el ropero que hay es para los señores y ellos pueden entrar cuando quieran y no tienes privacidad de nada.

“Estoy en esto porque quiero dejar mi granito de arena no para mí, sino para las generaciones que vienen. Y lograr cambiar algún día esta situación. Cada una de las compañeras que estamos en esto sabemos que hay que ayudar.

“Algo que pasa es que las mujeres indígenas estamos muy apegadas a la naturaleza y nos gustan los colores vivos, brillantes, como el rosa, el azul… y cuando sales los domingos es lo que quieres hacer, ponerte esos colores porque te sientes bien y en la calle te identifican que eres sirvienta porque sales los domingos y por la forma en cómo te vistes y te discriminan. En las comunidades indígenas todos somos iguales, todos nos vemos y nos saludamos y aunque no seamos nos decimos hermano y hermana; en la ciudad es muy diferente. Estás por tu cuenta”.

No se trata sólo de romper con las injusticias, es más bien un cambio en la visión y en la conciencia de la sociedad:

Ellos decían que eran mi familia, pero yo seguía comiendo aparte, durmiendo aparte y ése es el discurso de los empleadores que tenemos que ir rompiendo. Te dicen: ‘es que eres de la familia’ y al menos nosotras que venimos de comunidades indígenas estamos solas y si te traen el discurso de que eres parte de la familia cuando quieres hacer una denuncia en contra de ellos no puedes porque es tu familia. Con eso tenemos que romper. No es tu familia, son tus empleadores, tienen obligaciones contigo y tienes obligaciones también con ellos.

“La gente que contrata no está consciente de lo que implica tener una trabajadora del hogar, y saben que entre más sola, entre menos conoce, más recién llegada está, menos sabe lo que debe exigir, no saben que no es una ayuda, no lo ven como un trabajo que se debe pagar; pero uno sí tiene toda la obligación de hacer todo lo que las señoras digan y si no quieres hay otras dos mil que quieren tu lugar. Pero no hay una sensibilización de la sociedad en general, creen que las mujeres pobres estamos destinadas servir, como si naciéramos sabiéndolo hacer, cuando no es así. Hace falta creernos que es un trabajo.”

“El discurso de las académicas es muy bonito, especialmente el de las feministas, pero ahí se queda porque no volteamos a ver las mujeres que se quedan, a las que trabajamos en casa que no pudimos estudiar una carrera y tener un cargo importante”.

Tomado de Caceh.org.mx
Tomado de Caceh.org.mx

Las malas experiencias que sufren miles de mujeres a diario son el motor que la impulsa a seguir adelante en el colectivo.

“En una casa duré dos días. Me lleva mi tía con una señora y me deja ahí; ella se va a trabajar. Me dice la señora: ‘mira en el refrigerador hay dos huevos, hay una manzana y la manzana no la tocas porque es para mi hija, te comes un huevo’. Yo tendría trece años todavía, no alcanzaba el lavadero. Me preparo el huevo solo, no había tortillas, no había nada más que el huevo. Me dijo lavas el baño y tu cuarto esta allá. Llego a un pasillo que estaba lleno de cosas en el camino, que apenas podías pasar, en el cuarto veo una cama en el piso donde se supone que me voy a dormir que está llena de animalitos muertos del tiempo que lleva. En el baño por ejemplo… no hay regadera, te las tienes que ingeniar. El de la señora es verde lleno de moho y tienes que hacer maravillas con una bolsa de jabón y zacate porque la señora te dice: ‘no sé como le hagas’ y ella se va y ahí te quedas.

“Dos días duré porque me la pase llore y llore porque extrañaba mucho a mi mamá. Mi abuelita me dijo ‘pues ya vete mejor, no te vayas a enfermar’, y la señora me dijo ‘pues sí, ya vete porque te vas a enfermar’.

De los trabajos que he tenido sólo podría decir que uno me fue bien. Pero fue porque era una señora de Argentina; ahí tenia cuarto de servicio, una cama con literas, televisión, ropero, tenía todo. Me dio la posibilidad de inscribirme en el seguro social y fui a hacer el trámite, pero no entendí lo que tenía que hacer y preferí no hacerlo. Ella me daba mi aguinaldo y vacaciones pagadas.

“Cuando yo llego ella estaba embarazada de su segundo niño y yo lo crío, porque la señora se va a trabajar. El niño me escuchaba llegar y me saludaba, me decía ‘yaya’. Fue el único trabajo donde me fue de maravilla. Como cuidaba a los niños me iba con la señora a ciertos lugares y me compraba pants, trajes de baño para cuando se iba la familia de vacaciones.

22 de julio. Día Internacional del Trabajo Doméstico.
22 de julio. Día Internacional del Trabajo Doméstico. Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED)

“Y así como hubo esos trabajos hay otros en los que como te digo, pones tu ropa en cajas porque el ropero es de los señores y algo que no les cabe lo meten ahí y puede entrar cuando quieran porque es su casa. Eso lo vemos siempre como algo normal y esa experiencia con la señora me ayudó a reflexionar, también influyó a que decidiera a quedarme aquí, para saber que tenemos derechos, que no somos esclavas.

“Me gusta que las compañeras cuando tienen las capacitaciones siempre se van con la idea de que tienen derechos y obligaciones, que son libres y ellas ya no se sienten solas. Yo siempre les digo que ellas tienen que aprender a defenderse solas y deben aprender a negociar su trabajo y aprender que el trabajo que estás haciendo sí es un trabajo y vale. No puedes ser una esclava y ganar el salario mínimo.”

Esta mujer que sin importar las dificultades decidió crecer y ayudar a otras mujeres ha tomado diplomados, seminarios; ha decidido seguir trabajando, especializarse, tomar cursos de cuidados a los adultos mayores con la esperanza de ofrecer una mejor labor, un mejor servicio porque le gusta y para poder exigir un mejor salario.

Su familia (su pareja y sus dos hijos) no le ha impedido seguir adelante, da charlas sobre los derechos de las trabajadoras del hogar, defiende sus derechos “con sus hijos corriendo alrededor de la mesa”. A su familia le ha inculcado la conciencia de que las trabajadoras domésticas no son ni esclavas ni sirvientas, son trabajadoras del hogar, con derechos y obligaciones. Ella aún trabaja en casas, pero sabe qué debe exigir y cómo debe responder, sabe negociar y valorar su trabajo.

Se nota el amor que una persona puede tenerle a una causa cuando como ella no separa sus metas personales de las metas del colectivo. La respuesta a lo que ella quiere hacer es: hacer crecer el colectivo, tener una oficina propia, lugar propio donde tener los talleres, hacerlo crecer porque “Lorenza tampoco va ser eterna”. Quiere tener una sucursal cerca de las centrales de camiones, punto estratégico para encontrar a las compañeras que van llagando y enseñarles a lo que tienen derecho.

Porque el trabajo en el hogar mal remunerado no debe ser la única opción, porque no debe ser a lo único a lo que tengan derecho, a lo único a lo que puedan aspirar las mujeres que vienen a buscar algo mejor a la ciudad.

Tomada de Caceh.org.mx
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